Obama frente al drama iraquí
Hace tres años, el vicepresidente norteamericano Joe Biden afirmó que “Irak podría ser uno de los grandes logros de la administración” de Barack Obama, puesto que en su opinión los 90.000 soldados estadounidenses que estaban por regresar a casa “dejarían atrás un gobierno representativo estable”. El optimismo absurdamente prematuro de Biden y Obama se basaba en la ilusión de que, por ser a juicio de sus propios partidarios casi todos los problemas del Oriente Medio la consecuencia de más de un siglo de intervenciones imperialistas occidentales, la región se pacificaría si Estados Unidos y los países europeos la abandonaran a su suerte. Se equivocaron. Lejos de ayudar a consolidar la precaria democracia iraquí, la retirada apurada de las tropas norteamericanas, que hasta entonces habían conseguido, a duras penas, mantener a raya a los islamistas, sólo sirvió para privarla de las únicas fuerzas capaces de hacerles frente. Mal que les pese a los aislacionistas de Estados Unidos y Europa que no quieren tener nada que ver con los conflictos brutales que están convulsionando el norte de África, Siria, Irak, Afganistán y otros países, vivimos en un mundo globalizado, cada vez más interconectado, en el que procurar lavarse las manos de problemas supuestamente ajenos suele agravarlos. Asimismo, en el Medio Oriente están en juego muchos intereses occidentales legítimos. Además del impacto económico que ya están teniendo las feroces luchas por el poder entre sunnitas y chiitas, árabes, kurdos e iraníes, se prevé que yihadistas aguerridos aprovechen la presencia en Europa de decenas de millones de correligionarios para cometer atentados terroristas aún peores que los perpetrados hasta ahora. También es necesario tomar en cuenta el desafío angustiante planteado por la llegada a Italia, Grecia y España de grandes contingentes de refugiados que la mayoría de los europeos es reacia a dejar entrar. Obama quiere ayudar al gobierno iraquí del primer ministro Nouri al-Maliki a frenar el avance de los yihadistas del Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL), pero no está dispuesto a correr riesgos enviando a tropas terrestres, motivo por el que se ha limitado a ofrecerle trescientos “asesores militares” y, tal vez, cierto apoyo aéreo. Sin embargo, para minimizar los costos políticos que podría suponerle tal decisión, atribuye la situación desastrosa en que se encuentra Irak al sectarismo del gobierno chiita. Tendrá razón en cuanto al aporte de Al-Maliki al recrudecimiento reciente de la guerra civil que están librando sunnitas y chiitas desde hace más de mil años, ya que ha discriminado sistemáticamente contra los sunnitas, pero a Obama le hubiera sido difícil elegir un momento menos oportuno para pedirle dar un paso al costado. El gobierno iraquí ya ha perdido, acaso irremediablemente, el control sobre el noroeste del país y los kurdos están en vías de independizarse. De caer Al-Maliki, los yihadistas de EIIL, que según parece se ven respaldados por una parte sustancial de la población sunnita de las zonas que han conquistado, lo celebrarían como un triunfo más. EIIL es mucho más peligroso que la red Al-Qaeda, de la cual es un desprendimiento que se ha destacado tanto por su crueldad como por su capacidad para apoderarse de territorios extensos y ciudades, entre ellas Mosul, la segunda de Irak. Ya cuenta con al menos 12.000 combatientes experimentados y, merced a sus éxitos, está creciendo a un ritmo alarmante al aumentar el número de reclutas que encuentran irresistible la idea de participar de una guerra santa contra los chiitas y también, huelga decirlo, contra el Occidente. Puede que EIIL no esté en condiciones de ocupar Bagdad, una ciudad que, a diferencia de Mosul, está habitada mayormente por chiitas, aunque la rodean muchos barrios sunnitas, pero a esta altura nadie soñaría con subestimar su voluntad de causar estragos en la capital iraquí. Por lo demás, los yihadistas sunnitas parecen resueltos a provocar tanto a los chiitas que ellos también podrían comenzar a masacrar indiscriminadamente a quienes consideran apóstatas infieles que es su deber matar, de tal modo preparando el terreno para una guerra religiosa horrenda en la que las muertes se contarían no por miles, como ya es el caso, sino por millones.
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