Manteca en la frente
Columna semanal
El disparador
Es interesante descubrir cómo pueden resurgir recuerdos que permanecen adormecidos. Más aún, cuando sucede inesperadamente. Hace unos días estaba en una clase sobre los orígenes del proceso creativo. La verdad, no entendía bien el texto que analizábamos ni hacia dónde iba la profesora.
Hablábamos sobre “Historia de un espacio lúdico”, de Eduardo Pavlovsky, que al final me resultó maravilloso. Lo que no había comprendido de entrada, a medida que pasaron los días fue creciendo; como si sus ideas tuvieran levadura. El autor -fallecido a los 81 años, hace casi dos meses- cuenta que tenía una predisposición a observar lo concreto con una mirada imaginaria.
El dramaturgo y psicoanalista dice que la zona lúdica, ampliamente proyectiva para todos nosotros, se convierte también en espacio apto para el manejo y control de la realidad; es una zona elaborativa de nuestros propios conflictos adolescentes. Sostiene que en toda actividad lúdica hay que descubrir dos niveles de los chicos: el juego como intento de elaborar situaciones traumáticas y el juego como expresión de la potencia creadora de los niños.
Detalla un juego de fútbol que jugó durante años con sus amigos en el que las fichas eran jugadores y cada uno de esos jugadores tenía una historia mítica. Cuando Pavlovsky terminó sus estudios universitarios, ya “no se podía conciliar ser médico y seguir ‘jugando’”. Había que “asesinar” lo lúdico, ser hombre, ser adulto.
“Había que ser burócrata. Los burócratas no saben jugar, repiten”, dice. Pero después volvió a jugar. “Las crisis depresivas de mi vida siempre han tenido relación con períodos de abstinencia lúdicas”. Y advierte: “No se puede jugar a medias; si se juega, se juega a fondo. Para jugar bien hay que apasionarse. Para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es introducirse en el mundo de la locura. Del mundo de la locura hay que aprender a ‘entrar’ y ‘salir’. Sin introducirse en la locura no hay creatividad. Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto. Repite palabras del otro”.
Tras estos fragmentos, la profesora habló sobre el peligro de no discernir y mezclar juego y realidad. El riesgo de, por ejemplo, golpearse. En lo concreto, sería golpearse físicamente; en lo metafórico, estrellarse con una realidad. Rescató la importancia de ser adultos, sin dejar de jugar como niños; pero jugar lúdicamente y sin la impronta competitiva que puede tener algún deporte reglado. Correr el riesgo de sentirse ridículo, vulnerable.
Cuando la clase terminaba, la profesora dijo que, en general, los niños juegan con libertad y algún adulto los suele mirar. “Al jugar a ser Superman, el chico no pierde el criterio de realidad por más que insiste en ser Superman. Juega y salta de la silla, no de un balcón”, dijo la profesora. Fue como si hubiese presionado una tecla dentro mío.
¡Yo salté de una pared! Fue en lo de mi abuela. Tendría cinco años y una capa de tela finita, casi transparente. Estaba en el patio de entrada. Subí cinco escalones, levanté ambos brazos y me lancé al vacío. Era un metro de altura, una distancia que aún no estaba en condiciones de sobrellevar ileso. Estaba solo, no me vio nadie. Pero enseguida mi abuela se dio cuenta de que algo había pasado, porque me vio el chichón. Fuimos a la cocina, abrió la heladera y sacó un paquete de manteca, que untó directamente en mi frente. “Para que no se te ponga morado”, me dijo.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com