Obama se acuerda de los olvidados por la región
Duele. Pero tan sólo Barack Obama se acordó de los principales presos políticos o “de conciencia” que desgraciadamente existen en América Latina. Nuestros propios líderes, intimidados o desinteresados, no lo hacen como debieran; mientras pronuncian discursos pomposos y repetitivos autoproclamándose campeones de los derechos humanos toleran el autoritarismo que ha inundado nuestra región, abierto como en Cuba o disfrazado como en tantos otros rincones de América Latina. Lo hizo en Nueva York, en ebullición por el comienzo del nuevo período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lleno de jefes de Estado que deambulan seguidos por una multitud de cámaras de televisión de sus propios países, empeñadas en mostrar –en los escenarios domésticos– cuán importante es cada uno de los que, de una manera u otra, los llevaron a Nueva York. Obama se acordó, con nombre y apellido, de Leopoldo López, el corajudo líder opositor venezolano, detenido sin que se respete el debido proceso legal, impedido de presentar pruebas y testigos en su propia defensa. Condenado de hecho, entonces. También de Berta Soler, la máxima dirigente de las admirables Damas de Blanco cubanas, a la que desde el gobierno de los Castro se persigue con saña constante. Tanto es así que, pese a su condición de mujer, los arrestos, las golpizas y hasta otros acosos físicos son parte de su triste cotidianidad. Obama expresó específicamente su solidaridad con todos ellos, lo que se agranda como gesto político frente al deplorable silencio cómplice de los líderes de nuestra región sobre esta situación. “Merecen estar libres”, agregó. Y es absolutamente cierto. Leopoldo López, concretamente, lleva ya nada menos que siete interminables meses esperando que su vergonzoso proceso comience de una vez. Preso, por cierto. Maltratado e incomunicado. Su esposa acaba de presentar su caso ante la dubitativa Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que ya debería haber librado una medida protectora y precautoria. Para ambos presos –y para todos los demás que están en condiciones parecidas en manos del autoritarismo latinoamericano– de pronto se encendió una muy tenue luz destinada a alimentar sus esperanzas, una voz solitaria que, sin embargo, puede haber penetrado en las martirizantes tinieblas en las que ambos están sumergidos y padeciendo como consecuencia de sus respectivas luchas por la libertad. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Duele. Pero tan sólo Barack Obama se acordó de los principales presos políticos o “de conciencia” que desgraciadamente existen en América Latina. Nuestros propios líderes, intimidados o desinteresados, no lo hacen como debieran; mientras pronuncian discursos pomposos y repetitivos autoproclamándose campeones de los derechos humanos toleran el autoritarismo que ha inundado nuestra región, abierto como en Cuba o disfrazado como en tantos otros rincones de América Latina. Lo hizo en Nueva York, en ebullición por el comienzo del nuevo período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lleno de jefes de Estado que deambulan seguidos por una multitud de cámaras de televisión de sus propios países, empeñadas en mostrar –en los escenarios domésticos– cuán importante es cada uno de los que, de una manera u otra, los llevaron a Nueva York. Obama se acordó, con nombre y apellido, de Leopoldo López, el corajudo líder opositor venezolano, detenido sin que se respete el debido proceso legal, impedido de presentar pruebas y testigos en su propia defensa. Condenado de hecho, entonces. También de Berta Soler, la máxima dirigente de las admirables Damas de Blanco cubanas, a la que desde el gobierno de los Castro se persigue con saña constante. Tanto es así que, pese a su condición de mujer, los arrestos, las golpizas y hasta otros acosos físicos son parte de su triste cotidianidad. Obama expresó específicamente su solidaridad con todos ellos, lo que se agranda como gesto político frente al deplorable silencio cómplice de los líderes de nuestra región sobre esta situación. “Merecen estar libres”, agregó. Y es absolutamente cierto. Leopoldo López, concretamente, lleva ya nada menos que siete interminables meses esperando que su vergonzoso proceso comience de una vez. Preso, por cierto. Maltratado e incomunicado. Su esposa acaba de presentar su caso ante la dubitativa Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que ya debería haber librado una medida protectora y precautoria. Para ambos presos –y para todos los demás que están en condiciones parecidas en manos del autoritarismo latinoamericano– de pronto se encendió una muy tenue luz destinada a alimentar sus esperanzas, una voz solitaria que, sin embargo, puede haber penetrado en las martirizantes tinieblas en las que ambos están sumergidos y padeciendo como consecuencia de sus respectivas luchas por la libertad. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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