Moreno no se ha ido

Redacción

Por Redacción

Guillermo Moreno ya no está a cargo de la economía nacional, pero parecería que, los modales de los funcionarios aparte, nada ha cambiado. Asustado por la pérdida rápida de reservas, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sigue esforzándose por obstaculizar la entrada de bienes extranjeros sin discriminar entre los que podrían considerarse superfluos en una emergencia como la que el país está viviendo y aquellos que son claramente imprescindibles. El sucesor de Moreno, el camporista Augusto Costa, se ha propuesto reducir en un 20% las importaciones de insumos, como si fuese posible hacerlo sin asestar un golpe muy fuerte a la producción local. Escasean las fábricas que, para producir, no necesitan importar por lo menos algunas partes. En una época en que ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede darse el lujo de depender por completo de los insumos locales, carece de sentido la estrategia autárquica elegida por kirchneristas que, cuando eran mucho más jóvenes, se dejaron impresionar por los escritos de polemistas indignados por lo que había sucedido en el país a mediados del siglo XIX. Mal que les pese a los nacionalistas más rudimentarios, para exportar algo más que productos agrícolas y materias primas es necesario importar. Es en buena medida debido a su negativa a entenderlo que el “modelo” reivindicado con tanto fervor por Cristina y los ideólogos improvisados que la rodean se asemeja cada vez más al atribuido a sus archienemigos oligárquicos: es esencialmente agroexportador. Los intentos furiosos de Moreno, que se limitaba a obedecer las órdenes de su jefa, por impulsar la industria nacional separándola de la internacional resultaron ser contraproducentes no porque se comportaba como un matón vulgar sino porque se inspiraba en ideas anacrónicas. Así las cosas, si bien el reemplazo del personaje por Costa ha servido para mejorar un poco la estética gubernamental, hasta ahora no ha tenido un impacto perceptible en el manejo de la economía. Los empresarios ya saben que las dificultades que enfrentan no fueron ocasionadas por la conducta a menudo estrafalaria de Moreno sino por la adhesión de Cristina, y por lo tanto de sus subordinados serviles, a un ideario primitivo, del tipo que merecía la aprobación de los asistentes a ciertas asambleas estudiantiles medio siglo atrás. Es natural, pues, que estén mucho más interesados en minimizar sus pérdidas que en correr riesgos inútiles invirtiendo. Como señaló hace poco el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, “en este clima de incertidumbre, nadie va a poner un sope para invertir”. No es el único que piensa así. El gobierno también está resuelto a continuar despilfarrando el dinero que imprime en cantidades crecientes con la esperanza, con toda seguridad vana, de demorar por un par de años más la catástrofe que se las ha arreglado para preparar. Sin inversiones significantes, el país se ha condenado a vivir del capital ya acumulado. Está consumiéndose a sí mismo. La situación así provocada podría prolongarse por mucho tiempo si la ciudadanía se resignara a verse privada de un estándar de vida digno pero, huelga decirlo, no existen motivos para creer que esté dispuesta a tolerar con estoicismo lo que le aguarda. Aun cuando la mayoría entendiera que sus penurias se debieron a una gran crisis internacional, como a juicio de muchos ha sido el caso en el sur de Europa, sectores que están habituados a movilizarse reaccionarían del modo tradicional en defensa de sus propios intereses, pero tal y como están las cosas el gobierno no podría convencer a nadie de que “el mundo” se nos ha caído encima. La responsabilidad exclusiva de lo que ya ha ocurrido y de lo que ocurrirá en los meses y años venideros es del kirchnerismo, este movimiento rencoroso que se aglutinó en torno a un matrimonio santacruceño de actitudes extremadamente conservadoras que supo disfrazarse de “progresista”. En las semanas prenavideñas de motines policiales, saqueos, cortes de luz y protestas callejeras con las que el país despide el 2013, se ha difundido la sensación de que, una vez más, el pueblo fue defraudado por un gobierno demagógico en el que había confiado pero, claro está, pocos reconocerán que ellos mismos han aportado con su voto a un desastre que ya está perjudicando a casi todos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 27 de diciembre de 2013


Guillermo Moreno ya no está a cargo de la economía nacional, pero parecería que, los modales de los funcionarios aparte, nada ha cambiado. Asustado por la pérdida rápida de reservas, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sigue esforzándose por obstaculizar la entrada de bienes extranjeros sin discriminar entre los que podrían considerarse superfluos en una emergencia como la que el país está viviendo y aquellos que son claramente imprescindibles. El sucesor de Moreno, el camporista Augusto Costa, se ha propuesto reducir en un 20% las importaciones de insumos, como si fuese posible hacerlo sin asestar un golpe muy fuerte a la producción local. Escasean las fábricas que, para producir, no necesitan importar por lo menos algunas partes. En una época en que ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede darse el lujo de depender por completo de los insumos locales, carece de sentido la estrategia autárquica elegida por kirchneristas que, cuando eran mucho más jóvenes, se dejaron impresionar por los escritos de polemistas indignados por lo que había sucedido en el país a mediados del siglo XIX. Mal que les pese a los nacionalistas más rudimentarios, para exportar algo más que productos agrícolas y materias primas es necesario importar. Es en buena medida debido a su negativa a entenderlo que el “modelo” reivindicado con tanto fervor por Cristina y los ideólogos improvisados que la rodean se asemeja cada vez más al atribuido a sus archienemigos oligárquicos: es esencialmente agroexportador. Los intentos furiosos de Moreno, que se limitaba a obedecer las órdenes de su jefa, por impulsar la industria nacional separándola de la internacional resultaron ser contraproducentes no porque se comportaba como un matón vulgar sino porque se inspiraba en ideas anacrónicas. Así las cosas, si bien el reemplazo del personaje por Costa ha servido para mejorar un poco la estética gubernamental, hasta ahora no ha tenido un impacto perceptible en el manejo de la economía. Los empresarios ya saben que las dificultades que enfrentan no fueron ocasionadas por la conducta a menudo estrafalaria de Moreno sino por la adhesión de Cristina, y por lo tanto de sus subordinados serviles, a un ideario primitivo, del tipo que merecía la aprobación de los asistentes a ciertas asambleas estudiantiles medio siglo atrás. Es natural, pues, que estén mucho más interesados en minimizar sus pérdidas que en correr riesgos inútiles invirtiendo. Como señaló hace poco el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, “en este clima de incertidumbre, nadie va a poner un sope para invertir”. No es el único que piensa así. El gobierno también está resuelto a continuar despilfarrando el dinero que imprime en cantidades crecientes con la esperanza, con toda seguridad vana, de demorar por un par de años más la catástrofe que se las ha arreglado para preparar. Sin inversiones significantes, el país se ha condenado a vivir del capital ya acumulado. Está consumiéndose a sí mismo. La situación así provocada podría prolongarse por mucho tiempo si la ciudadanía se resignara a verse privada de un estándar de vida digno pero, huelga decirlo, no existen motivos para creer que esté dispuesta a tolerar con estoicismo lo que le aguarda. Aun cuando la mayoría entendiera que sus penurias se debieron a una gran crisis internacional, como a juicio de muchos ha sido el caso en el sur de Europa, sectores que están habituados a movilizarse reaccionarían del modo tradicional en defensa de sus propios intereses, pero tal y como están las cosas el gobierno no podría convencer a nadie de que “el mundo” se nos ha caído encima. La responsabilidad exclusiva de lo que ya ha ocurrido y de lo que ocurrirá en los meses y años venideros es del kirchnerismo, este movimiento rencoroso que se aglutinó en torno a un matrimonio santacruceño de actitudes extremadamente conservadoras que supo disfrazarse de “progresista”. En las semanas prenavideñas de motines policiales, saqueos, cortes de luz y protestas callejeras con las que el país despide el 2013, se ha difundido la sensación de que, una vez más, el pueblo fue defraudado por un gobierno demagógico en el que había confiado pero, claro está, pocos reconocerán que ellos mismos han aportado con su voto a un desastre que ya está perjudicando a casi todos.

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