“Los argentinos bajamos del pedestal, eso es bueno”
Asegura que cuando uno dice que “todo tiempo pasado fue mejor” expresa algo tan complejo que en realidad lo que está haciendo es despreciar el presente.
entrevista: Alejandro Grimson, antropólogo, autor de “Mitomanías argentinas”
–Pocas veces en el prólogo de un libro se deja tan clara en pocas líneas, como lo hizo usted ahora, la razón de escribirlo, la motivación. ¿Lo maduró mucho?
–Soy un antropólogo de libreta en el bolsillo de atrás del pantalón.
–Libreta que suele ser una obligación, decía Osvaldo Soriano, que siempre tenía una a mano para anotar lo que veía, escuchaba…
–Y eso hago yo. Y, como por razones profesionales viajo mucho por el país y el extranjero, bueno, aquí recuperaba cómo hablamos los argentinos de nuestro país, qué mitos, qué convencimientos atesoramos sin mayor fundamento… definirlo incluso tan irreductible y negativamente que la verbalización de la sentencia no deja espacio para más.
–¿“País de mierda”, por ejemplo?
–Por ejemplo. O el “Por algo será” o “¡Y… Argentina!”, una sentencia que por lo irreductible expresa incluso mucha pereza mental, entre otros datos negativos, para reflexionar una situación, que se cierra con una conclusión que desprecia la posibilidad de asumir esa situación desde un lugar diferente. Lo del avión, en Córdoba. Me sucedió hace poco. Aterrizamos, la gente se para antes de que el avión se detenga totalmente: ansiedad. Finalmente se abren la puerta trasera y la delantera, pero una mujer imagina que de golpe le van a cambiar la puerta de descenso y comienza a sacarse –por así decirlo– y a razonar lo que le dicta su irreductible imaginario: “¡Argentina!”, y dale con “¡Argentina!”, aunque no sucediera lo que ella imaginaba de muy mal carácter que iba a suceder. ¿Qué tendría que ver Argentina con las puertas del avión? En realidad, mi libro es sobre cómo hablamos los argentinos de la Argentina en la cotidianidad y desde convencimientos que no resisten ningún análisis, que no se pueden fundamentar más allá de herencias, aceptaciones ajenas a toda revisión crítica.
–¿Reduccionismo?
–Bueno, el grueso del lenguaje que yo trato y hace a la construcción y vigencia de mitos es absolutamente reduccionista, ajeno al matiz… ni hablemos de la duda. El mito se recibe desde algún punto, espacio; se asume, se hace propio y listo, ya está. Yo hablo de una jaula. El mito nos mete en una jaula.
–¿Una cultura?
–Por supuesto. Es una jaula resistente, resistente a cualquier objeción, a todo intento de perforarla desde la racionalidad. Jaula en cuyo interior está lo puro, la verdad consagrada, absoluta.
–Ahora, cuando se avanza en la lectura de su libro, inevitablemente uno concluye que los argentinos, al menos asumiendo convencimientos que se transforman en mitos, desprecian su país aunque sazonen esos mitos con cierta idea de patria. El presidente uruguayo Mujica dice que los argentinos nos queremos poco…
–En todo caso eso hace a cómo nos relacionamos en el marco de los miedos, las sospechas, la desconfianza. Cuando uno dice “Todo tiempo pasado fue mejor” expresa algo tan insustancial, tan complejo de argumentar sólidamente, que en realidad lo que está haciendo es despreciar todo lo presente… restarle potencia creativa, invalidarlo a partir incluso de frustraciones personales y proyectar esa frustración sobre el presente… racismo y discriminación son consustanciales a este tipo de razonamiento.
–Años atrás, Fernando Savater señaló que los argentinos solemos vernos como una definición del infierno: acumulación de todos los males sin mezcla de bien alguno… El mito que hace a la mitomanía argentina, ¿es cómodo?
–Sí, para el que no quiera salir de la jaula de la que hablamos. No lo es para un espíritu inquieto, claro. También es cierto que hay mitos y mitos. Y con esto quiero volver a algo de una pregunta anterior. Hay mitos decadentistas, forjados en el convencimiento de que sólo tenemos un destino de decadencia. Se construyen a partir de fracturas de la autoestima, se reproducen en instancias de crisis general –2001, por caso– y se instalan añorando lo que se presenta como un fracaso: “Argentina estaba predestinada a la grandeza. Debería haber sido Canadá o Australia”, sólo un ejemplo. En el libro trato varios de estos mitos decadentistas. Pero, a su vez, frente a este tipo de mitos, a contramano, tenemos el patrioterismo como mito… el famoso “somos los mejores”, “la unidad nacional se basa en el territorio”, “la argentinidad al palo”, como dice La Bersuit Vergarabat, “la hermandad latinoamericana”, “Brasil es un país de negros, playa y carnaval”, “vamos ganando” y etcétera, etcétera… mitos no ajenos al racismo, la discriminación, prejuicios… temas clave en mi libro para entender mucho del lenguaje de los argentinos.
–Habló sobre el prejuicio…
–En toda exploración sobre el lenguaje que siempre expresa la mitomanía argentina hay que computar el prejuicio como uno de los hacedores de ese perfil… reitero, no el único pero sí muy consustancial a esa construcción. Si mi libro, como siempre digo, comenzó hace algunos años en una reposera escuchando, nada más que escuchando hablar a la gente, en ese hablar siempre estaba el prejuicio, el inquietante “otro”…
–¿Cuándo el prejuicio se convierte en vector del mito?
–No se trata de cuándo incide en esa línea sino de que el prejuicio no computa el juicio, no lo contempla. En cualquier orden. Impide la reflexión abierta, generosa; se funda en el miedo. Cierra el mate… discúlpeme la vulgaridad, pero es así: cierra, es defensivo ante lo distinto, no debate.
–Los románticos alemanes, que ideológicamente alimentaron desde el siglo XIX mucho de lo que luego hizo Alemania con Hitler al frente, sostenían que el prejuicio evitaba el “engorde” que alimenta asumir al “otro”.
–Bueno, sucede que el prejuicio impulsa a evitar la realidad. Navega cómodo en el estereotipo. Y en esto y en relación con lo que yo investigué en dirección al libro, es interesante lo que sucede con los argentinos y el turismo. No digo nada nuevo al señalar que los argentinos estamos, de cara a cómo nos ve el grueso de los latinoamericanos, considerados como arrogantes… “somos Europa”, cuando nunca lo fuimos. Los miramos de reojo a modo de descarte. Soberbios. Pero a la luz de los que nos ha sucedido…
–¿En qué sentido?
–En que hoy los “fundamentos” de mucha de nuestra soberbia los destrozó la realidad y su dialéctica, bueno… estamos cambiando. Así, en el marco del turismo latinoamericano que llega desde hace varios años al país, los latinoamericanos nos van descubriendo desde otra humanidad… que lo pasan bien con nosotros, que nuestro país es como el de ellos: problemas, miedos, inseguridad, ¡lo que sea, pero somos como ellos! Que conversan de igual a igual… bajamos del pedestal, y eso es muy bueno.
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Martín Heer
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