Nuevas demandas y crisis



Si alguien hubiera señalado a principios de año que Chile y Bolivia estarían en el centro de las preocupaciones internacionales por estallidos sociales o un golpe de Estado, la mayoría hubiera reaccionado con extrañeza. Ambos países, con modelos de desarrollo muy diferentes, lideraban los indicadores regionales de crecimiento, baja inflación, descenso de la pobreza, mejora en sus índices de desarrollo humano y estabilidad política, que contrastaba con situaciones caóticas como las de Venezuela o de extrema fragilidad económica, como la de Argentina o Ecuador.


Chile culminó la semana con un acuerdo nacional para convocar a un plebiscito y reformar su Constitución, con la expectativa de borrar definitivamente la herencia institucional de la dictadura de Augusto Pinochet. La propuesta llegó tras un mes exacto de multitudinarias protestas y violentos disturbios en reclamo de cambios profundos que terminaran con la crónica desigualdad social, los abusos de poder y la inacción de las élites y el sistema político. El “reventón social” como lo definió el historiador chileno Gabriel Zalazar, dejó mal parado al gobierno de Sebastián Piñera, errático durante la crisis que dejó muertos, heridos y millonarias pérdidas a causa de incendios, robos y saqueos, con el país funcionando a “media máquina” y en incertidumbre.


En Bolivia, el proceso electoral que debía definir a un nuevo gobierno que administrara los avances económicos y sociales de los casi 14 años de Evo Morales naufragó en un golpe de Estado, epílogo de violaciones constitucionales previas, irregularidades electorales y violentas protestas que terminaron con la caída forzada del presidente, asilado en México, y con un gobierno interino dominado por los sectores más reaccionarios de la oposición, en medio de matanzas en las calles. No son pocos los que temen que el proceso culmine en una dictadura en toda regla o una guerra civil.
Los casos de Chile y Bolivia cierran un año horrible para la democracia regional. A la deriva autoritaria y grave crisis humanitaria en Venezuela se sumaron protestas e inestabilidad en Haití, Guatemala, Nicaragua, Perú y Ecuador. En Argentina solo la prudencia y el diálogo político permitieron superar la crítica situación tras las PASO.


Aunque la realidad de cada país es diferente y los detonantes son diversos, los analistas encuentran patrones comunes en este clima de descontento e inestabilidad democrática en América Latina.
Por un lado, el fin de un ciclo extraordinario en el precio de las materias primas durante el decenio 2002-2012 que en algunos países ralentizó el crecimiento y en otros generó ajustes, suba de precios y desempleo. La expansión de derechos durante esta época de bonanza sacó a millones de la pobreza y generó la clase media más numerosa en la historia del continente, pero en una situación frágil y vulnerable a los ciclos económicos. Como señaló el economista Moisés Naím, hoy miles de latinoamericanos “luchan desesperadamente para no volver a caer en la pobreza. Es gente más educada, más informada, más desconfiada y escéptica de su gobierno y más intolerante con la desigualdad económica y la corrupción”.


Por otro lado, una enorme incapacidad y lentitud de las élites y la dirigencia política –de derecha e izquierda– para procesar las nuevas demandas de justicia, equidad y protección social, en una sociedad movilizada e hiperconectada por las redes sociales.
El personalismo de líderes que pretenden eternizarse en el poder y la rigidez de sistemas presidenciales que carecen de los “fusibles políticos” del parlamentarismo a menudo transforman la crisis de legitimidad de un presidente en una crisis de todo el sistema democrático y derivan en una “flexibilización” caótica y de facto de los mandatos, tierra fértil para oportunistas y autoritarios.


Para hallar salidas, hay que evitar el maniqueísmo. No hay recetas fáciles para salir de las crisis, que son al mismo tiempo oportunidades. Si hay un denominador común en las demanda en las calles de la región es que se gobierne para la mayoría y no para un sector de la población o puñado de privilegiados. De eso se trata la democracia.


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