Michelle tendrá que esperar

Redacción

Por Redacción

Aunque todo hace prever que el 15 de diciembre Michelle Bachelet gane con comodidad la segunda vuelta electoral para regresar a la presidencia chilena luego de cuatro años de ausencia, debería preocuparle el que no haya logrado ahorrarse el trámite arrasando en la primera, que se celebró el domingo. Con menos del 47% del total de sufragios del 55% del padrón que se dio el trabajo de votar, dista de contar con el apoyo masivo que le hubiera permitido anotarse el triunfo plebiscitario al que había aspirado. Asimismo, si bien su rival, la conservadora Evelyn Matthei –una candidata de emergencia ya que tuvieron que borrarse tres presuntos pesos pesados del oficialismo actual–, apenas arañó el 25% de los votos, pudo festejarlo porque fue llamativamente mejor que lo previsto por los sondeos. Parecería, pues, que una proporción sustancial del electorado chileno desconfía de las promesas de Bachelet de impulsar cambios sociales profundos para que todos participen de la prosperidad relativa que ha alcanzado su país. El escepticismo que tantos sienten puede justificarse. La sociedad chilena es más inequitativa que la de cualquier otro miembro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), el club exclusivo de los países de ingresos altos, pero cambiar esta situación nada deseable no sería tan sencillo como Bachelet y otros políticos suelen dar a entender. Si fuera posible hacerlo por decreto, todas las democracias se destacarían por la igualdad económica. Sin embargo, sucede que hasta en los países más homogéneos, como los escandinavos, el Japón y Corea del Sur, propenden a ampliarse las diferencias, mientras que en los caracterizados por la diversidad, los resultados brindados por programas costosos destinados a reducirlas han sido muy decepcionantes. Para hacer aún más difícil el trabajo de los ingenieros sociales, la expansión rápida de la llamada economía del conocimiento, que se basa en el aprovechamiento de los avances tecnológicos, está provocando la virtual marginación laboral de quienes carecen de la preparación exigida. Bachelet y otros dirigentes chilenos son conscientes de esta realidad, de ahí su compromiso con reformas educativas que, dicen, servirán para que todos tengan acceso a una “educación de calidad” gratuita, lo que reemplazaría el sistema pago actual que tantas protestas ha motivado entre estudiantes que, como sus homólogos en Estados Unidos y algunos países europeos, tienen que endeudarse hasta el cuello para conseguir diplomas universitarios que a menudo les resultan inútiles. La incapacidad del gobierno de centroderecha del presidente Sebastián Piñera para atenuar este problema, que ha estimulado muchas protestas callejeras ruidosas, contribuyó a desprestigiarlo, lo que facilitó el retorno de la centroizquierda liderada por Bachelet, pero no hay ninguna garantía de que logre manejarlo mejor. Por cierto, en este ámbito la experiencia ajena dista de ser alentadora, ya que en casi todos los países desarrollados la educación está en crisis debido a las dimensiones de la brecha que separa las demandas, que por lo común parecen razonables, de lo que es posible asegurar. Gobernado por progresistas y, últimamente, por conservadores, Chile ha avanzado más que los demás países latinoamericanos, pero, como en el resto del mundo, el progreso socioeconómico se asemeja a una carrera sin fin; la prosperidad del conjunto, y los cambios que resultan precisos para afianzarla, siempre crea nuevos problemas. Puede que sea imposible reconciliar competitividad y equidad, pero los políticos tienen que hacer pensar que están en condiciones de lograrlo. En la empresa así supuesta, Bachelet ha sido muy exitosa. En vísperas de la primera vuelta electoral, creyó que le sería dado triunfar por un margen lo bastante amplio como para no verse constreñida a enfrentar una segunda. Aunque sigue llevando todas las de ganar, los votantes acaban de enviarle una advertencia a la que le convendría prestar atención: a juzgar por lo que han hecho a partir del comienzo de la recuperación de la democracia en 1990, los chilenos son mucho más realistas que la mayoría de sus vecinos, y por lo tanto serán más reacios que ellos a creer por mucho tiempo en las promesas voluntaristas que todos los políticos en campaña suelen formular.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 19 de noviembre de 2013


Aunque todo hace prever que el 15 de diciembre Michelle Bachelet gane con comodidad la segunda vuelta electoral para regresar a la presidencia chilena luego de cuatro años de ausencia, debería preocuparle el que no haya logrado ahorrarse el trámite arrasando en la primera, que se celebró el domingo. Con menos del 47% del total de sufragios del 55% del padrón que se dio el trabajo de votar, dista de contar con el apoyo masivo que le hubiera permitido anotarse el triunfo plebiscitario al que había aspirado. Asimismo, si bien su rival, la conservadora Evelyn Matthei –una candidata de emergencia ya que tuvieron que borrarse tres presuntos pesos pesados del oficialismo actual–, apenas arañó el 25% de los votos, pudo festejarlo porque fue llamativamente mejor que lo previsto por los sondeos. Parecería, pues, que una proporción sustancial del electorado chileno desconfía de las promesas de Bachelet de impulsar cambios sociales profundos para que todos participen de la prosperidad relativa que ha alcanzado su país. El escepticismo que tantos sienten puede justificarse. La sociedad chilena es más inequitativa que la de cualquier otro miembro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), el club exclusivo de los países de ingresos altos, pero cambiar esta situación nada deseable no sería tan sencillo como Bachelet y otros políticos suelen dar a entender. Si fuera posible hacerlo por decreto, todas las democracias se destacarían por la igualdad económica. Sin embargo, sucede que hasta en los países más homogéneos, como los escandinavos, el Japón y Corea del Sur, propenden a ampliarse las diferencias, mientras que en los caracterizados por la diversidad, los resultados brindados por programas costosos destinados a reducirlas han sido muy decepcionantes. Para hacer aún más difícil el trabajo de los ingenieros sociales, la expansión rápida de la llamada economía del conocimiento, que se basa en el aprovechamiento de los avances tecnológicos, está provocando la virtual marginación laboral de quienes carecen de la preparación exigida. Bachelet y otros dirigentes chilenos son conscientes de esta realidad, de ahí su compromiso con reformas educativas que, dicen, servirán para que todos tengan acceso a una “educación de calidad” gratuita, lo que reemplazaría el sistema pago actual que tantas protestas ha motivado entre estudiantes que, como sus homólogos en Estados Unidos y algunos países europeos, tienen que endeudarse hasta el cuello para conseguir diplomas universitarios que a menudo les resultan inútiles. La incapacidad del gobierno de centroderecha del presidente Sebastián Piñera para atenuar este problema, que ha estimulado muchas protestas callejeras ruidosas, contribuyó a desprestigiarlo, lo que facilitó el retorno de la centroizquierda liderada por Bachelet, pero no hay ninguna garantía de que logre manejarlo mejor. Por cierto, en este ámbito la experiencia ajena dista de ser alentadora, ya que en casi todos los países desarrollados la educación está en crisis debido a las dimensiones de la brecha que separa las demandas, que por lo común parecen razonables, de lo que es posible asegurar. Gobernado por progresistas y, últimamente, por conservadores, Chile ha avanzado más que los demás países latinoamericanos, pero, como en el resto del mundo, el progreso socioeconómico se asemeja a una carrera sin fin; la prosperidad del conjunto, y los cambios que resultan precisos para afianzarla, siempre crea nuevos problemas. Puede que sea imposible reconciliar competitividad y equidad, pero los políticos tienen que hacer pensar que están en condiciones de lograrlo. En la empresa así supuesta, Bachelet ha sido muy exitosa. En vísperas de la primera vuelta electoral, creyó que le sería dado triunfar por un margen lo bastante amplio como para no verse constreñida a enfrentar una segunda. Aunque sigue llevando todas las de ganar, los votantes acaban de enviarle una advertencia a la que le convendría prestar atención: a juzgar por lo que han hecho a partir del comienzo de la recuperación de la democracia en 1990, los chilenos son mucho más realistas que la mayoría de sus vecinos, y por lo tanto serán más reacios que ellos a creer por mucho tiempo en las promesas voluntaristas que todos los políticos en campaña suelen formular.

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