Los bañeros neuquinos y una vida de aventuras
Fundaron el cuerpo de salvataje ad honórem en los '60. Enamorados del río, recuerdan viejas anécdotas.
NEUQUÉN (AN).- Jesús Coronel cuenta que en los albores de la década del '60 cuatro colimbas escaparon de la Compañía de Comunicaciones del Ejército para darse un chapuzón en el río Limay. La aventura era común entre los pibes que hacían de soldados. Pero esa vez salió mal, el río se los llevó. Se ahogaron. Fue una tragedia.
«Eso nos hizo pensar que sería bueno crear un cuerpo de bañeros y como éramos varios los que siempre andábamos por acá nos juntamos y empezamos a trabajar, éramos guardavidas, bomberos, policías… hasta de enfermeros hacíamos», relata Coronel sin dejar de mirar el río, sentado en las escalinatas de cemento que bordean al balneario Municipal.
Es viernes y hay cumpleaños. Es el aniversario de la fundación del cuerpo de bañeros voluntarios de Neuquén. Llega Oscar Tarifeño y estruja en abrazos a su ex camaradas. Ríe Tarifeño, ríe Carlos Oddone que también está llegando acompañado de su hija y cada uno a su tiempo pregunta por «Humor Negro» (Hugo Cifuentes), otro coleccionista de anécdotas ribereñas.
El club fue fundado en el 64 pero ya en el 61, los locos del río merodeaban la costa histórica del Limay.
Orlando Olivera está emocionado y no deja de sonreir. Le pide al cronista que lo escriba, que lo anote. Y con el índice clavado en el pecho dice: «Yo he llevado a pasear a Teté Coustarot por el río en bote… y no una vez, varias veces la he llevado. Este fue el primer balneario que hubo en la región», dice Orlando.
«Todo era d honoren, no había horas extra ni ningún beneficio. Lo que hacíamos era alquilar botes, canoas y cámaras para la gente y de ahí sacábamos algunos pesitos para hacer las primeras obras», dicen los hombres de 60, 70 y más, quienes se transforman en pibes cuando hablan de las aventuras en el río.
Tarifeño tiene las ojotas encarnadas y la piel curtida por el sol. Luce un bronceado perpetuo. Sigue trabajando de guardavidas, en un club de la calle río Negro. Es un gran nadador y supo de glorias. Una vez salió tercero en el cruce del lago Pellegrini pero se llevó todos los aplausos. Es que camino a la meta se puso al hombro a un competidor que se había acalambrado.
El club de los bañeros (odian que les digan guardavidas tanto como los guardavidas odian que les digan bañeros) tienen su sede en el centro de las escalinatas de cemento que desde hace unos 25 años limitan al balneario.
«Este es otro río, antes era bravo de verdad y no había algas; cuando llegaba el deshielo se llevaba todo», dice Olivera y da una teoría sobre el origen de las algas.
«Es un lindo grupo y hay un compañero (Hugo González) que quedó inválido y no ha dejado de nadar. Ha unido Neuquén con Roca nadando sin las piernas», afirma Jesús.
Cuentan sobre los rescates y aparece la historia del hombre que no quería morir. Lo habían sacado del fondo y pese a que logró reaccionar no podían contenerlo. Desparramaba manotazos. Y uñazos.
«No sabés cómo arañaba. Nos lastimó a todos: gritaba '¡no quiero morir!, ¡no quiero morir! y te mandaba uñas. Nos cortó a todos porque había pasado media hora y seguía con '¡No quiero morir!, ¡No quiero morir!'», describen Coronel y Olivera.
«Para salvar a un ahogado, lo mejor es hacerlo llorar», afirma Jesús y se queda mirando al cronista.
-¿Qué? -invierte roles el hombre de prensa.
-Sí, sí, tiene que llorar para que se desahogue -ríe Jesús.
El calor aprieta y aparece Ángel Maldonado quien de bañero pasó a enfermero. «Tengo la carne para el asado, los estaba esperando del otro lado», dice Maldonado y se repite la ceremonia de los abrazos. Recuerdan entonces las plantaciones de árboles del otro lado del río y las aventuras esas que no se pueden contar a la prensa. Es que los bañeros siempre han tenido suerte.
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