Morir en la Argentina

El suicidio de Favaloro debería tomarse por una advertencia terrible sobre lo que sucede en el país.

Por Redacción

En circunstancias «normales», sería con toda seguridad un despropósito atribuir al estado del país el suicidio de un hombre eminente de 77 años, jefe de una fundación cuyas deudas alcanzaban los 50 millones de pesos, que, para colmo, poseía un revólver y por lo tanto podría matarse en cualquier momento pasajero de frustración. Sin embargo, al difundirse la noticia de la muerte por voluntad propia del cardiocirujano René Favaloro, muchos, entre ellos sus familiares y el vocero de la fundación que lleva su nombre, dieron por descontado que en el fondo su decisión se debió a la angustia que le provocaba la sensación de que todo lo mucho que había construido en una larga vida rica en realizaciones se desmoronaba no a causa de sus propios errores o de la mala suerte, sino porque la Argentina, su país, ya no estaba en condiciones de sostenerlo.

Dicho de otro modo, a juicio de quienes lo conocían, Favaloro se sentía un representante cabal de la Argentina que no pudo ser, de un país que ofrecería a hombres de talento vigorosos y decentes como él las oportunidades que les permitirían edificar una obra monumental que sería comparable con las creadas por sus equivalentes de otras latitudes. Es que, a pesar de todos los muchos reveses que experimentó aquella Argentina en los casi ochenta años que vivió el médico, sólo ahora está propagándose la idea peligrosísima de que tal vez sea inalcanzable, que sea casi seguro que el porvenir será aún más gris que el presente, de suerte que como tantos argentinos de condiciones similares -científicos, escritores, académicos-, un día entendió que todo había sido en vano, que no habría forma de continuar luchando contra el ejército de corruptos, mediocres, improvisados y farsantes que había colonizado el país y que no tenía intención alguna de perder una sola parte, por pequeña que fuera, de sus «conquistas». ¿Fue así? Es probable que nunca lo sepamos, pero el que sus colaboradores y amigos, más muchos otros que comparten su convicción de que el país está rodando cuesta abajo por una pendiente, sin que haya posibilidad alguna de revertir la decadencia, hayan llegado tan rápidamente a tal conclusión, es de por sí un síntoma alarmante.

Lo es porque la actitud así supuesta es perfectamente lógica. Abundan motivos concretos para que personas como Favaloro -quien, por cierto, no fue un anciano despechado y envidioso- se sientan profundamente deprimidas por la situación actual. ¿Cuáles son las perspectivas que afrontará un científico argentino a menos que emigre lo antes posible a América del Norte o a un país de Europa occidental? Como el conflicto denigrante que se ha declarado en torno del Conicet nos está recordando, el interés de los que mandan por la investigación científica es nulo. ¿Es sensato creer que una institución como la Fundación Favaloro podría tener un lugar en el país que está configurándose? Claro que no. Además, no sólo es cuestión de la tradicional indiferencia hacia las ciencias duras que durante siglos fue típica del mundo hispanohablante. También lo es de un repliegue intelectual generalizado frente a los mediocres que está incidiendo de manera desastrosa en casi todos los ámbitos de la vida nacional, en la cultura, en la política, en la economía.

Para muchos, pues, este suicidio debería tomarse como una advertencia terrible sobre lo que está sucediendo en nuestro país. Según ellos, el cardiocirujano, hombre que mereció el reconocimiento de sus pares de todo el mundo civilizado, encarnó a su manera las esperanzas de la Argentina de su juventud que más tarde serían traicionadas tanto por sus propios contemporáneos como por quienes vendrían después. Puede que se hayan equivocado, que Favaloro no haya pensado en tales términos en los minutos antes de su decisión de poner fin a su vida, pero acaso convendría aceptar su interpretación para que su muerte sirva para estimular a quienes no están dispuestos a resignarse al triunfo de los indignos sino que, por el contrario, creen que el país, en cuanto se recupere del bajón anímico en el cual está debatiéndose, continuará dando al mundo mucho más que buenos futbolistas.