No hay atajos

Redacción

Por Redacción

En los Estados Unidos, ya son muchos los educadores que han llegado a la conclusión de que el uso de la computadora -y ni hablar de la Internet- en el colegio primario tiene consecuencias negativas para los alumnos y que incluso en el secundario no sirve para mucho. Por cierto, no creen que la irrupción de estos instrumentos desate la «revolución educativa» sin precedentes de que hablan empresarios interesados en aumentar las ventas de sus aparatos o de sus programas de software y políticos deseosos de encontrar soluciones sencillas para problemas sumamente difíciles. Aquí, en cambio, el entusiasmo por la informática es más reciente y por lo tanto más ingenuo que en los países avanzados, razón por la cual el presidente Fernando de la Rúa se ha comprometido a asegurar que todas las escuelas queden conectadas a la Red con el objetivo, dice, de «democratizar la educación» e impulsar el «intercambio de información».

Puesto que hoy en día las computadoras cuestan mucho menos que antes, el proyecto, que será financiado en parte con once millones de pesos donados por el empresario Martín Varsavsky, no plantea demasiadas dificultades técnicas. Sin embargo, aunque el ministro de Educación, Juan Llach, ha advertido en diversas ocasiones que la Internet es sólo un medio más, no una panacea, la propensión generalizada a sobreestimar su importancia plantea riesgos evidentes en una sociedad tan proclive al facilismo como la nuestra. Por desgracia, cuando de la educación se trata no abundan los atajos y si el acceso a la Internet distrae a los alumnos de tareas menos «modernas» pero no por eso superfluas, como las relacionadas con el aprendizaje de la lectura y los rudimentos de la matemática, los beneficios serán escasos y los perjuicios muy grandes. Uno de los defectos más notorios del sistema educativo existente es que forma demasiadas personas que se creen bien preparadas pero que en realidad saben muy poco: el haberse familiarizado con una mínima parte de la Internet en el colegio no podría sino estimular esta ilusión tan destructiva.

Puede que la Internet, la computación y afines ya sean «imprescindibles», pero no constituyen un sustituto de las materias supuestamente más humildes que están en la base de la educación desde hace dos milenios y medio. A menos que los jóvenes realmente dominen dichas materias, sus perspectivas seguirán siendo tan sombrías como antes aunque, gracias a sus contactos pasajeros con el mundo de la alta tecnología, sus expectativas podrían resultar exageradas, lo cual sólo serviría para intensificar la frustración que, por motivos comprensibles, ya sienten sus equivalentes. Es que, lo mismo que la televisión en colores, la Internet es muy democrática en el sentido de que ofrece a todos virtualmente todo, pero también contribuye a que la gente pase por alto los esfuerzos a veces ingentes que sean necesarios para alcanzar los premios que en la pantalla parecen tan cercanos.

Otra consecuencia desafortunada de la pasión por la Internet que se ha difundido con rapidez notable en la Argentina consiste en que muchos ya la toman por un camino muy corto hacia la riqueza. Es de prever que la bien publicitada aparición tanto aquí como en otros países de jóvenes que, como el propio Varsavsky, han logrado adquirir cantidades impresionantes de millones de pesos -en su caso, se informa, alrededor de 1.500- en un lapso brevísimo, en negocios vinculados con las comunicaciones electrónicas, inspire a muchos otros a intentar emularlos. Tal voluntad de arriesgarse en un nuevo sector es natural en una sociedad en que las oportunidades de salir de la pobreza escasean, pero convendría que todos reconocieran que la posibilidad de tener éxito es tan limitada como aquélla de quien espera resolver sus problemas económicos «invirtiendo» en la lotería. Con Internet o sin ella, para la mayoría abrumadora de los habitantes del país el futuro será determinado por la evolución de la economía en su conjunto y también por su propia capacidad para desempeñarse en ámbitos en los que la computación dista de ser el factor decisivo.


En los Estados Unidos, ya son muchos los educadores que han llegado a la conclusión de que el uso de la computadora -y ni hablar de la Internet- en el colegio primario tiene consecuencias negativas para los alumnos y que incluso en el secundario no sirve para mucho. Por cierto, no creen que la irrupción de estos instrumentos desate la "revolución educativa" sin precedentes de que hablan empresarios interesados en aumentar las ventas de sus aparatos o de sus programas de software y políticos deseosos de encontrar soluciones sencillas para problemas sumamente difíciles. Aquí, en cambio, el entusiasmo por la informática es más reciente y por lo tanto más ingenuo que en los países avanzados, razón por la cual el presidente Fernando de la Rúa se ha comprometido a asegurar que todas las escuelas queden conectadas a la Red con el objetivo, dice, de "democratizar la educación" e impulsar el "intercambio de información".

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