Odio mortal
La actitud del obispo Collino, al intentar amedrentar a los medios, es más propia de mafiosos que de personas que se consideran guías morales de la sociedad.
Una de las diferencias más notables que separan a la Argentina actual del país violento de antes consiste en la voluntad casi universal de evitar los excesos verbales. Sabemos que en ciertas circunstancias los predicadores del odio son capaces de tomar sus propias amenazas al pie de la letra y es por eso que con escasísimas excepciones los políticos se han acostumbrado a emplear un lenguaje que es llamativamente más pacífico que el habitual en los años sesenta y setenta. Es por eso que han provocado tanto revuelo los dichos del obispo de Lomas de Zamora, Desiderio Collino, en torno del destino que a su juicio merecerían «algunos periodistas que hablan mal de la Iglesia». En opinión del eclesiástico, sería apropiado que el Todopoderoso les mandara «un cáncer de pulmón» para que los dolores resultantes les hicieran «convertirse y curar su alma». O sea, le encantaría poder torturar a la gente hasta que jurara compartir sus propios puntos de vista.
Los más indignados por el sorprendente anatema episcopal no han sido los ateos y agnósticos, sino los católicos mismos, muchos de los cuales suelen tomar «cristiano» por sinónimo de «bueno» y por lo tanto se sienten traicionados cuando un clérigo recae en el fanatismo de épocas presuntamente superadas en las que la preocupación de la Iglesia por las almas la hacía indiferente hacia lo que sucedía a los cuerpos físicos de los no creyentes. En efecto, para quienes «hablan mal de la Iglesia» -lo cual sólo un fundamentalista consideraría un crimen-, el exabrupto de Collino habrá servido para confirmar lo que siempre han sospechado, que la conversión de una Iglesia antes belicosa al pluralismo y a la tolerancia que aquél exige se ha debido menos a la amplitud de miras de sus conductores recientes que a su conciencia de que hoy en día el retorno a la combatividad tradicional aceleraría su aislamiento.
De todos modos, los «ataques» que tanto enfurecieron a Collino no tuvieron nada que ver con la Iglesia Católica como institución de pretensiones universales, sino con la conducta de ciertos clérigos determinados, en primer lugar el ex arzobispo de Mercedes-Luján, Emilio Ogñenovich, que están vinculados con hogares para menores que se han hecho notorios por la falta de higiene y por la crueldad de los cuidadores. Las denuncias en tal sentido fueron formuladas por el periodista Jorge Lanata, pero Collino, lejos de solidarizarse con los niños víctimas del maltrato, optó por erigirse en defensor fogoso de Ogñenovich, el cual, como ocurre a menudo en tales situaciones, ha querido escudarse tras su investidura eclesial, involucrando así a la Iglesia Católica en lo que es en el fondo un asunto que debería serle ajeno. Claro, distinguir entre una institución por un lado y, por el otro, las personas que en efecto la conforman, no siempre resulta fácil -lo han descubierto los resueltos a diferenciar a las Fuerzas Armadas de lo que éstas hicieron durante el Proceso-, pero a esta altura las máximas autoridades de la Iglesia Católica deberían entender que sus esfuerzos a veces denodados por defender el buen nombre de jerarcas acusados de conducta reprensible son por lo común contraproducentes.
Por ser la Iglesia Católica una institución aún muy influyente en la Argentina, todos, tanto los católicos practicantes como sus compatriotas de otras confesiones o de ninguna, tienen pleno derecho a esperar que el papa Juan Pablo II sustituya a Collino cuanto antes, manifestando de esta manera su repudio a un intento de reavivar el odio en un país que tiene motivos de sobra para temer al fanatismo. Asimismo, convendría que frente a denuncias como las dirigidas contra Ogñenovich, las autoridades eclesiásticas reaccionaran ya probando que son falsas, ya tomando las medidas necesarias para remediar las deficiencias señaladas. La alternativa elegida por Collino, la de intentar intimidar a los medios advirtiéndoles que no deberían «meterse con la Iglesia», es más propia de mafiosos que de personas que se consideran los guías morales de la sociedad y en consecuencia capacitadas para criticar a los demás en términos feroces mientras que se niegan a tolerar cualquier crítica, por respetuosa que sea, de su propio comportamiento.