Martín Kohan vuelve con “Fuera de lugar”
“Fuera de lugar”, la nueva novela de Martín Kohan, aborda el tema de la pedofilia desde un registro policial intenso y también reflexiona sobre el cambio de época.
Literatura
“Fuera de lugar”, la nueva novela de Martín Kohan, publicada por Anagrama, plantea el tema del abuso infantil a partir de un minucioso trabajo sobre la normalidad de lo atroz y reflexiona sobre la fotografía -el magnetismo de la imagen fija-, que le permite hablar sobre el salto de lo analógico a lo digital al ritmo de un violento policial que no da respiro ni ofrece salida.
Kohan habló con Télam sobre el origen, la construcción y el desarrollo de esta novela, una cruda historia que, con prosa precisa y contundente, se mete en el corazón del mal.
– ¿Cuál fue el punto de partida de esta novela?
– El verdadero punto de partida fue detectar no la cuestión de la pedofilia, sino más bien ese punto exacto que tiene que ver con la fotografía de los nenes, esto me abría la posibilidad de trabajar sobre algo siniestro para el lector pero que a la vez tuviera un registro de personajes sin el carácter terrible de lo que están haciendo. Si me pregunto en qué momento decidí una novela sobre pedofilia, digo nunca. Si la idea se me hubiese aparecido así, la hubiese rechazado. Así como hubiera rechazado la idea de una novela sobre la dictadura. “Ciencias morales”, por ejemplo, no la pensé así. No es el tipo de disparador literario que me interesa, porque remite a una cosa temática, presupone lugares comunes, convoca la idea de la denuncia, todas variantes que desde mi punto de vista literario no tienen ningún atractivo. En esta novela, como de alguna manera también pasa en aquella, los que hacen cosas perversas, las hacen desde una posición de absoluta certeza con respecto a lo correcto y, en algunos casos, son hasta moralistas.
– De alguna manera, más allá de las atrocidades, son humanos en todo el sentido de la palabra…
– Lo que pasa es que narrar lo monstruoso en clave monstruosa no sería para mí una motivación. Me interesa el carácter normal que puede tener lo atroz. Que sea normal y atroz al mismo tiempo, porque lo monstruoso nos aterra pero a su vez nos tranquiliza: lo monstruoso nos queda lejos, no parece tocarnos en nada, nos interpela a distancia. Me interesa que algo perturbador pueda resultar perturbador en su absoluta normalidad. El personaje del cura, quizás, responde más a un estereotipo: lo necesitaba dentro de la novela para que los otros lo señalen como un degenerado. Lo que buscaba es el choque entre lo que los tipos hacen y la tranquilidad de conciencia que tienen. Son personajes que me sirvieron para trabajar sobre las variaciones de la normalidad: lo hacen por negocio, por plata, creen que por mirar y no tocar no hacen nada malo. El personaje de la mujer, que agrega un componente de cuidado, agrava la situación.
– ¿Por qué?
– Me parece que si toda escena de perversión y violencia la elaboraba sólo a partir de la experiencia del maltrato todo correría en una dirección más homogénea y en un punto mucho más fácil de asimilar para la lectura. Que haya una mujer que pone formas de contención, la maternidad, la ternura, y que eso forme parte de la violencia pedófila, es parte del dispositivo del abuso.
– ¿En qué momento decidiste trabajar con el registro de la novela negra?
– No hubiera escrito una novela sólo con el tema del abuso. El armado de una novela policial me permitió escribir una novela con más núcleos de narratividad, más peripecias, más mundo respecto de “Bahía Blanca”, que implicó un nivel de concentración muy grande, con un único personaje.
Bajo ese tipo de disposición literaria no podía escribir más nada, entonces me propuse pasar a una modalidad diferente de escritura y también de lectura. Antes de empezar a escribir, por ejemplo, estuve medio verano leyendo sólo Graham Greene. No sé si tomé cosas o no, pero me puso en un ritmo narrativo distinto al de los escritores que yo prefiero (Bernhard, Saer, Chejfec), que jamás me hubieran puesto en esta pluralidad de componentes de narración.
– En la novela hay también, en otro nivel, una reflexión sobre el cambio de época que trajo internet…
– Tiendo a pensar que hay mucha más reflexión sobre lo que se adquirió que sobre lo que se perdió. Esto no quiere decir lamentar los cambios. Hay una idea de Walter Benjamin que me interesa: la imagen de estar empujado hacia delante pero mirando hacia atrás. Creo que es una figuración perfecta sobre lo que es el progreso, que no es exactamente la celebración del que acelera hacia adelante. Admito que no puedo plegarme a las nuevas tecnologías sin preguntarme por la pérdida.
– Desde el título y en ciertas frases, la novela parece tener una conexión con la prosa de Juan José Saer…
– A Saer la admiración que le tengo es tanta y la intensidad que supuso leerlo cuando era joven me hacen pensar que ojalá haya marcas de esa experiencia en mi escritura de por vida. Probablemente sean marcas que no son premeditadas. Saer es formativo, es mi idea de lenguaje, de estilo.
Fuente: Télam.
Juan Rapacioli
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