Notables en el limbo

Por Redacción

Aunque los encuentros del «consejo de notables» designado por el FMI -dos británicos, un alemán y un español-, con el presidente Eduardo Duhalde, el ministro de Economía, Roberto Lavagna, y otros funcionarios parecen haber transcurrido de forma amable, si hubo alguien que los creyera capaces de entregar al gobierno un plan económico «sustentable» se habrá sentido muy decepcionado por los resultados. Es que, como sin duda entienden Andrew Crockett, John Crow, Hans Tietmeyer y Luis Rojo, las dificultades que enfrenta Duhalde son más políticas que económicas. Aunque el presidente interino contara con el mejor plan concebible, no le sería posible instrumentarlo debido a la oposición intransigente de una multitud de grupos, encabezados por el PJ y la UCR, que están más preocupados por defender sus propios intereses que por el destino del conjunto. Lo están no sólo por egoísmo -sus equivalentes de otros países son igualmente propensos a priorizar sus objetivos particulares-, sino también porque están sinceramente convencidos de que representan lo mejor del país.

Como era previsible, los «notables» se manifestaron alarmados por la proliferación de bonos provinciales y advirtieron que la emisión excesiva sería peligrosa. Por tratarse de verdades evidentes que a esta altura hasta Duhalde habrá comprendido, tal aporte no podría considerarse muy provechoso. Si existe una solución para los problemas así supuestos, ella tendría que basarse en la eliminación de las causas de la voluntad de los gobernadores provinciales de repartir bonos y aquélla del gobierno nacional de emitir demasiado dinero. Mientras los costos a corto plazo tanto políticos como humanos del realismo fiscal sigan pareciendo intolerables, los responsables de gobernar el país continuarán optando por sacrificar el largo plazo.

Así las cosas, la «salida» tendría que consistir en un acuerdo entre el FMI, firmemente respaldado por los países ricos, por un lado y el gobierno por el otro según el cual el país recibiría el dinero suficiente como para permitirle prescindir de los bonos y reducir la emisión a cambio de una serie de reformas drásticas. Por desgracia, tan escasa es la confianza de la «comunidad internacional» en la honestidad y la capacidad de nuestros dirigentes, que un pacto de este tipo aún parece lejano. En consecuencia, todo hace pensar en que el gobierno, luego de haber agradecido a los «notables» y subrayado la importancia de las coincidencias teóricas alcanzadas, seguirá negándose a adoptar un programa «sustentable» aun cuando sepa muy bien que sin uno no habrá ninguna posibilidad de recibir la ayuda que el país tan desesperadamente necesita.

A juicio de algunos, la llegada de los «notables» no es sino el primer paso de un proceso que culminará con la puesta de la Argentina bajo la tutela de una junta económica extranjera similar a la sugerida por el economista alemán Rüdiger Dornbusch. Si bien tal eventualidad aún parezca remota, no cabe duda de que tiene su lógica porque de otro modo sería sumamente difícil encontrar la forma de reconciliar la necesidad objetiva de conseguir el respaldo financiero extranjero con la convicción nada arbitraria de que, de tener la oportunidad, nuestra clase política tomaría el dinero para entonces afirmarse incapaz de cumplir con sus propias promesas por solemnes que éstas fueran. Por lo tanto, los dispuestos a facilitarnos fondos cuantiosos tendrían que saber que esta vez los créditos o donaciones no se esfumarían como sucedió en tantas ocasiones en el pasado reciente, lo cual, claro está, significaría que sería comprensible, si bien muy antipático, que exigieran poderes que en otras circunstancias serían considerados absurdamente excesivos. No es una cuestión de ideas ni de convicciones -es de suponer que los economistas argentinos, incluyendo a los afiliados a partidos políticos que son notorios por su irresponsabilidad, entienden tan bien como el que más lo importante que es contar con una moneda estable-, sino de la virtual imposibilidad de manejar un país en el que las expectativas de la gente se separaron hace años de las posibilidades económicas genuinas y que, como si esto ya no bastara, está experimentando una sequía financiera de intensidad raramente vista en otras partes del mundo occidental.


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