Miedo

Redacción

Por Redacción

Las cajas llevaban tantos años amontonadas que Isidoro Reyes ni sabía qué contenían. Al revisarlas encontró fotos familiares. Se pasó horas reconstruyendo los hechos. Hasta que vio un texto manuscrito con tinta negra. Era una carta de su abuelo francés, que de niño llegó a Buenos Aires escapando de la turbulenta Europa. Reyes no lo había conocido. Apenas sabía sobre él, porque en los relatos domésticos su presencia era sombría. ……………………. Hija mía, llevo semanas sin escribirte. Debo decir que no fueron días buenos. Hay noches en las que no puedo dormir, tengo mucho miedo. Siento que alguien está por atraparme por la espalda. O que unas manos por debajo de la cama me agarrarán los pies. Que alguien entrará de repente a casa. Cada vez que escucho un ruido me asusto. A veces es un perro, otras son los gatos que corren por los techos. O el viento. Si no sé qué es, me paso un rato buscando una explicación. Cuando pretendo ignorarlo sigo intranquilo. Hay otra cosa que tampoco te conté. Uno de mis sueños recurrentes es un robo. Siempre es una situación muy violenta en casa, y estoy con mis dos hermanos. En el que más recuerdo, nos enfrentábamos a unos ladrones. Todo el miedo que me generaban era proporcional a la violencia que desatábamos sobre ellos: a uno literalmente le arrancábamos la cabeza. El piso se llenaba de sangre: el cuerpo por un lado y la cabeza por otro. Metíamos a los malandros en el auto que habían llegado. ¿Qué nos querían sacar? No lo sé, no había nada material. Lo seguro es que me robaban una paz que siempre perseguí. Al recordar estos sueños, siento miedo en el pecho. La intranquilidad me atraviesa. Me dan ganas de llorar. Veo a la muerte cerca, como si estuviera a un centímetro, por capturarme. Tengo miedo a sentir mucho dolor. Un dolor que me adormecería el cuerpo hasta desmayarme. Y no quiero. Es un sufrimiento ancestral. Una condena. Estar abandonado en un pozo sórdido, oscuro, sin que nadie me hable, con hambre. No es imaginación, lo siento como si sucediera. Hace rato que trabajo para superarlo. Leo libros y consulto muchos médicos. Así, noté que todo esto no me sucedió las veces que anduve de viaje. Un médico me dijo que mi amenaza onírica es la enfermedad que se quiere robar a mi esposa, es decir, a tu mamá. Quién sabe. Bueno, confío en que sabrás comprender mi reserva. No es fácil, pero estoy mejor. Te abraza y te quiere, Tu papá ………… A Reyes se le humedecieron los ojos. Empezó a caminar por la casa. Pensó en cómo se habrá sentido su madre al leer la carta. Recordó las veces que la descubrió llorando sola en la cocina. Se preguntó si ella habría hablado con alguien sobre el tema. No entendía la escasa información acerca de su abuelo. El gato apareció en el living, quería comer. Lo ignoró, volvió a la habitación y se acostó, mirando al techo, blanco.

Juan Ignacio Pereyra


Las cajas llevaban tantos años amontonadas que Isidoro Reyes ni sabía qué contenían. Al revisarlas encontró fotos familiares. Se pasó horas reconstruyendo los hechos. Hasta que vio un texto manuscrito con tinta negra. Era una carta de su abuelo francés, que de niño llegó a Buenos Aires escapando de la turbulenta Europa. Reyes no lo había conocido. Apenas sabía sobre él, porque en los relatos domésticos su presencia era sombría. …...................... Hija mía, llevo semanas sin escribirte. Debo decir que no fueron días buenos. Hay noches en las que no puedo dormir, tengo mucho miedo. Siento que alguien está por atraparme por la espalda. O que unas manos por debajo de la cama me agarrarán los pies. Que alguien entrará de repente a casa. Cada vez que escucho un ruido me asusto. A veces es un perro, otras son los gatos que corren por los techos. O el viento. Si no sé qué es, me paso un rato buscando una explicación. Cuando pretendo ignorarlo sigo intranquilo. Hay otra cosa que tampoco te conté. Uno de mis sueños recurrentes es un robo. Siempre es una situación muy violenta en casa, y estoy con mis dos hermanos. En el que más recuerdo, nos enfrentábamos a unos ladrones. Todo el miedo que me generaban era proporcional a la violencia que desatábamos sobre ellos: a uno literalmente le arrancábamos la cabeza. El piso se llenaba de sangre: el cuerpo por un lado y la cabeza por otro. Metíamos a los malandros en el auto que habían llegado. ¿Qué nos querían sacar? No lo sé, no había nada material. Lo seguro es que me robaban una paz que siempre perseguí. Al recordar estos sueños, siento miedo en el pecho. La intranquilidad me atraviesa. Me dan ganas de llorar. Veo a la muerte cerca, como si estuviera a un centímetro, por capturarme. Tengo miedo a sentir mucho dolor. Un dolor que me adormecería el cuerpo hasta desmayarme. Y no quiero. Es un sufrimiento ancestral. Una condena. Estar abandonado en un pozo sórdido, oscuro, sin que nadie me hable, con hambre. No es imaginación, lo siento como si sucediera. Hace rato que trabajo para superarlo. Leo libros y consulto muchos médicos. Así, noté que todo esto no me sucedió las veces que anduve de viaje. Un médico me dijo que mi amenaza onírica es la enfermedad que se quiere robar a mi esposa, es decir, a tu mamá. Quién sabe. Bueno, confío en que sabrás comprender mi reserva. No es fácil, pero estoy mejor. Te abraza y te quiere, Tu papá …......... A Reyes se le humedecieron los ojos. Empezó a caminar por la casa. Pensó en cómo se habrá sentido su madre al leer la carta. Recordó las veces que la descubrió llorando sola en la cocina. Se preguntó si ella habría hablado con alguien sobre el tema. No entendía la escasa información acerca de su abuelo. El gato apareció en el living, quería comer. Lo ignoró, volvió a la habitación y se acostó, mirando al techo, blanco.

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