Nisman está muerto porque lo dejaron solo



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La oscura muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida hace más de un mes, ha generado en los argentinos un recalentamiento y una aceleración inesperada en el corazón que los llevó, en muchos casos, a ganar las calles del país en una jornada lluviosa. Desde lo ocurrido, los ciudadanos bien nacidos acrecientan su congoja y su tristeza y los abruma la perplejidad por lo sucedido. El miedo envuelve y torsiona sus mentes; se sienten desprotegidos, a la intemperie y sin recursos, ante lo peor que pueda avecinarse.

Saben que el Estado permanece ausente y no cumplirá su principal consigna: la obligación de velar por la protección de los derechos ciudadanos asegurando, así, el interés general. Advierten que el Estado de derecho está suspendido y que conocer la verdad de lo sucedido y el porqué es casi una entelequia imposible de lograr.

Las instituciones “están pintadas” y la Argentina va camino de transformarse en un “montón” de personas agolpadas en un territorio que no podrá considerarse una verdadera nación. La República ha dejado de existir. A falta de leyes que protejan, el “sálvese quien pueda” se ha instalado como la salida más apropiada ante la urgencia.

La estructura del Estado existe pero pertenece a otros, a quienes detentan el poder para su propio beneficio. Se ha transformado en una herramienta para satisfacer intereses particulares. Son los intereses de aquellos que han logrado una metástasis en todos los rincones del cuerpo del país que exuda una pestilencia nacida en la corrupción impune que alienta el gobierno y ejecutan sus operadores. Son la hydra que a través de sus tentáculos depreda el tejido social, margina y excluye, de ser necesario, hasta la muerte física de todos aquellos que por no pensar igual son considerados los enemigos de la “causa del pueblo”.

Alberto Nisman fue un fiscal extraordinario. Tenía claro cuál era su función en el cargo que ostentaba. Con agallas y sentido patriótico, no dudó en confrontar al poder y por ello murió. Dio su vida por la causa. Integró ese músculo intelectual de valientes que la Argentina todavía resguarda.

Desde que tuvo la causa AMIA entre sus manos, Nisman investigó hasta el tuétano de los hechos. Denunció a todos los que querían y quieren enterrar con cal viva el atentado a la mutual judía y hacer desaparecer a los responsables directos y a los encubridores del atentado terrorista más grande de la historia argentina.

El fiscal demostró coraje y valentía al señalar a todos los encubridores de la mentira y a los traidores de la patria quienes, con la anuencia del poder político, obstaculizan la búsqueda de la verdad.

Nisman está muerto porque lo dejaron solo. Todos lo acompañamos en esa muerte porque la desolación que nos invade y la desconfianza que nos atropella nos quitan, día a día, la vida. Porque avizoramos el caos y porque sabemos que una sociedad no puede vivir por mucho tiempo en el caos.

Sin embargo, no hay respuestas. Nos miramos atónitos. Vamos de aquí para allá como zombis errantes con los brazos extendidos. Sabemos que nuestra sociedad está desfondada y que el tejido social está deshilachado por obra del populismo, la corrupción y las dádivas. Nuestro mal es moral. Nuestro contrato social está roto. Los pactos ya no se honran. Nuestro rumbo es errante.

El filósofo escocés David Hume sostuvo que el progreso de las naciones se funda en el respeto de los pactos. Así se distinguen las sociedades civilizadas, donde impera la confianza, de las hordas bárbaras, donde impera la espada.

Nisman ya no puede hablar; ya no puede denunciar, probar y acusar. Los hijos más probos de esta tierra deben levantar el testimonio que él dejó. La gente común, el hombre de la calle, las mayorías silenciosas ultrajadas por el terror… todos deben volver a creer en las instituciones, convencerse de que el terrorismo que hoy nos asfixia puede combatirse. Que la corrupción no es una pandemia: que podemos extirparla. Que es posible lograr un poder político cuyo oficio no sea el fomento de la corrupción. Que la Justicia argentina puede actuar con justicia. Éstos son los objetivos.

Por nuestros abuelos, que poblaron estas tierras convencidos de las bondades que podían obtener como resultado del trabajo noble y fecundo; por nuestros padres, que supieron mantener y acrecentar ese mensaje; por nuestros hijos, a quienes queremos ver crecer y desarrollarse en esta patria junto a nosotros, criando a nuestros nietos, sin vergüenzas y orgullosos de sus tradiciones. Y por nosotros mismos, que nos debemos una vida mejor. Es el camino a la patria grande por la que Alberto Nisman (que ahora descanse en paz) también luchó comprometiendo su vida.

Guillermo J. H. Mizraji

Abogado y profesor de la Universidad de San Andrés

Guillermo J. H. Mizraji


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