Los deudos de Don Julio hacen lo que pueden… y pueden poco

Por Redacción

Opiniones

Sergio Danishewsky (*) – @sergiodanish (Especial para “Río Negro”)

Se acaban las palabras, que por otra parte suelen abundar en la patria futbolera, para calificar lo ocurrido el jueves en Ezeiza, donde se suponía que el fútbol se había convocado para elegir al sucesor de Julio Grondona y parir una nueva era. Oprobio, vergüenza, bochorno, papelón. Una colección de lugares comunes que provocan un lógico escozor entre quienes se indignan fácil y permite salir del paso, sin ahondar en el asunto, a quienes tienen (tenemos) la obligación de separar la paja del trigo por ingrato que resulte. Al grano: por esas cosas de los vientos democráticos que surcan el país, las miradas estaban puestas en 75 representantes de clubes y federaciones que debían elegir entre Luis Segura y Marcelo Tinelli. Y el fútbol, ese mundo indescifrable del que todos hablan como si debieran saber, subió a escena con la obligación de ponerse a tono, de votar como nunca lo hizo en su historia, de demostrar que había terminado el tiempo del largo y único brazo de Don Julio. Y allí fue. Generó sus propias imágenes televisivas para mostrar transparencia (imágenes pobres, digámoslo, más parecidas a las transmisiones de cámaras fijas del Senado que a la modernidad de uno de los contendientes) y todo pareció transcurrir con normalidad hasta que llegó el momento de contar los votos: se ve entonces a un dirigente que se toma la cabeza como si su lista hubiera perdido por paliza, pueden leerse los labios de Hugo Moyano diciendo “sobra uno”, una cámara astuta pesca a Tinelli escuchando lo ocurrido y lanzando un “naaaa…” típico de quienes, por años, fueron carne de cañón de sus cámaras ocultas. Y la noticia: 38 votos por bando con 75 votantes. El acabose. No habrá sido la primera vez que un votante, en cualquier elección, introduce dos papeletas pegadas. La ley electoral no anula el voto; sólo pide contabilizar uno. Luego hubo un empleado que sacó ese voto doble del sobre y lo puso en la pila correspondiente (imposible haberlo hecho a propósito, sería una mentira de patas cortas). Y vino otro que contó, lo separó como haría cualquiera y convirtió los 37 de esa pila (no se sabe cuál de las dos) en 38. Sucesión de errores y comienzo del fin. ¿Nos hubiéramos escandalizado tanto si la infeliz secuencia se hubiera producido, digamos, en la Liga de Madres de Familia? Es el fútbol, con su estado de sospecha y su mal olor histórico, el que invita a ver allí una puntillosa conspiración. Y se multiplican entonces los ingenuos, fiacas o simplificadores seriales que etiquetan el asunto con las palabras del comienzo de la nota. Oprobio, vergüenza, bochorno, papelón. Sentencias todas que la conducción del fútbol argentino merece largamente y por infinidad de razones, muchas de ellas expuestas en estos días, pero no justamente por el desenlace del jueves. Es vergonzosa, claro, una dirigencia que habla de cambio o de continuidad no según sus convicciones sino según su percepción de dónde calienta más el sol. Es un papelón que el lugar de votación, ese mismo gimnasio de Ezeiza en el que un año y medio atrás se velaba al señor del Todo Pasa, estuviera poblado por allegados, curiosos y acompañantes prestos a ejercer sutiles presiones a quienes votaran contra sus intereses (los de los allegados). Es un bochorno, sí, que el bando de Segura se reuniera antes del comicio y contara 41 presentes que se miraron las caras y se juraron fidelidad, pese a lo cual el escrutinio arrojó 37 o como máximo 38 votos. Una traición que los torna poco creíbles a todos. Es bien desagradable que un dirigente que ocupa un alto cargo en la AFA haya asegurado a quien quisiera oírlo los días previos que su club apoyaría a Segura, mientras el representante de ese club en la asamblea fue un férreo sostén de Tinelli. Como desagradable resulta ver cómo los presuntos renovadores le achacan el fracaso de la elección a la conducción de la AFA, cuando Tinelli es uno de los vicepresidentes de la actual directiva y hasta donde se sabe no renunció a ese cargo. Como se ve, sobran los motivos para la indignación. De fijarse una nueva fecha de elecciones –la unidad de ambas listas asoma difícil– estarán convocados a votar asambleístas que ya no tendrán cargos en sus clubes (hay comicios en Boca, Argentinos y Colón). Asambleístas que, dicho sea de paso, se mostraron tan preocupados por esta pelea como para sentirse inmunes a las noticias que llegaban desde Zurich. José Luis Meiszner y Eduardo Deluca fueron dirigentes como ellos durante muchos años, pero habrán evaluado los de acá que esos palos eran para otro gallinero y que la onda expansiva tardará en llegar a estas costas. A propósito, las obvias relaciones entre Grondona y Segura fueron tan fuertes como las tejidas entre el mismo Grondona y los dos imputados. Y tan fuertes todas ellas como las que existen entre Alejandro Burzaco, empresario arrepentido e imputado, y el mismísimo Tinelli. Como para que nadie se sienta del todo a salvo… De modo que el fútbol nacional hizo, hace y todo indica que hará enormes méritos para merecer cualquier adjetivo lapidario. Pero, a no ser ingenuos: lo de la elección es un detalle, una travesura del destino o –como sostiene el ingenio popular– una picardía desde el cielo de quien, de haber estado vivo, hubiera evitado estos sinsabores con su habitual asamblea de candidato único, promesas etéreas (un arbitraje, un viaje con la selección) y amenazas sutiles. Ese Don Julio que, como en otros ámbitos de nuestra ajetreada vida nacional, no se preocupó por formar sucesores. Sus deudos hacen lo que pueden. Y se ve que pueden poco. (*) Periodista