Miopía estructural

A juzgar por lo que dicen en público, todos los candidatos presidenciales significantes parecen convencidos de que los problemas frente al país se prestarán a soluciones sencillas. No sólo Daniel Scioli, sino también Mauricio Macri, Sergio Massa, José Manuel de la Sota y hasta Margarita Stolbizer, además de Eduardo Sanz y Elisa Carrió, dicen sentirse plenamente capaces de corregir las distorsiones, si es que las hay, sin incomodar a la mayoría. Tienen que hablar así porque saben que aludir a cosas feas como ajustes les constaría muchos votos. Lo mismo que en muchas otras democracias, aquí los políticos más ambiciosos entienden muy bien que lo que buena parte del electorado quiere oír es un mensaje de esperanza, no una serie de advertencias truculentas sobre lo que podría suceder a menos que la sociedad en su conjunto reaccione a tiempo para ahorrarse muchas desgracias. Lo de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” puede sonar bien cuando un país se encuentra en una situación límite y no hay muchos motivos para el optimismo, pero en circunstancias menos terribles será tomado por una manifestación imperdonable de derrotismo. En la actualidad, los dirigentes de virtualmente todas las sociedades, tanto las democráticas como las autoritarias, suelen ser llamativamente miopes. Lo son porque dan por descontado que en última instancia el futuro de casi todos depende del grado de confianza que logren generar. Aun cuando los líderes del régimen chino entendían que tarde o temprano estallaría la gigantesca burbuja bursátil que crecía a un ritmo frenético en los grandes centros financieros, prefirieron no hacer nada hasta que, como fue de prever, se desinfló de golpe. Asimismo, una serie de gobiernos griegos continuaba acumulando deudas impagables, mientras que sus socios europeos les entregaban más dinero, produciendo de tal modo el desaguisado fenomenal que amenaza con poner fin al proyecto europeo. En otros ámbitos han sido igualmente negativas las consecuencias de la resistencia, al parecer, estructural de los distintos gobiernos a tomar medidas preventivas cuando hacerlo les hubiera sido relativamente fácil. Los europeos permitieron que la crisis ocasionada por el ingreso caótico de multitudes de refugiados políticos o económicos alcanzara dimensiones inmanejables antes de resignarse a que realmente tendrían que intentar hacer algo más que rasgarse las vestiduras. En el Oriente Medio y África del Norte, las potencias occidentales han permitido que el llamado Estado Islámico se transformara en una amenaza estratégica que ya ha comenzado a perpetrar atentados en Europa. Puede que en algunos casos no ocurra lo que es legítimo pronosticar, pero la sensación de que el mundo se encuentra a la deriva sin que nadie se haga cargo se ha intensificado tanto últimamente que incide en lo que está sucediendo de manera muy negativa. ¿A qué se debe? Tal vez a la pérdida de confianza en valores antes consensuados que se ha hecho notoria en las principales naciones occidentales, comenzando con Estados Unidos. Al abandonar, por razones supuestamente idealistas, el papel de “gendarme internacional” que habían desempeñado a partir de la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos dejaron atrás un vacío de poder en el Oriente Medio que diversas agrupaciones de islamistas están procurando llenar, lo que ha dado pie a conflictos cuyas repercusiones se han hecho sentir en docenas de países, desde China, donde el régimen está tratando de reprimir a los uigures musulmanes, hasta Nigeria, donde pocos días transcurren sin que Boko Haram cometa más crímenes de lesa humanidad. También han tenido un impacto fuerte los cambios demográficos que, entre otras cosas, en Europa han socavado los sistemas jubilatorios propios del Estado benefactor, obligando a los gobiernos a intentar eliminar o, por lo menos, cercenar muchos derechos que fueron adquiridos cuando las circunstancias eran muy distintas de las actuales, justo cuando una serie de revoluciones tecnológicas ampliaba la brecha entre ricos y pobres en los países más desarrollados. No extraña, pues, que en Europa y, si bien de forma atenuada, en Estados Unidos se haya propagado la sensación de que una época está aproximándose a su fin y que otra, una decididamente menos tranquila, está en vías de configurarse.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 14 de julio de 2015


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