¡Mujeres, sentadas!



en clave de y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Hay veces que obstinarse en permanecer sentadas, hace poner de pie los derechos. Separadas por más de cinco décadas y desiguales nacionalidades y, sin embargo, unidas en la lucha por la misma dignidad, Rosa Louise McCauley y Tanya Ronseblit se negaron a dejar sus asientos en el transporte público. Por orden de aparición, vayamos con Rosa. Conocida y reconocida por el apellido de su marido, el peluquero Parks –según la cultura norteamericana, el que adopta la mujer al casarse– esta modista, militante afroamericana por los derechos civiles, desafió en 1955 la ley de segregación racial que regía en el sur de los Estados Unidos. Tal ley, entre otros aspectos, obligaba a una persona de color a ceder su asiento a otra persona blanca -anglosajona, se entiende; simplificación que la historia ha consolidado para decolorar socialmente el blanco-. Ese día, Rosa, cuya relación con la Nnacp, sigla de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, ya databa de varios años, se cansó, según sus propias palabras. El colectivero llamó a la policía, y Rosa seguía sentada. Terminó en la cárcel, pero el reguero de libertad ya no se detendría. Su defensa la lideró un joven pastor bautista, militante también de los derechos civiles: Martin Luther King. Un año después, la lucha iniciada en Alabama llegó a la Corte Suprema de Justicia, que declaró la ilegalidad de la segregación racial. No puedo menos que admirar profundamente a Rosa. Ahora, y por cualquier injusticia, es difícil esgrimir un derecho en soledad, sin la protección, la fuerza que da un grupo de pertenencia. Hacerlo en 1955, en plena segregación racial, ¡una mujer! Galardonada, reconocida, Rosa falleció hace pocos años, en el 2005. Su trayectoria fue la de los derechos civiles en los Estados Unidos, ligada de por vida a la de Luther King, a las movilizaciones, a los logros y frustraciones que aún hoy persisten en esa sociedad. El año pasado, Barack Obama, entonces candidato a la reelección presidencial, se sentó en el colectivo de la historia, que es exhibido en un museo. Explicó que era un homenaje “al valor, a la tenacidad, de ese linaje de personas, que siguen siendo desconocidas, que han luchado por obtener su dignidad, su parte del sueño americano”. Quizás estos días, en que el Sr. Obama está intentando bombardear un país de millones de personas, debería meditar nuevamente en el asiento de Rosa. A Tanya Ronseblit le dicen “la Rosa Parks de Israel”. Hace dos años, Tanya iba ocupando un asiento delantero en el transporte público que une Ashod, su ciudad de residencia, con Jerusalén. Entonces subió un miembro de la comunidad ultraortodoxa judía y le exigió el asiento, siguiendo una estricta ley no escrita, según la cual las mujeres debían ocupar el fondo. Tanya se negó. El colectivero paró el micro; un grupo de integrantes de esa rama ultraortodoxa empezó a insultarla, otro a defenderla… resultado: después de instarla amablemente, la policía tuvo que habilitar el viaje, con Tanya en el asiento delantero, puesto que ya la Corte Suprema israelí había declarado ilegal la segregación de sexos. Tanya compartió en su Facebook que ella era ciudadana judía laica, que le dolió que la llamaran “shikse”, mujer no judía; que creía en la democracia israelí y ejercía un derecho. La polémica se extendió por internet, y llegó a los grandes medios; el primer ministro Benjamín Netanyahu respaldó a Tanya y reclamó mantener los espacios públicos para todos los ciudadanos y ciudadanas. Del colectivo de Rosa al de Tanya, han pasado 56 años. Y mi admiración se extiende a las dos: leyes y costumbres, de enorme peso, confrontadas por dos jóvenes mujeres trabajadoras.


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