Medio maldito

Con leyes tan severas que hagan virtualmente imposibles las adopciones transnacionales, quienes más pierden son, claro está, los niños.

Redacción

Por Redacción

De no haberse arreglado a través de la Internet la adopción irregular de dos mellizas norteamericanas, con el consentimiento inicial de su madre biológica, por una pareja que vive en Gales, muy pocos se hubieran interesado por el conflicto desatado por la agencia que las habían entregado antes a un matrimonio de California. Por cierto, no hubiera figurado en las tapas de los diarios tanto de la Argentina como de buena parte del resto del planeta. Después de todo, los conflictos legales en torno de las adopciones son frecuentes, sobre todo cuando suponen el traslado de niños de un país a otro, pero puesto que los Estados Unidos y el Reino Unido pertenecen al Primer Mundo y comparten el mismo idioma, en este caso no están en juego aquellos factores geopolíticos que tanto preocupan a los proclives a denunciar conspiraciones imperialistas urdidas con la presunta finalidad de privar a los niños pobres de su “identidad” tercermundista. Sin embargo, gracias al empleo de la Internet, medio que por su novedad muchos consideran más frío y en consecuencia menos “humano” que los tradicionales, y el hecho de que la agencia de adopción norteamericana involucrada haya cobrado por sus servicios, como es habitual en muchos países, el episodio ha brindado una oportunidad espléndida a los deseosos de dar rienda suelta a su indignación porque se “venden niños como si fueran mercancías”, contrastando tales prácticas con las locales que, como sabemos, siempre se inspiran en el amor y en el respeto por los lazos familiares. Tal reacción ha sido virtualmente universal. El primer ministro británico Tony Blair calificó de “deplorable” la situación, movilizando a los servicios sociales galeses cuyos agentes no tardaron en llevar a las mellizas a una institución, lo cual, de más está decirlo, no necesariamente contribuirá a su bienestar, mientras que críticas vehementes de lo ocurrido se han hecho oír en todas las latitudes.

Quizás lo más notable de este caso y de otros que, por razones por lo general arbitrarias, atrapan la atención de centenares de millones de personas a lo ancho y lo largo del mundo, es que sirven para revelar la intensidad de los prejuicios contra la adopción de niños. Aunque quienes opinan acerca de ellos suelen aludir a lo desagradable que es “comprar” a los niños y a lo malo que es que haya madres que por los motivos que fueran se han negado a criar a sus propios hijos, la mayoría parece convencida de que la adopción, sobre todo si se involucra a personas de países diferentes o de razas distintas, es de por sí siniestra y que quienes buscan formas de soslayar las regulaciones por lo general muy engorrosas vigentes en su propio lugar de residencia son con toda seguridad pervertidos.

Sin duda algunos lo son -también lo son muchos padres naturales-, pero no hay evidencia de que todos los europeos y norteamericanos que pagan por adoptar a niños oriundos de países pobres sean criminales. Asimismo, sería difícil negar que en la mayoría abrumadora de los casos el destino de un niño africano, asiático o latinoamericano adoptado por una pareja acomodada de los Estados Unidos o, lo cual es más común, de la Unión Europea, será decididamente mejor de lo que le esperaría en su propio país.

En un mundo ideal, todos los niños quedarían con su propia familia o serían adoptados en seguida por parejas muy similares que los rodearían de amor y comprensión. En el mundo real, empero, son millones los huérfanos o niños abandonados que malviven -si es que sobreviven- como “chicos de la calle”. La mayor proporción de éstos se encuentra en países pobres, mientras que en los ricos, en los que la tasa de natalidad es muy baja, escasean los niños sin graves dificultades médicas que pueden adoptarse. Por lo tanto, es lógico que muchos europeos, frustrados por legislación propia de países con pocos niños, hayan querido adoptar a bebés donde las leyes correspondientes son flexibles, como los Estados Unidos, o las necesidades son mayores, como en el Tercer Mundo, y si bien es siempre forzoso insistir en que haya medidas que protejan adecuadamente a los menores de los eventuales abusos, cuando éstas son tan severas que hagan virtualmente imposibles las adopciones transnacionales quienes más pierden son, claro está, los niños.


De no haberse arreglado a través de la Internet la adopción irregular de dos mellizas norteamericanas, con el consentimiento inicial de su madre biológica, por una pareja que vive en Gales, muy pocos se hubieran interesado por el conflicto desatado por la agencia que las habían entregado antes a un matrimonio de California. Por cierto, no hubiera figurado en las tapas de los diarios tanto de la Argentina como de buena parte del resto del planeta. Después de todo, los conflictos legales en torno de las adopciones son frecuentes, sobre todo cuando suponen el traslado de niños de un país a otro, pero puesto que los Estados Unidos y el Reino Unido pertenecen al Primer Mundo y comparten el mismo idioma, en este caso no están en juego aquellos factores geopolíticos que tanto preocupan a los proclives a denunciar conspiraciones imperialistas urdidas con la presunta finalidad de privar a los niños pobres de su “identidad” tercermundista. Sin embargo, gracias al empleo de la Internet, medio que por su novedad muchos consideran más frío y en consecuencia menos “humano” que los tradicionales, y el hecho de que la agencia de adopción norteamericana involucrada haya cobrado por sus servicios, como es habitual en muchos países, el episodio ha brindado una oportunidad espléndida a los deseosos de dar rienda suelta a su indignación porque se “venden niños como si fueran mercancías”, contrastando tales prácticas con las locales que, como sabemos, siempre se inspiran en el amor y en el respeto por los lazos familiares. Tal reacción ha sido virtualmente universal. El primer ministro británico Tony Blair calificó de “deplorable” la situación, movilizando a los servicios sociales galeses cuyos agentes no tardaron en llevar a las mellizas a una institución, lo cual, de más está decirlo, no necesariamente contribuirá a su bienestar, mientras que críticas vehementes de lo ocurrido se han hecho oír en todas las latitudes.

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