«Lo quedé mirando, pero la cabeza se me movía sola»

Claudina Kilapi rompió su silencio de siete años. Aquel fatídico sábado al anochecer, un muchacho "de tez blanca, campera o buzo verde, vaquero, de mejillas hundidas" baleó a quemarropa a su amiga Yanet Opazo y le disparó a ella en el rostro. José Cruz Huayquillán llegó momentos después y vio huir al criminal. Julia Carreras conocía a Kielmasz y lo había visto un rato antes. La descripción que hizo de sus ropas coincide con el relato de los demás testigos.

Sólo una vez Claudina Kilapi habló con la prensa. Fue poco después del hecho, cuando aún estaba en el sanatorio internada. Después, durante dos años estuvo prácticamente aislada, sin salir de su casa, sin querer hablar con nadie, temerosa, dolida, aturdida por un episodio que la marcó para siempre.

«El sábado 26 de junio del «93 Yanet me vino a buscar para ir al cumpleaños de Nina, una amiga. Serían entre las seis y las siete de la tarde cuando volvíamos al barrio por el caminito de Lisandro de la Torre. Nos veníamos riendo. Ella era muy alegre, muy divertida.

«Veníamos por la parte del canal y había charcos, barro. Ibamos por el lomito, haciendo equilibrio. No íbamos muy fuerte en la bici. Pero yo me caí al canal.

«-Está más lindo irse por el canal que por el caminito. –le dije. Yanet se largó a reir.

«Levanté la bici y seguí. Iba adelante de ella, no muy lejos. Por ahí escucho un tiro y que ella dice «ay!». Al girar la cabeza, veo un fogonazo y escucho otra vez el ruido. Pensé que eran los pibes, que nos querían hacer una broma y estaban tirando cuetes.

«Quedé en la bici, aturdida, y pasó alguien como trotando para el lado de la casita. Tenía un jean clarito, medio chueco, no sé si era un pullover o campera verde militar, esto (señala la mejilla) chupado, la tez blanca, y cuando corría tenía un corte que la parte de arriba del pelo se le movía.

«Lo quedé mirando, pero la cabeza se me movía sola. Se me fue la bici para el lado de la alameda. Me caí, se me cerraron los ojos y no entendía. Me quería parar, quería mover el brazo y no podía. No entendía qué pasaba. Sentí una sensación suave, no sé cómo explicarlo. Sentía que me iba, me iba… Por ahí abro los ojos, me arrodillo, me toco la cara y veo sangre. Miro hacia atrás y Yanet estaba tirada en la bici, con los pies enganchados en el pedal, como si se hubiera caído mientras iba andando.

«Estaba boca arriba, con el pelo para atrás. Fui a verla. Le hablaba pero no me contestaba. No le veía nada, porque el disparo lo tenía en la cabeza y el pelo se lo cubría. La única sangre que le veía era la mia, que se le caía encima.

«Le hablaba, le movía la cara, pero no abría los ojos. Estaba como dormida. En ese momento no pensé que estaba muerta. Le apretaba el pecho, no sabía qué hacer. No sabía si respiraba o no. Estaba con ella y aparece (José Cruz) Huayquillán.

«Huayquillán era el bulto que yo había visto que venía por el camino cuando vi al pibe que pasó corriendo. Yo a ese hombre no lo conocía, después supe quién era.

Cuando estaba con ella, queriendo hacerla revivir, él me separó y me dijo que corriera, que me salvara.

«-Salvate vos, salvate vos, corré» –me decía.

«-No, hay que llevarla al hospital. Ayúdeme.

«-No, no. Corra, corra, sálvese usted. –me insistía. Y se fue.

«Empecé a gritar. Nadie escuchaba, nadie pasaba. No hallaba para dónde ir, si para el lado del baldío o del barrio. Y atiné a venir para el barrio, corriendo.

Gritaba y gritaba, y por ahí aparece el hombre de la chacra (un vecino).

«-Ayudame a levantarla, llevémosla a la calle, que alguien nos ayude.

«-No, no. Yo no la toco porque si no me van a meter en líos a mi.

«-No, ayudame a levantarla. Y él me miraba. Estaba toda ensangrentada y la sangre me salía como una canilla.

«Seguí corriendo hasta que llegué a la calle y encontré a un chico conocido del barrio que justo iba entrando por el caminito.

«-Andá a buscar a mi mamá, decíle que nos asaltaron, que nos dispararon

«Me auxilió. Yo regresé. Caminaba no sé por qué, las piernas me andaban solas.

Después nos fuimos al hospital. A ella la atendieron primero, a mi me decían que no me durmiera..»..

Claudina Kilapi terminó su relato con la voz entrecortada, el rostro humedecido por las lágrimas y las manos temblorosas. Cada vez que vuelve su mirada hacia aquel día, le sucede lo mismo. El recuerdo está presente, como la bala que aún tiene alojada en su cuello.

«Mejillas hundidas»

Claudia sólo tiene la imagen de una mandíbula, una mejilla hundida, una tez blanca. No vio de frente el rostro del joven que la atacó y mató a Yanet. Pero tiene ese recuerdo.

Por eso cuando vio fotografías de Claudio Kielmasz, tapó con sus dos dedos parte de la cara. Dejó al descubierto únicamente la fracción que vio, que quedó en su memoria, para ver si lo reconocía. ¿Es una cicatriz esto o tiene hundido?, preguntó al ver una foto del sospechoso. Era la mejilla hundida.

Claudia asegura que nunca lo había visto a Kielmasz en el barrio. Que recién cuando la Federal realizó las investigaciones a partir del arma que mató a las hermanas González, se enteró que concurría a la iglesia evangélica. Su familia tampoco sabía nada de él.

-Después de todo lo que pasó, ¿qué pensás de la justicia? –le preguntó «Río Negro» a Claudia.

-Que no se mueve. Ahora se descubrieron más cosas con los federales, pero nadie estuvo investigando el caso.

Su madre, Carmen, la que siempre habló por ella en estos años, destacó que la investigación que realizaron los federales fue «muy buena». Pero las conclusiones de la justicia la decepcionaron.

En estos siete años, Carmen llegó a enfermarse por no abandonar la lucha. Iba y venía por caminos desconocidos hasta entonces, tratando de que la justicia no abandonara el caso. Y le respondiera. Pero el tiempo pasó y lo único que le dejó fue una huella de amarguras, desconsuelos.

«Esto nos cambió la vida. Ya no somos las personas que éramos. Ahora somos desconfiados», se lamenta. Los Opazo se fueron a vivir a Chile.


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