Mejor tarde que nunca

Redacción

Por Redacción

Para asombro tanto de sus admiradores como de sus adversarios, en una entrevista con un periodista de una revista progresista norteamericana Fidel Castro acaba de reconocer que sería insensato procurar exportar el modelo económico cubano a otros países porque “ya no funciona ni para nosotros”. Desgraciadamente para los cubanos, tuvieron que transcurrir cincuenta años llenos de fracasos antes de que Castro se diera cuenta de que las recetas que aplicaba sólo sirvieron para depauperarlos cada vez más, pero sucede que los “marxistas leninistas” siempre se han destacado por su terquedad. Desde su punto de vista, los dogmas de su credo importan mucho más que la realidad, de suerte que para explicar los resultados lamentables de sus esfuerzos por crear, con medios sumamente violentos, una “alternativa” al capitalismo liberal, los atribuyen a las malas artes de sus enemigos. En círculos izquierdistas y nacionalistas de América Latina, la única razón por la que Cuba, país que antes de la llegada al poder de los comandantes Castro era uno de los más prósperos de la región, con un ingreso per cápita equiparable con el argentino de aquel entonces, se ha hundido en la miseria consiste en “el bloqueo” norteamericano. En verdad, sólo se trata de un embargo comercial, puesto que los cubanos han podido intercambiar bienes y servicios con el resto del mundo, pero detalles de este tipo nunca han interesado a los simpatizantes del régimen comunista. Es de suponer que la autocrítica de Fidel Castro se inspira en el deseo de apoyar a su hermano Raúl, el que ha resultado ser relativamente más pragmático que su antecesor como presidente y por lo tanto está intentando llevar a cabo algunas reformas “estructurales” con el propósito de reavivar una economía comatosa. Sea como fuere, sus palabras pueden tomarse por una advertencia a otros políticos e intelectuales latinoamericanos que, a pesar del fracaso calamitoso de todos los experimentos marxistas que se han ensayado en el mundo, aún se sienten tentados por la noción de que sea posible reemplazar el capitalismo por un sistema presuntamente mejor. Aunque a esta altura debería serles evidente que la revolución cubana tuvo consecuencias tan catastróficas que una proporción sustancial de la población de la isla prefirió arriesgarse a ser devorada por tiburones a esperar a que en una fecha futura pudiera comenzar a beneficiarse de sus réditos hipotéticos, es tanto el rencor que sienten hacia el statu quo que algunos siguen estando dispuestos a ir a cualquier extremo para imitarla en sus propios países. Además de confesar que entiende que el modelo económico que construyó, a un costo humano tremendo, ha resultado ser un fracaso, Castro criticó al jefe formal del régimen iraní, el presidente Mahmoud Ahmadinejad, por el antisemitismo virulento que es una de sus características más notorias. Habrá sido un mensaje dirigido a su aliado venezolano, Hugo Chávez, que no ha vacilado en hacer causa común con los teócratas iraníes por compartir su hostilidad hacia Estados Unidos. Últimamente Castro se ha manifestado muy preocupado por el peligro de que pronto estalle en el Medio Oriente una guerra atómica. Puesto que Israel tiene motivos de sobra para no estar dispuesto a permitir que Irán adquiera un arsenal nuclear, y en Washington hay por lo menos algunos que temen que en el caso de que los iraníes lo lograran Estados Unidos sufriría una derrota estratégica que modificaría radicalmente la situación mundial, la inquietud que sienten Castro y otros puede comprenderse. Claro, durante la crisis de los misiles de 1962, él mismo fue tan belicista como Ahmadinejad, pero en la entrevista en que habló de las deficiencias insalvables de su “modelo” económico y criticó a los iraníes, reconoció que en aquella oportunidad había adoptado una actitud equivocada porque, luego de pensarlo, entendió que intentar convencer a la Unión Soviética de instalar misiles en Cuba, a escasas millas de la costa estadounidense, “no valió para nada la pena”. ¿Incidirá su giro hacia posturas que podrían calificarse de moderadas en el pensamiento de sus partidarios en otras partes de América Latina? Es de esperar que sí, pero no sorprendería que los más fogosos lo atribuyeran a su edad avanzada, ya que para ellos “la lucha” importa mucho más que los eventuales objetivos.


Para asombro tanto de sus admiradores como de sus adversarios, en una entrevista con un periodista de una revista progresista norteamericana Fidel Castro acaba de reconocer que sería insensato procurar exportar el modelo económico cubano a otros países porque “ya no funciona ni para nosotros”. Desgraciadamente para los cubanos, tuvieron que transcurrir cincuenta años llenos de fracasos antes de que Castro se diera cuenta de que las recetas que aplicaba sólo sirvieron para depauperarlos cada vez más, pero sucede que los “marxistas leninistas” siempre se han destacado por su terquedad. Desde su punto de vista, los dogmas de su credo importan mucho más que la realidad, de suerte que para explicar los resultados lamentables de sus esfuerzos por crear, con medios sumamente violentos, una “alternativa” al capitalismo liberal, los atribuyen a las malas artes de sus enemigos. En círculos izquierdistas y nacionalistas de América Latina, la única razón por la que Cuba, país que antes de la llegada al poder de los comandantes Castro era uno de los más prósperos de la región, con un ingreso per cápita equiparable con el argentino de aquel entonces, se ha hundido en la miseria consiste en “el bloqueo” norteamericano. En verdad, sólo se trata de un embargo comercial, puesto que los cubanos han podido intercambiar bienes y servicios con el resto del mundo, pero detalles de este tipo nunca han interesado a los simpatizantes del régimen comunista. Es de suponer que la autocrítica de Fidel Castro se inspira en el deseo de apoyar a su hermano Raúl, el que ha resultado ser relativamente más pragmático que su antecesor como presidente y por lo tanto está intentando llevar a cabo algunas reformas “estructurales” con el propósito de reavivar una economía comatosa. Sea como fuere, sus palabras pueden tomarse por una advertencia a otros políticos e intelectuales latinoamericanos que, a pesar del fracaso calamitoso de todos los experimentos marxistas que se han ensayado en el mundo, aún se sienten tentados por la noción de que sea posible reemplazar el capitalismo por un sistema presuntamente mejor. Aunque a esta altura debería serles evidente que la revolución cubana tuvo consecuencias tan catastróficas que una proporción sustancial de la población de la isla prefirió arriesgarse a ser devorada por tiburones a esperar a que en una fecha futura pudiera comenzar a beneficiarse de sus réditos hipotéticos, es tanto el rencor que sienten hacia el statu quo que algunos siguen estando dispuestos a ir a cualquier extremo para imitarla en sus propios países. Además de confesar que entiende que el modelo económico que construyó, a un costo humano tremendo, ha resultado ser un fracaso, Castro criticó al jefe formal del régimen iraní, el presidente Mahmoud Ahmadinejad, por el antisemitismo virulento que es una de sus características más notorias. Habrá sido un mensaje dirigido a su aliado venezolano, Hugo Chávez, que no ha vacilado en hacer causa común con los teócratas iraníes por compartir su hostilidad hacia Estados Unidos. Últimamente Castro se ha manifestado muy preocupado por el peligro de que pronto estalle en el Medio Oriente una guerra atómica. Puesto que Israel tiene motivos de sobra para no estar dispuesto a permitir que Irán adquiera un arsenal nuclear, y en Washington hay por lo menos algunos que temen que en el caso de que los iraníes lo lograran Estados Unidos sufriría una derrota estratégica que modificaría radicalmente la situación mundial, la inquietud que sienten Castro y otros puede comprenderse. Claro, durante la crisis de los misiles de 1962, él mismo fue tan belicista como Ahmadinejad, pero en la entrevista en que habló de las deficiencias insalvables de su “modelo” económico y criticó a los iraníes, reconoció que en aquella oportunidad había adoptado una actitud equivocada porque, luego de pensarlo, entendió que intentar convencer a la Unión Soviética de instalar misiles en Cuba, a escasas millas de la costa estadounidense, “no valió para nada la pena”. ¿Incidirá su giro hacia posturas que podrían calificarse de moderadas en el pensamiento de sus partidarios en otras partes de América Latina? Es de esperar que sí, pero no sorprendería que los más fogosos lo atribuyeran a su edad avanzada, ya que para ellos “la lucha” importa mucho más que los eventuales objetivos.

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