Militantes contra Macri
Como suele ser el caso en el tenebroso mundillo político nacional, hay más sospechas que certezas, pero pocos dudan de que la huelga que por diez días paralizó el subte porteño, y que podría reanudarse en cualquier momento, tuvo mucho que ver con la voluntad de los kirchneristas de poner fin lo antes posible a las aspiraciones presidenciales de Mauricio Macri. Según el jefe del gobierno porteño, los llamados “metrodelegados” que protagonizaron el paro más largo de la historia del sistema recibieron instrucciones desde la Casa Rosada. Se trata de una acusación que en otras circunstancias sería considerada ridícula, ya que costaría creer que funcionarios del gobierno nacional estuvieran dispuestos a provocar el caos en el transporte de lo que es, por un margen muy amplio, la ciudad más importante del país, pero que, por desgracia, en las actuales no motiva sorpresa alguna, puesto que a esta altura nadie ignora que los militantes son plenamente capaces de obrar de tal modo. Sucede que, para el oficialismo, la política, en un sentido decididamente rudimentario de la palabra, es forzosamente prioritaria: los integrantes del gobierno y de las fracciones organizadas que le son afines aprovechan su poder para beneficiar a sus aliados y perjudicar a quienes figuran en su lista cada vez más extensa de adversarios. De éstos, Macri ocupa un lugar destacado, de ahí los conflictos que día tras día surgen en torno a la responsabilidad por el manejo y el financiamiento del subte, además de la seguridad en las estaciones, los hospitales y reparticiones públicas. Para más señas, los kirchneristas se han propuesto asestar un golpe acaso mortal al Banco Ciudad de Buenos Aires privándolo de fondos, de tal modo debilitándolo y, desde luego, fortaleciendo a la tristemente célebre “caja” del gobierno nacional. De más está decir que, de haber triunfado el candidato oficialista en las elecciones porteñas del año pasado, la actitud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus operadores frente a la ciudad autónoma sería radicalmente distinta, ya que Daniel Filmus, a diferencia del gobernador bonaerense Daniel Scioli, siempre ha entendido muy bien que no le convendría en absoluto brindar la impresión de estar pensando más en su propio futuro que en el del “proyecto” kirchnerista. Si bien sería poco realista atribuir todos los muchos problemas de la Capital federal a la hostilidad patente del gobierno nacional, no lo es suponer que los funcionarios oficialistas, acompañados por una multitud de militantes que ocupan espacios en gremios y otras organizaciones, están detrás de una proporción significante de ellos y que trabajan afanosamente para agravarlos. Así y todo, hasta ahora parecería que la estrategia kirchnerista no ha arrojado todos los resultados deseados. Aunque Macri se ha visto perjudicado por la campaña de hostigamiento brutal de la que es blanco, los porteños entienden que les ha tocado ser rehenes de un conflicto entre la presidenta y sus partidarios por un lado y, por el otro, los simpatizantes de un hombre que, lo mismo que Scioli, aspira a mudarse a la Casa Rosada. Si Macri logra convencer no sólo a los porteños sino a muchos otros de que las deficiencias de su gestión se deben en buena medida a la hostilidad indisimulada de una multitud de militantes kirchneristas, podría salir airoso de la prueba que está enfrentando. Conforme a ciertas encuestas de opinión, ha bajado mucho a partir de las elecciones de octubre pasado el nivel de aprobación del que disfrutaba Cristina, mientras que la caída de aquél de Macri –y el de Scioli– ha sido llamativamente menor. A menos que se modifiquen mucho en los meses próximos las tendencias así reflejadas, la estrategia de “ir por todo”, sin preocuparse por las consecuencias, que ha adoptado el gobierno nacional resultará contraproducente porque beneficiaría más a rivales declarados, como Macri, o en potencia, como Scioli, dos personajes de perfil ideológico muy similar que, siempre y cuando los comprometidos con Cristina no consigan hundirlos definitivamente, llevando a cabo una reforma constitucional que le permitiera permanecer en la Casa Rosada después de diciembre de 2015, parecen destinados a desempeñar papeles protagónicos en la etapa pos-kirchnerista que se iniciaría antes de dicha fecha.
Como suele ser el caso en el tenebroso mundillo político nacional, hay más sospechas que certezas, pero pocos dudan de que la huelga que por diez días paralizó el subte porteño, y que podría reanudarse en cualquier momento, tuvo mucho que ver con la voluntad de los kirchneristas de poner fin lo antes posible a las aspiraciones presidenciales de Mauricio Macri. Según el jefe del gobierno porteño, los llamados “metrodelegados” que protagonizaron el paro más largo de la historia del sistema recibieron instrucciones desde la Casa Rosada. Se trata de una acusación que en otras circunstancias sería considerada ridícula, ya que costaría creer que funcionarios del gobierno nacional estuvieran dispuestos a provocar el caos en el transporte de lo que es, por un margen muy amplio, la ciudad más importante del país, pero que, por desgracia, en las actuales no motiva sorpresa alguna, puesto que a esta altura nadie ignora que los militantes son plenamente capaces de obrar de tal modo. Sucede que, para el oficialismo, la política, en un sentido decididamente rudimentario de la palabra, es forzosamente prioritaria: los integrantes del gobierno y de las fracciones organizadas que le son afines aprovechan su poder para beneficiar a sus aliados y perjudicar a quienes figuran en su lista cada vez más extensa de adversarios. De éstos, Macri ocupa un lugar destacado, de ahí los conflictos que día tras día surgen en torno a la responsabilidad por el manejo y el financiamiento del subte, además de la seguridad en las estaciones, los hospitales y reparticiones públicas. Para más señas, los kirchneristas se han propuesto asestar un golpe acaso mortal al Banco Ciudad de Buenos Aires privándolo de fondos, de tal modo debilitándolo y, desde luego, fortaleciendo a la tristemente célebre “caja” del gobierno nacional. De más está decir que, de haber triunfado el candidato oficialista en las elecciones porteñas del año pasado, la actitud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus operadores frente a la ciudad autónoma sería radicalmente distinta, ya que Daniel Filmus, a diferencia del gobernador bonaerense Daniel Scioli, siempre ha entendido muy bien que no le convendría en absoluto brindar la impresión de estar pensando más en su propio futuro que en el del “proyecto” kirchnerista. Si bien sería poco realista atribuir todos los muchos problemas de la Capital federal a la hostilidad patente del gobierno nacional, no lo es suponer que los funcionarios oficialistas, acompañados por una multitud de militantes que ocupan espacios en gremios y otras organizaciones, están detrás de una proporción significante de ellos y que trabajan afanosamente para agravarlos. Así y todo, hasta ahora parecería que la estrategia kirchnerista no ha arrojado todos los resultados deseados. Aunque Macri se ha visto perjudicado por la campaña de hostigamiento brutal de la que es blanco, los porteños entienden que les ha tocado ser rehenes de un conflicto entre la presidenta y sus partidarios por un lado y, por el otro, los simpatizantes de un hombre que, lo mismo que Scioli, aspira a mudarse a la Casa Rosada. Si Macri logra convencer no sólo a los porteños sino a muchos otros de que las deficiencias de su gestión se deben en buena medida a la hostilidad indisimulada de una multitud de militantes kirchneristas, podría salir airoso de la prueba que está enfrentando. Conforme a ciertas encuestas de opinión, ha bajado mucho a partir de las elecciones de octubre pasado el nivel de aprobación del que disfrutaba Cristina, mientras que la caída de aquél de Macri –y el de Scioli– ha sido llamativamente menor. A menos que se modifiquen mucho en los meses próximos las tendencias así reflejadas, la estrategia de “ir por todo”, sin preocuparse por las consecuencias, que ha adoptado el gobierno nacional resultará contraproducente porque beneficiaría más a rivales declarados, como Macri, o en potencia, como Scioli, dos personajes de perfil ideológico muy similar que, siempre y cuando los comprometidos con Cristina no consigan hundirlos definitivamente, llevando a cabo una reforma constitucional que le permitiera permanecer en la Casa Rosada después de diciembre de 2015, parecen destinados a desempeñar papeles protagónicos en la etapa pos-kirchnerista que se iniciaría antes de dicha fecha.
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