Los gobernadores K
Tal y como se preveía, el gobernador Jorge Capitanich, con casi el 67% de los votos, se anotó un triunfo amplísimo en las elecciones chaqueñas del domingo al conseguir más de dos veces los cosechados por su rival, el ex gobernador radical Roy Nikisch y, para más señas, un porcentaje decididamente mayor que el 60,8% obtenido en las primarias del mes pasado por la fórmula conformada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Amado Boudou, aunque es más que posible que en octubre el binomio presidencial supere al gobernador en esta competencia numérica. De todos modos, como ya es tradicional cuando un mandatario provincial oficialista gana una elección, Capitanich dedicó su victoria a la jefa máxima, afirmándose plenamente comprometido con el “proyecto” de la presidenta, y procuró desalentar a quienes en seguida se pusieron a especular en torno a sus eventuales planes frente a las aún lejanas elecciones del 2015. La cautela así manifestada puede entenderse. En todas partes la política es “personalista”, pero en pocos lugares lo es tanto como en la Argentina actual, ya que no es ningún secreto que la presidenta Cristina se ha acostumbrado a gobernar de manera muy pero muy discrecional. Es que, como líder indiscutida de un movimiento verticalista que depende casi por completo de ella, uno cuyas estructuras se improvisan sobre la marcha y que está dominado por militantes que hacen gala de su obediencia, Cristina no tiene más opción que la de depender de su propia intuición, como en efecto hizo al elegir a Boudou como compañero de fórmula, pasando por alto a políticos como Capitanich que por algunos meses figuraron en la lista de candidatos en potencia. Para Capitanich y otros gobernadores de provincias paupérrimas, la relación con “la Nación”, o sea, con Cristina, es de gran importancia por tratarse de su principal recurso económico. No pueden darse el lujo de oponerse a las iniciativas oficiales. Antes bien, tienen forzosamente que asegurarle a la presidenta su lealtad y por lo tanto su subordinación puesto que de lo contrario correrán el riesgo de verse boicoteados por quienes manejan la caja nacional según criterios netamente políticos, cuando no personales. Sin embargo, la conciencia de que las circunstancias obligan a políticos como Capitanich a subrayar su fe en la sabiduría presidencial, en el “proyecto” y el “modelo” socioeconómico vigente, no puede sino plantear dudas en cuanto a su sinceridad, dudas que no dejarán de aprovechar los habitualmente suspicaces miembros del círculo áulico de Cristina que ven conspiraciones en todas partes. Los próximos pasos de Capitanich y otros que se encuentran en una situación parecida dependerán del curso que tomen los acontecimientos en los años venideros. De debilitarse el gobierno nacional, Capitanich, el salteño Juan Manuel Urtubey y, desde luego, el bonaerense Daniel Scioli, cuya popularidad está a la par de la de Cristina a pesar de las diferencias notorias que se dan entre sus respectivos enfoques políticos, se verán tentados a manifestar su desaprobación de la gestión presidencial, reeditando así lo que ha sucedido en diversas oportunidades en el pasado en las que una “liga de gobernadores” desempeñó un papel opositor al poder Ejecutivo nacional. Por lo demás, el que, a menos que se reforme nuevamente la Constitución, Cristina no pueda ser reelegida en el 2015, estimulará a los gobernadores mismos y a quienes los rodean a intentar maniobrar para estar en condiciones de competir por el premio político más codiciado, lo que molestaría sumamente a la presidenta y a sus colaboradores más cercanos. Aunque a esta altura parezca prematuro comenzar a especular acerca de lo que podría suceder al aproximarse a su fin el presunto segundo período presidencial de Cristina, no hay que olvidar que entre los motivos por los que el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner decidió dejarse reemplazar por su esposa en el 2007, llevando de tal modo al plano nacional una costumbre considerada típica de provincias atrasadas, estaba el temor de que su propia reelección lo transformara en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo” –un presidente cuyo mandato tiene fecha de vencimiento– y que por lo tanto desde el primer día de su segundo período su poder propendiera a mermar.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 21 de septiembre de 2011
Tal y como se preveía, el gobernador Jorge Capitanich, con casi el 67% de los votos, se anotó un triunfo amplísimo en las elecciones chaqueñas del domingo al conseguir más de dos veces los cosechados por su rival, el ex gobernador radical Roy Nikisch y, para más señas, un porcentaje decididamente mayor que el 60,8% obtenido en las primarias del mes pasado por la fórmula conformada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Amado Boudou, aunque es más que posible que en octubre el binomio presidencial supere al gobernador en esta competencia numérica. De todos modos, como ya es tradicional cuando un mandatario provincial oficialista gana una elección, Capitanich dedicó su victoria a la jefa máxima, afirmándose plenamente comprometido con el “proyecto” de la presidenta, y procuró desalentar a quienes en seguida se pusieron a especular en torno a sus eventuales planes frente a las aún lejanas elecciones del 2015. La cautela así manifestada puede entenderse. En todas partes la política es “personalista”, pero en pocos lugares lo es tanto como en la Argentina actual, ya que no es ningún secreto que la presidenta Cristina se ha acostumbrado a gobernar de manera muy pero muy discrecional. Es que, como líder indiscutida de un movimiento verticalista que depende casi por completo de ella, uno cuyas estructuras se improvisan sobre la marcha y que está dominado por militantes que hacen gala de su obediencia, Cristina no tiene más opción que la de depender de su propia intuición, como en efecto hizo al elegir a Boudou como compañero de fórmula, pasando por alto a políticos como Capitanich que por algunos meses figuraron en la lista de candidatos en potencia. Para Capitanich y otros gobernadores de provincias paupérrimas, la relación con “la Nación”, o sea, con Cristina, es de gran importancia por tratarse de su principal recurso económico. No pueden darse el lujo de oponerse a las iniciativas oficiales. Antes bien, tienen forzosamente que asegurarle a la presidenta su lealtad y por lo tanto su subordinación puesto que de lo contrario correrán el riesgo de verse boicoteados por quienes manejan la caja nacional según criterios netamente políticos, cuando no personales. Sin embargo, la conciencia de que las circunstancias obligan a políticos como Capitanich a subrayar su fe en la sabiduría presidencial, en el “proyecto” y el “modelo” socioeconómico vigente, no puede sino plantear dudas en cuanto a su sinceridad, dudas que no dejarán de aprovechar los habitualmente suspicaces miembros del círculo áulico de Cristina que ven conspiraciones en todas partes. Los próximos pasos de Capitanich y otros que se encuentran en una situación parecida dependerán del curso que tomen los acontecimientos en los años venideros. De debilitarse el gobierno nacional, Capitanich, el salteño Juan Manuel Urtubey y, desde luego, el bonaerense Daniel Scioli, cuya popularidad está a la par de la de Cristina a pesar de las diferencias notorias que se dan entre sus respectivos enfoques políticos, se verán tentados a manifestar su desaprobación de la gestión presidencial, reeditando así lo que ha sucedido en diversas oportunidades en el pasado en las que una “liga de gobernadores” desempeñó un papel opositor al poder Ejecutivo nacional. Por lo demás, el que, a menos que se reforme nuevamente la Constitución, Cristina no pueda ser reelegida en el 2015, estimulará a los gobernadores mismos y a quienes los rodean a intentar maniobrar para estar en condiciones de competir por el premio político más codiciado, lo que molestaría sumamente a la presidenta y a sus colaboradores más cercanos. Aunque a esta altura parezca prematuro comenzar a especular acerca de lo que podría suceder al aproximarse a su fin el presunto segundo período presidencial de Cristina, no hay que olvidar que entre los motivos por los que el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner decidió dejarse reemplazar por su esposa en el 2007, llevando de tal modo al plano nacional una costumbre considerada típica de provincias atrasadas, estaba el temor de que su propia reelección lo transformara en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo” –un presidente cuyo mandato tiene fecha de vencimiento– y que por lo tanto desde el primer día de su segundo período su poder propendiera a mermar.
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