Los norteamericanos deciden

En la fase final de la carrera electoral norteamericana, el presidente Barack Obama ha subrayado con énfasis cada vez mayor su voluntad de impulsar una repartición más equitativa de la riqueza, mientras que su rival, el republicano Mitt Romney, ha preferido dar a entender que, en el caso de que triunfe, privilegiaría las fuerzas productivas. Según las encuestas, el electorado está dividido en dos partes casi iguales frente a la alternativa así supuesta. Si bien parecería que la mayoría se siente decepcionada por los resultados de la gestión de Obama, por lo menos la mitad teme que una de Romney lo perjudicaría personalmente sin por eso mejorar las perspectivas ante Estados Unidos. Pero no sólo se trata del conflicto de intereses entre los muchos –a inicios de la campaña, Romney habló del 47%– que dependen de un modo u otro del Estado y que por lo tanto propenderían a votar a favor del presidente demócrata por un lado y, por el otro, los que se resisten a permitir lo que ven como la transformación de Estados Unidos en una sociedad “socialista” parecida a las de la Unión Europea –sino también de las actitudes asumidas por los distintos grupos culturales o étnicos–. Más del 90% de los norteamericanos “de color” y una mayoría sustancial de los “hispanos” respaldarán a Obama por motivos que tienen muy poco que ver con su ideario. En cambio, los blancos favorecen a Romney por un margen de al menos 20 puntos. Si el resultado de las elecciones de hoy dependiera de los extranjeros, Obama se anotaría un triunfo aplastante. A pesar de todo lo sucedido a partir del 20 de enero del 2009, su imagen internacional sigue siendo decididamente más atractiva que la de Romney, lo que, huelga decirlo, no ha incidido mucho en la opinión de los estadounidenses mismos puesto que, por lo común, se enorgullecen de aquellas particularidades que, a su entender, los hacen diferentes a los demás. Con la excepción de los integrantes de una franja minoritaria izquierdista, suelen atribuir el éxito de su país a su compromiso con el capitalismo liberal, razón por la que les parece natural que sus propias ideas sean radicalmente distintas de las predominantes en otras partes del planeta. Asimismo, en Estados Unidos el prestigio de los empresarios en su conjunto es muy grande, lo que dista de ser el caso en América Latina o Europa. Por lo tanto, el que Romney sea un hombre de negocios multimillonario le ha brindado una ventaja que ha sabido aprovechar; a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, la mayoría cree que, cuando de manejar la economía se trata, el mormón sería más “confiable” que el presidente, un político profesional sin experiencia como empresario. Según las pautas ajenas, la campaña electoral que acaba de culminar se ha desarrollado en un clima de respeto mutuo; según las pautas norteamericanas, ha sido notable por la agresividad no tanto de los candidatos mismos cuanto de sus simpatizantes. Romney se vio beneficiado por el primer debate televisivo con Obama no por la contundencia de sus argumentos sino porque, a juicio del público, no se pareció en absoluto a la caricatura esbozada por sus adversarios que, hasta entonces, lo habían tratado como un capitalista salvaje a un tiempo codicioso e ignorante. Antes del debate, una mayoría abrumadora consideraba a Obama mucho más “simpático” que el republicano, pero en vísperas de la jornada electoral los dos se encontraron empatados en lo referente a su presunta amabilidad, tema éste que por cierto no carece de importancia en el mundo de la política. Sea como fuere, aunque las diferencias entre Obama y Romney no son tan nítidas como ellos, sus partidarios y sus adversarios quisieran hacer pensar, ya que en un país de instituciones tan fuertes como las de Estados Unidos el presidente se ve obligado por las circunstancias a adoptar una postura centrista aun cuando prefiriera alejarse del consenso, sería de suponer que una eventual gestión de Romney se caracterizaría por un esfuerzo mayor por reducir un déficit fiscal que ha adquirido dimensiones alarmantes y por un intento, con consecuencias imprevisibles, de revertir el repliegue del poder norteamericano en el “Gran Oriente Medio”, mientras que una segunda de Obama se asemejaría bastante a la primera.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 7 de noviembre de 2012


En la fase final de la carrera electoral norteamericana, el presidente Barack Obama ha subrayado con énfasis cada vez mayor su voluntad de impulsar una repartición más equitativa de la riqueza, mientras que su rival, el republicano Mitt Romney, ha preferido dar a entender que, en el caso de que triunfe, privilegiaría las fuerzas productivas. Según las encuestas, el electorado está dividido en dos partes casi iguales frente a la alternativa así supuesta. Si bien parecería que la mayoría se siente decepcionada por los resultados de la gestión de Obama, por lo menos la mitad teme que una de Romney lo perjudicaría personalmente sin por eso mejorar las perspectivas ante Estados Unidos. Pero no sólo se trata del conflicto de intereses entre los muchos –a inicios de la campaña, Romney habló del 47%– que dependen de un modo u otro del Estado y que por lo tanto propenderían a votar a favor del presidente demócrata por un lado y, por el otro, los que se resisten a permitir lo que ven como la transformación de Estados Unidos en una sociedad “socialista” parecida a las de la Unión Europea –sino también de las actitudes asumidas por los distintos grupos culturales o étnicos–. Más del 90% de los norteamericanos “de color” y una mayoría sustancial de los “hispanos” respaldarán a Obama por motivos que tienen muy poco que ver con su ideario. En cambio, los blancos favorecen a Romney por un margen de al menos 20 puntos. Si el resultado de las elecciones de hoy dependiera de los extranjeros, Obama se anotaría un triunfo aplastante. A pesar de todo lo sucedido a partir del 20 de enero del 2009, su imagen internacional sigue siendo decididamente más atractiva que la de Romney, lo que, huelga decirlo, no ha incidido mucho en la opinión de los estadounidenses mismos puesto que, por lo común, se enorgullecen de aquellas particularidades que, a su entender, los hacen diferentes a los demás. Con la excepción de los integrantes de una franja minoritaria izquierdista, suelen atribuir el éxito de su país a su compromiso con el capitalismo liberal, razón por la que les parece natural que sus propias ideas sean radicalmente distintas de las predominantes en otras partes del planeta. Asimismo, en Estados Unidos el prestigio de los empresarios en su conjunto es muy grande, lo que dista de ser el caso en América Latina o Europa. Por lo tanto, el que Romney sea un hombre de negocios multimillonario le ha brindado una ventaja que ha sabido aprovechar; a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, la mayoría cree que, cuando de manejar la economía se trata, el mormón sería más “confiable” que el presidente, un político profesional sin experiencia como empresario. Según las pautas ajenas, la campaña electoral que acaba de culminar se ha desarrollado en un clima de respeto mutuo; según las pautas norteamericanas, ha sido notable por la agresividad no tanto de los candidatos mismos cuanto de sus simpatizantes. Romney se vio beneficiado por el primer debate televisivo con Obama no por la contundencia de sus argumentos sino porque, a juicio del público, no se pareció en absoluto a la caricatura esbozada por sus adversarios que, hasta entonces, lo habían tratado como un capitalista salvaje a un tiempo codicioso e ignorante. Antes del debate, una mayoría abrumadora consideraba a Obama mucho más “simpático” que el republicano, pero en vísperas de la jornada electoral los dos se encontraron empatados en lo referente a su presunta amabilidad, tema éste que por cierto no carece de importancia en el mundo de la política. Sea como fuere, aunque las diferencias entre Obama y Romney no son tan nítidas como ellos, sus partidarios y sus adversarios quisieran hacer pensar, ya que en un país de instituciones tan fuertes como las de Estados Unidos el presidente se ve obligado por las circunstancias a adoptar una postura centrista aun cuando prefiriera alejarse del consenso, sería de suponer que una eventual gestión de Romney se caracterizaría por un esfuerzo mayor por reducir un déficit fiscal que ha adquirido dimensiones alarmantes y por un intento, con consecuencias imprevisibles, de revertir el repliegue del poder norteamericano en el “Gran Oriente Medio”, mientras que una segunda de Obama se asemejaría bastante a la primera.

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