No recuerdo
Columna semanal
El disparador
No me acuerdo de cuando nací. Tampoco de mi niñez. O sea, hasta los cuatro o cinco años creo que no recuerdo nada. Por eso, supongo, desconfío cada vez que alguien cuenta con certeza que a los tres años hizo tal o cual cosa.
“A los dos años y medio me tiraban por la escalera”, me dijo Lucas. Luego abundó en detalles. Mientras sus padres se iban a trabajar, él pasaba las tardes con sus dos hermanos mayores. A falta de un perro o un gato, él pasaba a ser la mascota. Ya estaba algo acostumbrado, porque cuando iban a la playa lo enterraban en la arena hasta el cuello.
Pero cuando los padres no estaban, los juegos eran un poco más rústicos. Los hermanos aún se ríen al recordar que lo hacían tropezar para ver si lloraba. Y si lloraba, enseguida lo distraían con otra cosa. “Si dejás de chillar, te damos esta bolsita de caramelos”, lo extorsionaban.
Pero hubo un juego -del que los padres no estaban enterados- que, parece, era de lo más divertido para los hermanos. Básicamente consistía en arrojar a Lucas por la escalera. En esa época vivían en una casa de dos pisos en Martínez, donde improvisaban una especie de montaña rusa para que el hermanito viajara a la planta baja.
Agarraban un banquito de mimbre y lo daban vuelta. La parte del asiento quedaba como base, apoyada en el suelo. Entre las cuatro patas de madera -que apuntaban hacia arriba- ponían a Lucas, que apenas superaba la altura del banquito. Luego tapizaban un tramo de la escalera con almohadones y frazadas para asegurar el deslizamiento -como si fuera un tobogán- y, también, para amortiguar un eventual despiste. Con todo listo, lanzaban a Lucas. El viaje terminaba en el descanso de la escalera.
– ¿A vos te divertía?
– Ehhh… -dudó Lucas.
– Bah, si es que te acordás.
– Lo hacían para entretenerse, yo era chiquito… Creo que me reía, aunque una vez me asusté y lloré.
– ¿Te acordás de todo o lo fuiste reconstruyendo con relatos familiares? -pregunté, sospechando que no podía ser tan preciso. Creo que se ofendió.
– Me acuerdo todo -aseguró-, es más: hubo una vez que iba tan rápido que sentí el viento en la cara y pedí que me volvieran a tirar.
Pensé que la memoria a veces es traicionera y completa aquello que no recordamos; incluso, que hasta recordamos cosas que nunca vivimos. Me pareció que iba a ser un pesado y no dije nada.
A los pocos segundos, surgió una imagen en mi cabeza: un nene de tres años en un jardín de infantes, en una hamaca hecha con la cubierta de una rueda de auto; el juego consistía en hacer girar circularmente la rueda, de modo que las cadenas laterales de la hamaca se iban uniendo al enroscarse y formaban una sola cadena; cuando las cadenas se juntaron apenas por encima de la cabeza del niño, le apretaron los deditos de las manos. Gritó, lloró. En la imagen no pude verle la cara, pero ese párvulo era yo. Y a Lucas no le conté nada.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com