Ni vivos ni tontos. Sólo hombres racionales



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rolando citarella (*)

De acuerdo a las expresiones que se escuchan a diario de boca de funcionarios nacionales, pareciera que a su criterio nuestra sociedad se dividiría entre vivos y tontos, lo cual puede tener algo de cierto, pero no en el sentido al que apuntan tales expresiones. Las más llamativas de los últimos días han sido las expresiones alrededor del dólar. “Existe una idea, una manía, una obsesión compulsiva de un sector de la Argentina de pensar en dólares” (jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina); “Hay que acostumbrarse a imaginar una Argentina en pesos y no en dólares” (titular de la bancada oficialista de la Cámara de Diputados, Agustín Rossi); “Hay que pensar en pesos” (senador Aníbal Fernández); etcétera. Pero, ¿es que estos señores no entienden cómo funciona el sistema económico? ¿No saben que, mayoritariamente por suerte, la gente actúa racionalmente? Los ciudadanos no queremos movernos con dos monedas. No es práctico ni cómodo. Quisiéramos una sola. Pero con una inflación del 25% anual, el peso claramente dejó de ser moneda, en sentido estricto. Ya no es reserva de valor. ¿Quién puede pensar razonablemente que alguien ahorraría en pesos hoy en Argentina? Y si lo hace, muy tarde descubrirá que sus horas de trabajo ahorradas, al cabo de un año, serán muchas menos. Ni vivos que quieran enriquecerse a costa de otros ni tontos que quieran empobrecerse. Simplemente gente que actúa racionalmente: si puede ahorrar algo, lo más lógico es que quiera hacerlo, en primer lugar, en algo que incremente su valor; a lo sumo, que sólo lo mantenga. Pero jamás en algo que se deprecia constantemente, como los actuales pesos argentinos. Otra de las cuestiones, esta sí más exigible, es el plan (no escrito) del “1 a 1”, que obliga a los que importan bienes a que exporten por el mismo importe. Esto ha llevado a que, algunos importadores de productos electrónicos, por ejemplo, hayan tenido que ponerse a exportar granos, arroz, vino, aceite, etcétera. Es decir: gente que no conoce la actividad ni el producto se tiene que poner a exportar, en reemplazo de gente que sí tiene el conocimiento y que hubiera realizado igualmente la exportación. Esto es ineficiencia pura y, como tal, cuesta plata. La plata que tiene que pagarle el exportador improvisado al exportador avezado para que éste le ceda la actividad. Ese mayor costo significa un mayor ingreso para estos últimos y un menor poder adquisitivo para los consumidores, que deberán pagar más por los productos importados, que ahora se han encarecido por ese costo extra. ¿Cuál es el sentido de esto? ¿Dónde está el beneficio? ¿Se creó riqueza? No. ¿Se logró un mayor ingreso de divisas? No. ¿Y entonces? Finalmente, en un reciente discurso, la presidente Cristina Kirchner, dirigiéndose a importadores (a los que llamó “algunos que solamente vivieron importando cosas”, como si fuese un pecado ejercer el comercio), les sugirió (por ahora no les ordenó) “…que se transformen y que inviertan, para que esas cosas puedan hacerse en el país y generen trabajo para los argentinos”. ¿Pero cómo es esto? ¿Se les está diciendo que dejen su actividad comercial, de comprar (importar) y vender, para transformarse en empresarios industriales? ¿Que un importador de autos se transforme en fabricante de autos o que un importador de televisores se tenga que poner a fabricarlos? Pero, ¿qué tiene que ver alguien que vende TV con un fabricante de TV? Más o menos lo mismo que tiene que ver un almacenero que vende leche con un productor lechero, ¿no? Por otra parte, si el producto no se está fabricando en el país, lo más probable es que sea porque no es negocio (no dan los costos) o porque no se dispone de la tecnología para hacerlo. Y en el mejor de los casos, si se dieran favorablemente esas condiciones, lo más probable es que no fuesen los importadores los que se dedicaran a fabricar, ya que pueden ser buenos en el comercio pero quizás no en la producción. Nuevamente, ni vivos que estén importando para aprovecharse de los tontos ni tontos que se pongan a hacer lo que no saben (fabricar), y menos aun cuando los números no cierran. Todas estas cuestiones, en cualquier lugar del mundo capitalista, las resuelven los hombres por sí solos. No necesitan de ningún burócrata que les diga qué tienen que hacer. Y menos aun si las indicaciones provienen de personas que nunca han invertido y arriesgado un peso. Su ingreso, invariablemente, proviene de un cobro seguro a fin de mes, hayan hecho mal o bien las cosas. (*) Economista


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