Me pregunto

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

A menudo me hago preguntas que suelen ser entre tontas e inocentes. Incluso, me parece que debo ser fácil de engañar o que me estoy perdiendo algo que es obvio para muchos pero que yo no lo sé. Es como si no me avivara de algo mientras el resto de la humanidad se da cuenta de todo (y no me avisa nada).

Pienso en esto al escuchar en el tren a un hombre que dice en voz alta: “Resaltador indeleble, seis pesos. Un lujo, señores. En ninguna librería está menos de diez mangos. Aproveche, compre por menos de lo que vale”. El hombre está vestido con jeans, una camisa a cuadros y un abrigo grueso para enfrentar el invierno de Buenos Aires.

Hasta que hizo su generosa oferta, creía que el hombre era un contador yendo a trabajar a un estudio de su barrio. Pero luego, al oírlo, me empecé a preguntar por qué alguien vende algo por menos de su valor, si no será en realidad un filántropo que no conozco. O si, en realidad, no habrá cerrado su librería por hacer malos negocios como el que ofrece en el tren.

De todos modos, mi incomodidad viene de otro lado. No sé exacto de dónde pero creo que me puedo ir acercando. Todo esto no me pasa solamente con este buen hombre, que al final me cae simpático y hasta lo invitaría a tomar un café para charlar.

Hay otras ofertas con las que directamente me llevo mal. Son las promociones de “pague dos, lleve tres”. Me pregunto si después no me acusarán de haberme robado uno. Pero, sobre todo, me atraganto cuando recuerdo el precio que tenía un producto una semana atrás, hago la cuenta y descubro que en realidad aumentaron el precio y no hay ningún descuento. Para peor: si en vez de llevar dos unidades llevo solamente una, me termina saliendo más caro. Ahí está la explicación de por qué me llevo tres botellas de vino sin que me importe la mirada severa de una señora sobre mi changuito.

Cuando me ofrecen mil cuotas sin interés, también me pregunto idioteces: ¿Qué significa sin interés? ¿Que no le interesa a nadie? ¿Que la financiación es gratuita? ¿Resulta que los mercados financieros al final son fondos solidarios de inversión para mejorar la vida de las masas y yo no me había dado cuenta? ¿Soy un desconfiando que únicamente puede pensar mal de las ofertas?

A veces siento que todo se pone más complicado con los 25 por ciento de descuento de los miércoles o de cualquier otro día. ¿Qué pasa el resto de los días? ¿Me cobran un 25 por ciento de sobreprecio? ¿O es que ese margen mayor de ganancia lo donan a obras de caridad y, una vez más, el retorcido soy yo?

También me molestan un poco los nombres de algunas promociones tipo “Hot sale”. ¿Qué onda? ¿La traducción sería “venta caliente”? ¿Qué son? ¿Panes? ¿En los países de habla inglesa, entonces, deberían promocionar “saldos calientes”, así, en español? ¿O ahí ya no sería tan canchero? Y bueno, con “weekend de remate, una locura no comprar”, ya no sé bien qué más decir. Me da pena imaginar que el producto que me ofrecen a un precio irrisorio es porque antes se lo quitaron a alguien sin pagarle casi nada o muy poco. ¿A quién se lo rematan, loco?


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