Mañanas

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

La mañana helada. La escarcha en el parabrisas. El agua hirviendo. El hielo que se derrite. Las tostadas que se queman. El cuchillo que raspa sobre lo quemado. Los padres apuran el paso. Los hermanos que no se despiertan. Un grito. El padre silba. Otro grito de la madre. El café está listo.

Los cuatro hermanos claman por cinco minutos más entre las sábanas. Pero escuchan a su madre, austera, que da indicaciones firmes. Parece que hasta el sol le obedece. El padre insiste: “A desayunar, que me voy”.

La radio, siempre en FM Horizonte, marca el ritmo. Un tal Martín Wullich cuenta una breve historia -sobre el origen del dinero- que cierra diciendo, con su inconfundible cadencia: “Mientras tanto… aquí, en la gran ciudad… una nueva hora comienza”. Y suena un clásico: Alphaville canta “Forever young”. Los hermanos, ahora sí, saben que se hará tarde si no saltan de la cama.

En la cocina, todos mastican. El crujido de las tostadas. La mermelada casera. El silencio de la mañana desangelada. Los padres agitan, interrumpen el letargo de sus hijos. La madre les anticipa algo que nunca hará, pero que ellos temen: “Esta noche, les corto con un tijera el cable de la televisión, así se van a dormir temprano”. Los hijos bostezan.

El padre afirma, una vez más: “Ahora sí que es tarde”. Cada mañana se hace tarde. Siempre es tarde. El tiempo es una zanahoria inaccesible, que va siempre por delante. El tiempo nunca alcanza.

Todos, menos la madre, arriba del auto. Camino al colegio. El silencio también se sube al auto. Pasan las cuadras y nadie habla. El padre acelera de golpe, frena, acelera. No toca bocina. Nunca. O casi nunca, pero no es sencillo recordar cuándo.

Faltan cinco cuadras para llegar al colegio. El hijo menor musita algo. “¿Qué?”, pregunta el padre. Ya falta menos. “Papá, me tenés que firmar algo”. La respuesta es el silencio. El padre se concentra en el parabrisas y, es probable, en una agenda que encadena las interminables tareas del día.

Se amontonan los autos en la puerta del colegio. Estacionan. El menor repite, susurra: “Me firmás la libreta de notas”. El padre no entiende: “¿Qué?”. El hijo reitera. El padre pregunta por qué no le avisó antes, suspira y toma la libreta entre sus manos. La abre y entrecierra los ojos. Fuerza la vista. Rezonga, firma, y después dice: “A ver, ¿qué notas sacaste? Porque sin anteojos no veo de cerca”.

-Un dos…

-¡¿Cómo que un dos?! -se sorprende.

-Me tomaron algo que justo no había estudiado.

-¿Y mamá sabe? -pregunta, monocorde, sin levantar la voz.

-Papá, dale, se hace tarde.

-No, así no… A la noche lo hablamos -advierte, serio.

Sin decir nada, el menor se baja del auto. Respira, aliviado. Su plan volvió a funcionar. Algo, igual, lo deja confundido. Cuando pasen los años, lo tendrá más claro: le pesaba la certeza de que “esa noche”, perdida en los tiempos, nunca llegaría. Nunca llegó.

Por Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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