No fue para tanto, pero...

De verse obligado el gobierno a impedir que el presidente se contacte con sus compatriotas, eso no sería bueno para la sociedad ni para él.



Tienen razón todos aquellos funcionarios que dicen que, de haberlo querido, el joven que se abalanzó sobre el presidente Fernando de la Rúa cuando participaba en un programa televisivo “pudo haberlo matado”. Pero ocurre que en los países democráticos son tan numerosas las ocasiones en las que los jefes de Estado brindan oportunidades a los asesinos en potencia, que garantizar su seguridad es virtualmente imposible. Por cierto, no se puede atribuir el hecho de que muy pocos mandatarios occidentales hayan sido víctimas de atentados a nada más que la habilidad de los encargados de protegerlos. En última instancia, su seguridad personal depende de la actitud de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que entiende muy bien que serían luctuosas las consecuencias de un magnicidio y que por lo tanto, estaría dispuesta a ayudar a impedir que individuos sospechosos se acercaran demasiado a su persona.

El propósito de Gustavo Belli, hijo de un terrorista que murió al producirse el ataque sanguinario contra La Tablada a comienzos de 1989, no era asesinar a De la Rúa sino increparlo por no dejarse intimidar por la huelga de hambre que están protagonizando los delincuentes encarcelados. Aunque los responsables del programa y los encargados de custodiar al presidente no deberían haberle permitido entrar al estudio, es inevitable que en ocasiones cometan errores de este tipo. Asimismo, puesto que De la Rúa no se propone comportarse como un dictador que tiene buenos motivos para temer por su vida, si hay deseosos de atacarlo ellos contarán con muchas oportunidades más para concretar sus designios, sin que ningún dispositivo de seguridad concebible sirviera para eliminarlas por completo. Nadie cree que nuestro país esté en condiciones de formar servicios de seguridad comparables con los existentes en los Estados Unidos y el Reino Unidos, pero a pesar del profesionalismo envidiable de los custodios oficiales en aquellos países, no pudieron impedir que un joven atentara contra el presidente Ronald Reagan ni que un grupo terrorista casi lograra matar a la primera ministra Margaret Thatcher.

Pero aunque el episodio que tanto incomodó al presidente De la Rúa carece de importancia -en los países democráticos es normal que de vez en cuando los mandatarios se vean frente a militantes agresivos-, la reacción frente a él de muchas personas podría tener secuelas negativas. De difundirse la idea de que corra peligro la vida del presidente, y por lo tanto aquéllas de sus familiares y de otros dignatarios, no tardaría en multiplicarse la cantidad ya excesiva de custodios que están trabajando en el país. Puesto que en este gremio abundan los sujetos de trayectoria tenebrosa, una nueva escalada resultaría contraproducente, porque supondría que habría más asesinos y torturadores cebados rodeando a los máximos dirigentes del país y que entre ellos estarían muchos que no titubearían en hacer gala de sus dotes. De ser así, podría recrearse el clima de violencia ubicua que tanto contribuyó a la brutalización de la sociedad en vísperas del golpe militar de 1976. Como nos recordó el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, la presencia ubicua a partir del colapso de la dictadura militar de la “mano de obra desocupada” reciclada en guardaespaldas ha aportado bastante al aumento de la criminalidad.

Otro riesgo que es necesario tomar en cuenta es que los impresionados por la facilidad con la cual Belli -hombre a su modo vinculado con un grupo terrorista-, consiguió aproximarse al presidente podrían sentirse tentados a superarlo con miras ya a llamar la atención a alguna que otra causa, ya a adquirir notoriedad personal. De ponerse de moda esta manera de protestar, la vida de De la Rúa, de sus familiares y de los encargados de custodiarlos se complicaría mucho y el país entero retrocedería al verse obligado el gobierno a tomar una serie de precauciones destinadas a impedir que el presidente se contactara con sus compatriotas, lo cual, obvio es decirlo, no sería bueno ni para la sociedad ni para un jefe de Estado, que parece estar tan obsesionado por su imagen de hombre “aburrido” que prefiere mantenerse alejado de “la gente” y que, en un intento frustrado de mejorarla, pidió participar en un programa televisivo irreverente.


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