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“Los ‘burros’ eran más que River-Boca”

El historiador trasciende el relato sobre el pasado de la actividad para situarla en términos de una muy interesante radiografía del esquema de poder y la sociedad en su conjunto.



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entrevista: roy hora, autor de “Historia del turf argentino”

carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

–Antes de entrar de lleno en su investigación: ¿Gardel era timbero total en materia de “burros”? Hablo de apostador, no de un gusto estético.

–¡Sí! ¡Timbero! Incluso tuvo un caballo, “Lunático”, que no trascendió. Pero él ya estaba en los caballos mucho antes de que su voz fuera “la voz”.

–¿De ahí que recorriera más de 600 kilómetros de tierra y vías para llegar al duelo “Botafogo”-“Grey Fox”?

–Arranca el 15 de noviembre del 18 desde General Pico, donde se había presentado junto con José Razzano. Madrugada. Auto, tren y finalmente, el 17, Palermo, en la “carrera del siglo”, como se sigue llamando: “Botafogo”, de Diego de Alvear, y “Grey Fox”. Palermo lleno, 50.000 personas. Los diarios, la opinión pública, todos en el tema. “La Nación” relatando que la ciudad se ha quedado vacía de autos... todos a Palermo. La reunión corre la convocatoria del Partido Socialista, por entonces muy gravitante, para celebrar el armisticio al que llegaba la Primera Guerra Mundial. Gana “Botafogo”, con el tiempo le ganará “Grey Fox” y Diego de Alvear dirá “esta carrera no ha terminado”. Y se vuelven a encontrar, a correr, sin apuestas... una historia apasionante...

–¿Qué deja estudiar el turf al menos en algo más de su existencia como deporte, o sea, a partir de la década de 1880, cuando el Jockey Club le da forma y lo organiza?

–La radiografía de una sociedad que crecía y crecía al compás de su inserción económica en el mercado mundial, de su mutación social vía la inmigración, de su expansión urbana e incluso un tipo de relación de ejercicio del poder en el marco de las relaciones generales de poder en que se movía el país a partir de aquellos 80. Y por más de medio siglo, hasta la instalación del fútbol como espectáculo, los “burros” en Palermo fueron más que un River-Boca.

Ese es un corolario, pero ¿cómo definir el turf a partir de su progresiva organización?

–Es evidente que, desde sus inicios, desde lo social atraviesa verticalmente, en términos de atracción, al conjunto de la sociedad. El turf se montó, tuvo cuna de elite. Nació de los propietarios de la tierra y de apellidos que consolidaban posiciones desde esa pertenencia: Martínez de Hoz, Unzué, Luro, etcétera. Son, además, los dueños de los caballos y creadores del Jockey. Pero esto no es contradictorio con que sea una actividad muy pero muy popular... nunca estuvo el turf reducido, en materia de protagonismo, a una única clase. Palermo fue un encuentro de clases. Hay un escenario donde están los de arriba –por llamarlos de alguna manera–, pero al que le dan perfil mayoritario los de abajo.

–¿Esta masividad alienta la profesionalización de los distintos planos que hacen a una carrera: cuidadores, jockey, etcétera?

–Puede inferirse ello, pero a cuenta de ciertas características que la elite imponía en esa relación. Veamos: con el turf nace y se desarrolla el profesionalismo en el deporte argentino. Y hasta incluso tras 1930, en que se profesionaliza el fútbol, había jockeys que ganaban más de Bernabé Ferreyra, el famoso delantero.

–Siguiendo su libro, la figura del jockey parece irse agrandando. Es esencial, claro. No hay carrera sin jockey. Pero pareciera que es el primer eslabón del turf que se les planta a los propietarios de caballos y busca su propio protagonismo. ¿Es así?

–Sucede que el jockey estaba inserto en un turf que no lo computaba. Eran, de la organización del turf por parte del Jockey, lo que yo defino como meros trabajadores especializados en caballos, simple jinetes. Tenían que llevar los caballos –en carrera, claro– de una punta de la pista a la otra. Ni siquiera podían festejar un triunfo. Lo importante, el que ganaba, era el dueño del caballo y el caballo era el que ganaba las carreras. El jockey no figuraba ni siquiera en los programas de carreras. Así por años.

–¿Una subordinación alentada por el propio origen social de los jockeys?

–Y, aprovechada. Chiquitos, muchas veces analfabetos, orígenes muy humildes... Pero ya hacia fines del siglo XIX comienza a mudar la situación. Surge cuando desde el sector social más amplio del turf, del espacio que lo transforma en una actividad masiva, comienzan a reconocerse méritos de este o aquel jockey, emerge un reconocimiento que no tiene que ver con la cuna. Comienza a discutirse la primacía del propietario. Pero se venía de años en que la Comisión de Carreras del Jockey ejercía un control terminante sobre el rol que le cabía al jockey. En ese plano social se los reconocía, despectivamente claro, como “los pampitas”. La comisión, por caso, siempre hacía saber, ya desde los 80, que no tendría la “mano débil para castigar” a aquel jockey que no cumpliera los reglamentos.

–En toda esta relación, ¿hay un turf y otro turf con Leguisamo?

–Puede ser una ecuación válida, sí, sí.

–Pero él invierte el principio de que las carreras las ganaba el caballo con prescindencia del jockey...

–Exactamente, pero además influye en muchos sentidos. No hablo de cuestiones técnicas, porque mi investigación no aborda temas de crianza, de cuidadores, entrenamientos, dietas, etcétera, etcétera, de los caballos. Yo reflexiono el fenómeno social que definió durante varias décadas al turf. En ese marco surge Leguisamo como el primer jockey que dice “el que manda en la pista soy yo”. Esa postura establece una diferencia en la relación que imperaba entre propietarios y Jockey Club por un lado y el jinete...

–¿Enfrenta al poder?

–No en términos de dureza, sino de marcar pista, cancha. El protagonismo de Leguisamo marcó mucho al turf, murió mucho del turf original.

–¿Por ejemplo?

–No era menor que los propietarios –reitero, gente de poder– hicieran cola para ver si él les quería correr un caballo. Que él eligiera cuál quería para montar. No fue menor que cuando salía un caballo a la pista miles de personas en vez de mirar “el caballo de Anchorena” o “el de...” miraran “el caballo de Leguisamo”.

¿Cómo definir esa mirada, qué construiría esa mirada?

–Y, las sociedades también construyen sus símbolos, sus imaginarios, la mirada de la realidad a partir de detectar quiénes son los que mandan aquí o allá.

–El hecho de que, como señaló el “Manco” Paz, la Argentina se construyera a caballo y dolor de cintura de tanto caballo en su historia, ¿tiene que ver con la pasión burrera del tiempo que usted historia?

–Todo. Hay que leer las estadísticas, por ejemplo, de la relación caballos-personas, que tenían los centros urbanos para aceptarlo. Sí, ya sé, los matungos de trabajo, de arrastre de chatas, carros, no son los de carrera, pero...

–...caballos al fin...

–Caballos al fin y que, turf mediante, alguna vez fueron más que un River-Boca.


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“Los ‘burros’ eran más que River-Boca”