Omar Cyrulnik da señales en Roca

El guitarrista dictará un seminario desde el miércoles en el IUPA de Roca. El sábado, a las 21:30, dará un concierto de cierre en la Fundación Cultural Patagonia.

Por Redacción

“La enseñanza estaba estructurada a partir de certezas. Y ellas mataban el amor”.

En la tercera fecha del ciclo 2012 organizado por Fundación Cultural Patagonia y el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA), pasado mañana comienza el seminario que durante tres días, el guitarrista, director de orquesta y docente Omar Cyrulnik dictará en el IUPA, con concierto de cierre el 19 a las 21:30 en el Auditorio “Ciudad de las Artes”.

Licenciado en Música en el Departamento de Artes Musicales y Sonoras del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), Cyrulnik cursó además Dirección Orquestal y Composición en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de la Plata. Acreedor de una beca de estudios, se perfeccionó con Stefano Aruta en Italia. Hoy tiene a su cargo la cátedra de guitarra del IUNA, y las de guitarra y música de cámara, y de su instrumento en la Diplomatura en Música Contemporánea, ambas del Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla.

Australia, Nueva Zelanda, Portugal, Austria, Italia, Francia, Polonia, Finlandia, Egipto, Israel, Chile, Uruguay, Paraguay, Indonesia y Malasia, son sólo unos pocos países en los que ha dado recitales solistas y con orquesta. Ha realizado bandas de sonido, dictó seminarios en universidades nacionales y norteamericanas, australianas, de Israel, Suiza y Malasia entre otros.

“Río Negro” abrió la charla en su casa de Buenos Aires planteándole considerar el valor de la enseñanza, de la relación docente–alumno, la capacidad de transmitir, de enamorar, de atraerlo para que perfeccione la ejecución de su instrumento, abra un nuevo camino expresivo. “Para mí es un eje fundamental. La única posibilidad de apreciar algo de esta realidad incluye el camino que elegí, la música, sencillamente porque el sonido es el elemento móvil que más me emocionaba, me movía. Y cuando yo lo muevo y en mí se mueve, tengo la vivencia más cercana al amor que pueda conocer. Esa es una vivencia absolutamente personal e intransferible en término de reglas o pautas dogmáticas”.

– En otras palabras, subjetiva.

–Si querés verlo analíticamente, hablo de subjetividad, pero en términos tan concretos como la vida misma. Todo lo que registro, soy yo, es mi cuerpo completo percibiendo, mi mente, mi alma, mi espíritu, lo que podamos definir en él. Desde ese punto de vista, fui descubriendo que nadie sentía otra cosa –seguramente– que lo que yo siento. No puedo hacer otra cosa que sentir y esperar que si siento, los demás quizás puedan entrar al lugar donde estoy. Quizás, nunca lo sabré… Eso es lo único que puedo transmitir, cuando me pongo a enseñar, en el sentido etimológico más profundo: dar señales. Sólo puedo dar señales. Y cuando comienzo este camino –hace apenas cuatro años que entré en instituciones educativas, de manera orgánica– vi que la enseñanza –en general– estaba estructurada a partir de certezas. Y que ellas mataban el amor, lo destrozaban. Por eso la docencia estaba degradada, había un nivel del artista que subía al escenario y otro distinto para el que enseñaba, porque no tocaba, no componía. Pero es lo mismo tocar, componer, enseñar… Se trata de un camino personal desde el que se pueden dar señales. Y cuando uno las da, empieza a recibirlas, inmediatamente. Y en ese intercambio hay un verdadero aprendizaje. Sólo se puede aprender cuando aprenden todos. No es una fórmula sino una vivencia. La única forma de transmitir es recibiendo. No encuentro otro modo. Y ahí comencé a ver un fenómeno muy particular que dicho como te lo voy a decir, puede sonar políticamente incorrecto, los estudiantes son tan responsables como los docentes de que el aprendizaje no se produzca en todos los niveles. El alumno siente un enorme miedo –quizás porque así está estructurado el sistema educativo desde vaya a saber cuándo– y necesita certezas, que el docente le diga, el profesor, el maestro, qué se hace y qué no. Cuando ellos ven que uno tiene dudas, en primera instancia se asustan, pero en segunda, es un maravilloso ir y venir.

–Estás rozando dos principios trabajados en filosofía, la duda y la incertidumbre.

–En el IUNA tengo dos cátedras y dos en el Manuel de Falla y casi no hago distingos. No puedo separar mucho las materias a la hora de vivir la experiencia. No puedo, se me unen, cambian sí algunas razones técnicas en relación con el repertorio o la situación puntual de tener un guitarrista delante, un ensamble o un trío de chelo, violín y piano. Al final, siempre es lo mismo, lo que trabajo –y disculpame por ponerme místico– es lo que creo rellena el arte, la capacidad de estar presente, de percibir aquí y ahora lo más profundamente posible. Entonces, lo que parece ser una postura filosófica –y posiblemente lo sea– tiene un correlato práctico mucho más contundente que una negra igual a otra, que una barra de compás. Nos han mentido, nos dijeron que si aprendíamos una cantidad de recursos y reglas, después, en función de nuestro talento natural o la cultura previa que incorporamos desde la cuna o la formación familiar, o una práctica ligada a mucho tiempo, íbamos a tener una vivencia plena en la disciplina que eligiéramos. Pero, es mucho más concreto todo, muchísimo más. En cualquier disciplina, incluso las que parecieran no ser artísticas, cuando una persona focaliza profundamente su energía en lo que hace, esa acción y esa actividad, se ilumina, se rellena y adquiere la connotación de lo que llamamos arte. O sea que el arte no sería una característica de disciplina, sino un entrenamiento puntual, se transformaría en un estado de conciencia que se debe entrenar. No adiestrar. Entrenar. Requiere de una presencia absoluta, de una entrega total y un compromiso enorme, que algunas personas hacen con naturalidad y otras, no. Yo sigo encontrando a diario, en mis cursos, chicos que cuando entrenamos para mover el sonido, intentan por todos los medios racionalizar qué estamos haciendo. Pero, justo cuando tienen la vivencia en su cuerpo de que el sonido es el material que eligieron como camino y como tal tiene una vida y lo pueden percibir en el instante que lo producen, la música empieza a rellenarse, a existir, se empieza a ver. Para eso hace falta entrenamiento corporal y vi –trabajé muchos años en teatro dirigiendo comedia musical– que los músicos subíamos con muy pocas herramientas para vivir el ritual del escenario.

Eduardo Rouillet

eduardorouillet@gmail.com