Los políticos frente a la pobreza

Redacción

Por Redacción

A casi todos los políticos, pensadores y eminencias religiosas les encanta asustarnos afirmando que la desigualdad económica plantea una amenaza a la paz mundial. Algunos, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, diversos pontífices católicos y dignatarios protestantes y, en su momento, el presidente Raúl Alfonsín, han pintado un cuadro apocalíptico de lo que dicen creer podría suceder a menos que los ricos entregaran más ayuda, muchísima más, a los países pobres. En vista de la diferencia colosal entre el poder militar de las naciones desarrolladas y las demás, hoy en día tales temores no son realistas, pero, claro está, la idea de que tarde o temprano comunidades opulentas se vean invadidas por hordas de famélicos no carece de atractivo para los deseosos de llamar la atención a su propia superioridad moral exhortando a otros a repartir sus bienes entre los necesitados. ¿Sería legítimo decir que tampoco es realista hablar del presunto riesgo de un “estallido social” que sería provocado por la brecha abismal y, según parece, creciente que separa a los hundidos en la pobreza “estructural” del resto de la sociedad argentina? El debate en torno a este tema alarmante se reanudó a raíz de los saqueos que se iniciaron en Bariloche y que pronto afectarían a cuarenta ciudades más. Aunque la mayoría concordaba en que sería un error atribuirlos a nada más que una reacción acaso lamentable pero en cierto modo lógica frente al febril consumismo prenavideño de quienes tienen muy poco, también coincidía en que sería pueril minimizar la influencia de los factores sociales y económicos. Mientras que el “derechista” Mauricio Macri señaló que los saqueadores suelen ser jóvenes que ni trabajan ni estudian, otros de opiniones más “progresistas” prefirieron aludir a la reducción de los subsidios que tantos se habían acostumbrado a recibir debido al vaciamiento de “las cajas” gubernamentales y la inflación. Tendrán razón tanto el alcalde porteño como los preocupados por la merma de la ayuda estatal. No cabe duda de que la resignación pasiva de la que la negativa a esforzarse es un síntoma ha desmoralizado a millones de personas; tampoco la hay de que a causa de la mayor estrechez muchos se suponen víctimas de circunstancias intolerables que los obligan a robar. A esta altura, virtualmente todos entienden que los subsidios pueden ser necesarios mientras dure una emergencia pero que, a la larga, institucionalizarlos es contraproducente. Así y todo, en buena parte del mundo los gobiernos, con el respaldo de las elites intelectuales, optaron por tratar a un segmento importante de la población como dependientes vitalicios. Aunque sus voceros aseveran que sólo se trata de medidas pasajeras que serán abandonadas en cuanto el grueso de los beneficiados aprenda a valerse por sí mismo, pocos toman demasiado en serio las esperanzas en tal sentido. Los dirigentes de los países europeos, al verse constreñidos a reducir el gasto público, se han aferrado a la noción de que es posible preparar a todos salvo los irremediablemente incapaces para hacer aportes económicamente positivos al conjunto, pero siguen convencidos de que en última instancia “la solución” será forzosamente obra del Estado. Es natural que muchos políticos piensen así, sobre todo en lugares en que se ha consolidado el consenso de que todos los problemas sociales más graves se deben a los excesos del capitalismo “neoliberal”, pero acaso les convendría reconocer que los países más prósperos y con menos lacras sociales son precisamente aquellos que se han habituado a privilegiar el mercado libre y los valores que según Max Weber subyacían en la “ética protestante”: Suiza, Singapur, Luxemburgo y la ciudad autónoma de Hong Kong que, por su ejemplo, en términos ideológicos ha conquistado a la China nominalmente comunista, reeditando así la hazaña que, dijo Horacio, logró Grecia al imponer su cultura a la Roma todopoderosa. El enemigo más temible de la pobreza ancestral es el capitalismo liberal. Quienes luchan en contra de él sólo consiguen privar a los pobres de oportunidades. Además de llenar los caminos por los cuales podrían avanzar de obstáculos burocráticos, les enseñan que su destino depende de la generosidad de políticos solidarios y que por lo tanto sería inútil, cuando no subversivo, intentar cultivar sus propios talentos, de ahí la resistencia de los “ni-ni”, que ni trabajan ni estudian, a aprovechar el abundante tiempo libre del que disponen. Aunque parecería que, a pesar de su negativa a “culpar a las víctimas” de circunstancias a su juicio terriblemente injustas por su condición, hasta los progresistas más sensibleros han llegado a la conclusión de que sería mejor que los desocupados crónicos se esforzaran más, la mayoría sigue convencida de que le corresponde al gobierno tomar la iniciativa, de tal modo informándoles que tendrán que esperar hasta que, por fin, se haya aprobado la legislación apropiada. Les aguarda una espera muy larga. El gobierno, sea el nacional o el provincial, podría construir escuelas y talleres en todos los asentamientos del país, pero tales emprendimientos sólo resultarán decorativos si los boicotean el millón de “ni-ni”, con sus progenitores y sus descendientes, por suponer que siempre es mejor recibir que dar, aunque sólo fuera cuestión de tratar de aprender un oficio a fin de independizarse de las asfixiantes redes asistenciales tendidas por punteros políticos. Para que aprovecharan las oportunidades así planteadas, el país tendría que experimentar una revolución cultural muy distinta de la propuesta tanto por los kirchneristas como, si bien de manera menos vehemente, otros peronistas, radicales, izquierdistas o progresistas de actitudes parecidas que dominan el escenario político. Como los chinos que, sobre la base de tradiciones confucianas que han sobrevivido a la introducción del marxismo netamente occidental, han sabido combinar el colectivismo con el individualismo, sería preciso que todos comprendieran que, para parafrasear al presidente norteamericano John F. Kennedy, lo importante no es preguntarse qué puede hacer la sociedad por ustedes sino qué pueden hacer ustedes por la sociedad.

JAMES NEILSON

SEGÚN LO VEO


A casi todos los políticos, pensadores y eminencias religiosas les encanta asustarnos afirmando que la desigualdad económica plantea una amenaza a la paz mundial. Algunos, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, diversos pontífices católicos y dignatarios protestantes y, en su momento, el presidente Raúl Alfonsín, han pintado un cuadro apocalíptico de lo que dicen creer podría suceder a menos que los ricos entregaran más ayuda, muchísima más, a los países pobres. En vista de la diferencia colosal entre el poder militar de las naciones desarrolladas y las demás, hoy en día tales temores no son realistas, pero, claro está, la idea de que tarde o temprano comunidades opulentas se vean invadidas por hordas de famélicos no carece de atractivo para los deseosos de llamar la atención a su propia superioridad moral exhortando a otros a repartir sus bienes entre los necesitados. ¿Sería legítimo decir que tampoco es realista hablar del presunto riesgo de un “estallido social” que sería provocado por la brecha abismal y, según parece, creciente que separa a los hundidos en la pobreza “estructural” del resto de la sociedad argentina? El debate en torno a este tema alarmante se reanudó a raíz de los saqueos que se iniciaron en Bariloche y que pronto afectarían a cuarenta ciudades más. Aunque la mayoría concordaba en que sería un error atribuirlos a nada más que una reacción acaso lamentable pero en cierto modo lógica frente al febril consumismo prenavideño de quienes tienen muy poco, también coincidía en que sería pueril minimizar la influencia de los factores sociales y económicos. Mientras que el “derechista” Mauricio Macri señaló que los saqueadores suelen ser jóvenes que ni trabajan ni estudian, otros de opiniones más “progresistas” prefirieron aludir a la reducción de los subsidios que tantos se habían acostumbrado a recibir debido al vaciamiento de “las cajas” gubernamentales y la inflación. Tendrán razón tanto el alcalde porteño como los preocupados por la merma de la ayuda estatal. No cabe duda de que la resignación pasiva de la que la negativa a esforzarse es un síntoma ha desmoralizado a millones de personas; tampoco la hay de que a causa de la mayor estrechez muchos se suponen víctimas de circunstancias intolerables que los obligan a robar. A esta altura, virtualmente todos entienden que los subsidios pueden ser necesarios mientras dure una emergencia pero que, a la larga, institucionalizarlos es contraproducente. Así y todo, en buena parte del mundo los gobiernos, con el respaldo de las elites intelectuales, optaron por tratar a un segmento importante de la población como dependientes vitalicios. Aunque sus voceros aseveran que sólo se trata de medidas pasajeras que serán abandonadas en cuanto el grueso de los beneficiados aprenda a valerse por sí mismo, pocos toman demasiado en serio las esperanzas en tal sentido. Los dirigentes de los países europeos, al verse constreñidos a reducir el gasto público, se han aferrado a la noción de que es posible preparar a todos salvo los irremediablemente incapaces para hacer aportes económicamente positivos al conjunto, pero siguen convencidos de que en última instancia “la solución” será forzosamente obra del Estado. Es natural que muchos políticos piensen así, sobre todo en lugares en que se ha consolidado el consenso de que todos los problemas sociales más graves se deben a los excesos del capitalismo “neoliberal”, pero acaso les convendría reconocer que los países más prósperos y con menos lacras sociales son precisamente aquellos que se han habituado a privilegiar el mercado libre y los valores que según Max Weber subyacían en la “ética protestante”: Suiza, Singapur, Luxemburgo y la ciudad autónoma de Hong Kong que, por su ejemplo, en términos ideológicos ha conquistado a la China nominalmente comunista, reeditando así la hazaña que, dijo Horacio, logró Grecia al imponer su cultura a la Roma todopoderosa. El enemigo más temible de la pobreza ancestral es el capitalismo liberal. Quienes luchan en contra de él sólo consiguen privar a los pobres de oportunidades. Además de llenar los caminos por los cuales podrían avanzar de obstáculos burocráticos, les enseñan que su destino depende de la generosidad de políticos solidarios y que por lo tanto sería inútil, cuando no subversivo, intentar cultivar sus propios talentos, de ahí la resistencia de los “ni-ni”, que ni trabajan ni estudian, a aprovechar el abundante tiempo libre del que disponen. Aunque parecería que, a pesar de su negativa a “culpar a las víctimas” de circunstancias a su juicio terriblemente injustas por su condición, hasta los progresistas más sensibleros han llegado a la conclusión de que sería mejor que los desocupados crónicos se esforzaran más, la mayoría sigue convencida de que le corresponde al gobierno tomar la iniciativa, de tal modo informándoles que tendrán que esperar hasta que, por fin, se haya aprobado la legislación apropiada. Les aguarda una espera muy larga. El gobierno, sea el nacional o el provincial, podría construir escuelas y talleres en todos los asentamientos del país, pero tales emprendimientos sólo resultarán decorativos si los boicotean el millón de “ni-ni”, con sus progenitores y sus descendientes, por suponer que siempre es mejor recibir que dar, aunque sólo fuera cuestión de tratar de aprender un oficio a fin de independizarse de las asfixiantes redes asistenciales tendidas por punteros políticos. Para que aprovecharan las oportunidades así planteadas, el país tendría que experimentar una revolución cultural muy distinta de la propuesta tanto por los kirchneristas como, si bien de manera menos vehemente, otros peronistas, radicales, izquierdistas o progresistas de actitudes parecidas que dominan el escenario político. Como los chinos que, sobre la base de tradiciones confucianas que han sobrevivido a la introducción del marxismo netamente occidental, han sabido combinar el colectivismo con el individualismo, sería preciso que todos comprendieran que, para parafrasear al presidente norteamericano John F. Kennedy, lo importante no es preguntarse qué puede hacer la sociedad por ustedes sino qué pueden hacer ustedes por la sociedad.

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