Macri y Massa: ¿en la senda de Alfonsín y Cafiero?
Mauricio Macri y Sergio Massa tienen en sus manos la posibilidad de renovar el sistema político argentino. La oportunidad se abrió en noviembre del año pasado, cuando Macri se transformó en el primer presidente no peronista ni radical, proveniente de un partido nuevo ubicado en el cuadrante liberal republicano del espectro –el Pro–, y Sergio Massa logró romper la polarización en primera vuelta con una formación nueva –el Frente Renovador– a la que tributaron peronistas y no peronistas, logrando una expectable base territorial de apoyo –provincial y local– y legislativa –en Diputados y el Senado–. Los sellos partidarios tradicionales –PJ y UCR– quedaron subsumidos en estos dos centros de gravitación, las coaliciones Cambiemos y UNA, mientras la derrota del FpV, que condujo el tren de la política nacional en la larga década que quedaba atrás, dejaba al peronismo sin locomotora y en pleno estado deliberativo.
En nueve meses de gobierno de Cambiemos, Macri y Massa prefiguraron esa sociedad por conveniencia. Viajaron juntos a Davos, definieron agendas comunes y espacios de negociación, acuerdo y desacuerdo. Fue decisivo el apoyo de la gente de Massa para que la gestión de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires pudiera arrancar y avanzar en temas decisivos, así como acompañaron proactivamente el tejido de compromisos entre Nación y provincias por la coparticipación y en el Congreso, con las principales leyes, a partir de la aprobación del acuerdo por la deuda que sacó al país del default. Obtuvo a cambio protagonismo y algunos logros en la iniciativa legislativa.
El juego M&M se llama “coexistencia competitiva”, está en desarrollo y tiene sus reglas, condiciones, riesgos y premios. Son como dos jugadores de tenis dispuestos a un largo match, que se reconocen y eligen mutuamente. Deben diferenciarse y sostenerse, sacando ventajas sin remates fulminantes o golpes definitorios. Es una dinámica diferente a la tradicional de “suma cero” en el sube y baja de gobierno y oposición, donde uno gana lo que el otro pierde. Aquí deben primero crecer y consolidarse ambos como centros de gravitación en el escenario político para luego distribuirse espacios y roles. Están destinados a competir, porque representan electorados, sectores e intereses sociales diferentes; proyectos distintos.
Ambos pretenden representar “lo nuevo” frente a “lo viejo” de la política nacional, pero primero deben despejar de malezas y trampas el campo de juego y enfrentar juntos una empresa de ingeniería política mayor: deben reemplazar la pendularidad cíclica por la alternancia superadora. El juego del ciclo pendular es el que polariza entre CK y MM y afirma los contornos del kirchnerismo como contraimagen de la actual gestión. La apuesta por la alternancia superadora desdibuja esa grieta kirchnerismo-antikirchnerismo y define nuevas coordenadas. La pendularidad cíclica es bipolar y aglutina en dos campos antagónicos. La apuesta por la alternancia superadora es consistente con la lógica coalicional que quedó expresada en el proceso electoral del 2015 y los resultados de la primera vuelta el año pasado: hay por lo menos tres fuerzas –o coaliciones– competitivas a nivel nacional.
En el centro de esa tensión entre dos clivajes –gobierno/oposición, “nueva política”/“vieja política”– está, por supuesto, el reacomodamiento del peronismo en sus distintas vertientes, buscando reinstalarse como expresión nacional opositora. Macri y Massa se pueden mirar, en tal sentido, en el espejo de los primeros liderazgos renovadores de la democracia recuperada en los años 80, Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero. No porque se parezcan en algo como líderes políticos sino porque la historia los ha puesto ante un desafío parecido.
Aquel entendimiento, hace treinta años, dio sus frutos en acuerdos de gobernabilidad y coincidencias sobre la reforma constitucional, aunque estas finalmente quedaron postergadas. Alfonsín y Cafiero marcaron una nueva dinámica de convivencia e intercambio entre gobierno y oposición que permitió consolidar el piso de marcha de la transición democrática: enfrentaron juntos al viejo aparato sindical, las conjuras desestabilizadoras, los “dinosaurios” de la ortodoxia peronista y el golpismo carapintada.
También es cierto que ese aporte fundacional tuvo sus costos políticos. Ambos ganaron, aunque también es cierto que ambos perdieron en términos electorales. Alfonsín debió resignar la mayoría legislativa y la provincia de Buenos Aires frente al peronismo renovador en 1987. Y Cafiero debió resignar la candidatura presidencial frente a Menem, en 1988, cuando el caudillo riojano vino a desbaratar ese entendimiento bipartidista para iniciar la marcha restauradora del peronismo mayoritario en el 89. ¿Cuál será el destino de esta nueva “renovación”?
Mirando al sur
Se llama “coexistencia competitiva”, está en desarrollo y tiene sus reglas, condiciones y riesgos y premios.
Son como dos jugadores de tenis dispuestos a
un largo match.
Alfonsín y Cafiero marcaron una nueva dinámica de convivencia e intercambio entre gobierno y oposición que permitió consolidar el piso de marcha de la transición democrática.
Datos
- Se llama “coexistencia competitiva”, está en desarrollo y tiene sus reglas, condiciones y riesgos y premios.
Son como dos jugadores de tenis dispuestos a
un largo match. - Alfonsín y Cafiero marcaron una nueva dinámica de convivencia e intercambio entre gobierno y oposición que permitió consolidar el piso de marcha de la transición democrática.
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