Los animales

Redacción

Por Redacción

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

Gracias a Facebook se conocieron. Fue casi fortuito pero fue, porque la mascota del tipo perdicero terminó rápidamente mudándose a la casa de su nuevo amo. Claro, llevar una mascota a casa, sobre todo cuando uno está acostumbrado a la calma y a que nadie haga pozos, rompa las plantas y otras cosas, a que nadie ensucie el patio, no es cosa fácil. Pero había voluntad, ganas de tener un perro, sobre todo del lado del señor de la casa. La señora dijo un sí que más se parecía a un no sé, tirando a un no. Pero había voluntad suficiente al menos para empezar con la experiencia de tener un perro. Y la mascota cachorro no tardó en demostrar sus dotes de buen trabajador de la tierra, capaz de hacer pozos del tamaño de él mismo y llenarse le hocico de tierra. También rompió plantas, zapatillas, tiró los toallones del tendal, rompió la manguera nueva y fue capaz de asustar de tal modo al gato que el más pequeño de los dos no tuvo más alternativa que vivir en las alturas, en paredes, muebles y ventanas donde la ferocidad del perdicero no alcanzara. El señor de la casa empezó a imaginar que las primeras facturas por los daños que causara el perro no tardarían en llegar y que el responsable de resolverlas sería él mismo. Y así fue, la señora empezó con que esto, con que aquello, que rompe todo, ensucia, y encima te vas a trabajar y no le das ni agua. Tapar pozos, levantar la caca del perro, reponer plantas, mangueras y algunas cosas más se convirtieron en moneda corriente. El gato, por el sólo hecho de ser gato y no romper mangueras, tapar lo que hace, no hacer pozos y esas cosas de buena conducta, gozaba de algunos privilegios. Más o menos sería que el gato se porta bien y el perro como la mona. Los días se repitieron casi como un calco. Y el señor de la casa lo asumió como un desafío. Hasta que apareció el tercero en discordia, o el tercero de la salvación, según desde dónde se vea. Una laucha empezó a pasear por el patio de la casa, a dejar sus huellas indiscutibles en algunos papeles y alimentos. El señor imaginó que era la gran oportunidad para que el gato, que no necesitaba muchos méritos para mantener un lugar en la casa, se luciera y atrapara a la laucha. Pero también pensó en el poder disuasivo del perro. Y se dijo para sí mismo: “Traigo los animales y problema resuelto”. Uno de esos días el señor, la señora y los animales estaban en el patio grande. La laucha pasó raudamente, el gato la vio y como si nada comenzó a lamerse las patas. No le interesó, no lo necesitó, en síntesis, no le dio bola. El señor no imaginó que casi como una burla, un rato más tarde, la laucha iba a hacer el mismo camino, pero de afuera hacia adentro. Y fue el perdicero el que vio la laucha, la siguió, la buscó, la espero. Anduvo un buen rato olfateando, se quedó en una esquina hasta que salió y la cazó. Sabiendo que eso era un pasaporte al bienestar, la trajo en la boca como presumiendo del logro y la dejó a medio morir al lado del señor. Y el señor se puso cómodo, ancho, casi como gozando de que su animal tan cuestionado no sólo fuera capaz de cazar perdices, sino también lauchas. La señora, entre horrorizada y sorprendida, al fin entendió que el perro valía mucho más de lo que pensaban. El señor miró a la señora varias veces esperando cruzar miradas con ella. Quería, sin decir palabra, hablarle con la mirada. Y lo hizo, orgulloso del problema resuelto, señalando con el pie el producto de la caza y de su propia gestión, porque el mismo que se ocupaba del perro y todo lo que eso implica había traído los animales ante la presencia de la laucha. Y no es que a partir de ahí el perro viviera feliz y sin sobresaltos, pero renovó el crédito por un tiempo.


jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora