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Obama frente a América Latina





Para algunos, habrá sido gratificante saber que, en opinión del presidente norteamericano Barack Obama, “América Latina es más importante que nunca para la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos, y se va a volver más importante”, pero ello no quiere decir que la prosperidad y seguridad de América Latina dependerán cada vez más de Estados Unidos. Si la relación de la superpotencia con los países de su “patio trasero” se ha modificado últimamente, el cambio se debe menos a la voluntad de dirigentes políticos como Obama que a la evolución de la economía internacional. Merced a la irrupción de China, que ya posee la segunda economía del mundo, el aumento de los precios de los commodities, en especial los de origen agropecuario, ha permitido a muchos países de la región disfrutar de años de crecimiento macroeconómico importante y recuperarse con rapidez del bajón que fue provocado por la fenomenal crisis financiera que se inició precisamente en Estados Unidos. Siempre y cuando China y sus vecinos no flaqueen, ya pertenece al pasado la etapa en la que podía afirmarse que cuando Estados Unidos se resfría toda América Latina estornuda. Mal que le pesara a Obama, sería positivo que desde el punto de vista de los latinoamericanos la relación del “coloso del Norte” con el resto del hemisferio occidental se hiciera menos importante que antes. La convicción, compartida tanto por los “alineados” con Washington como por enemigos jurados como los hermanos Castro de Cuba y el caudillo venezolano Hugo Chávez, de que en última instancia Estados Unidos es el único país que realmente cuenta, ha demorado el desarrollo socioeconómico de la región. En demasiadas ocasiones, políticos e intelectuales han discutido los distintos planteos ubicándolos en el contexto de la relación, amistosa o conflictiva, de sus propios países con la superpotencia dominante. Muchos han ido al extremo de reivindicar dictaduras como la cubana sólo porque, su brutalidad no obstante, el régimen se ha destacado por su hostilidad implacable hacia “el imperio”, de tal manera manifestando la insinceridad de su supuesto compromiso con los derechos humanos y la libertad. Asimismo, el deseo de diferenciarse de Estados Unidos ha incidido de forma muy negativa en los debates en torno a temas económicos. Sucede que lo que podría calificarse de colonialismo cultural afecta no sólo a quienes dan una bienvenida entusiasta a las influencias ajenas sino también a los que subordinan todo a su voluntad de resistírsele. Quienes esperaban que, en el transcurso de su visita a El Salvador, Brasil y Chile, Obama pondría en marcha algunos programas de cooperación impactantes, no han ocultado su decepción, puesto que a su juicio se ha limitado a pronunciar banalidades sobre el futuro presuntamente promisorio de la región. Sin embargo, dadas las circunstancias sería poco realista pedirle iniciativas ambiciosas. El mundo está en transición debido al abandono por parte de China, la India y otros países asiáticos de las recetas económicas colectivistas y dirigistas que los habían mantenido atrasados, con el resultado de que, si bien Estados Unidos sigue siendo por lejos el país más rico y más poderoso, ya no está en condiciones de ejercer la hegemonía asfixiante de otros tiempos. Para América Latina, el cambio que está en marcha significa a un tiempo una oportunidad y un gran desafío. Aunque a muchos países latinoamericanos les ha beneficiado la suba de los precios de los productos primarios que exportan, a sus empresas industriales no les será nada fácil competir con sus equivalentes asiáticos. Para hacerlo, tendrían que mejorar drásticamente sus sistemas educativos, los que a juzgar por los resultados son muy inferiores a los de América del Norte, Europa y Asia oriental, y también emprender una serie de reformas equiparables a las que tanto han contribuido al crecimiento explosivo de China y la India. Dicho de otro modo, ha llegado la hora de dejar de comparar nuestro desempeño con el de los norteamericanos o europeos y pensar más en lo que están haciendo los que, en el lapso de una sola generación, han conseguido rescatar de la pobreza ancestral a más de 300 millones de personas y que, tal y como están las cosas, pronto estarán en condiciones de compartir con los occidentales el liderazgo mundial.


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