Marco

Columna semanal

Por Redacción

PALIMPSESTOS

Marco tiene 18 años, es de Ecuador y quiere seguir estudiando. Eso lo sabe ahora. Y ahora es cuando siente que ya no es el mismo niño que antes se reía fácil. El quiebre en su vida fue cuando a los 13 años dejó la escuela porque el trabajo le había ganado a los libros.

Al poco de nacer su mamá murió y su padre comenzó una relación con una de las hermanastras de Marco. “Y tuvo varios hijos”. No sabe cuántos. Sí recuerda que su padre lo llevó al basural de Zámbiza, al noreste de Quito, para que lo ayudara en el trabajo.

A medida que ganaba experiencia, Marco pasaba más horas en el basural. “Era mi segunda casa. Había otros cuarenta niños”. Todos se las rebuscaban para dormir varios días allí, cubriéndose con chapas, cartones, maderas y plásticos.

La jornada empezaba sobre la once de la noche, cuando llegaban los camiones desbordando basura. “Lo descargaba y me daban dos dólares. Cuando la gente era buena, me podían llegar a dar 5 dólares. Para mí estaba bien. Se lo daba a mi papá”.

Entre la montaña de residuos, Marco empezaba a revolver. Había de todo: “Era peligroso. Tenía un solo par de guantes. A veces llegaban bolsas de los hospitales y te pinchabas con las jeringas. Había mucho vidrio también. Nunca me enfermé pero muchas veces me corté las manos, por eso tengo todas estas cicatrices”.

Rita es maestra y lo conoce desde que Marco tenía cinco años. Un día fue hasta el basural y lo vio lamiendo un sachet de leche que había descubierto entre la montaña de basura. Se quebró, no le habló y se fue sin que la viera. “Aún así, no faltaba nunca a la escuela”, dice ella, que cuenta que Marco tenía dificultades en el estudio pero pedía ayuda en el tiempo libre. “Quería aprender”.

Así pasaron unos años, hasta que Marco ya no resistió: se empezó a quedar dormido de pie mientras trabajaba. Tenía 13 años y dejó de ir a clases. Salía del basural solo los domingos para ir a jugar al fútbol. “Eso me distraía”.

Un año entero se dedicó en exclusivo al trabajo. Hasta que consiguió una beca, por una fundación, y pudo volver a estudiar. “Pero los problemas que tenía no me dejaban pensar. Me perdía, no me podía concentrar. Siempre pasaba algo. No sé qué era”.

No tiene muy claro ni qué era lo que lo atormentaba ni cómo hizo para salir de ese estado. “Para despejarme iba a jugar al fútbol. Así conocí gente y fui mejorando. Ya pasó. Pero quedaron cicatrices. Ese año -el que no fue a la escuela- fue muy doloroso. Dejó huellas. Ya no soy el mismo. Siempre fui alegre, pero ya no”.

Marco dice que lo único que sabe es que ha madurado bastante. “A veces no hay ánimo, me caigo”. Ahora, en su último año de escuela, saca buenas notas. “Siempre hay piedras para que uno se caiga. Pero quiero salir adelante. En la escuela me olvido de todos los problemas que he tenido. Me encanta. Las tareas son difíciles pero estudiar es maravilloso. Me gustarían dos cosas: formar una familia y poder ir a la universidad para prepararme bien y ser director de una escuela”.

Por Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


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