“Once expresa la cultura del Estado-botín”

El analista ve la tragedia ferroviaria como ícono de problemas y formas de ejercer el poder que generan hartazgo general. Pero considera difícil la articulación política de este enojo por la debilidad de los partidos. Resultado: una “aceleración de situaciones conflictivas”.

Redacción

Por Redacción

Natalio Botana hurga en la historia argentina desde las matrices más permanentes de los problemas que signan al país desde muy lejos en su vida. Así, su reflexión sobre pasado y presente se forja a partir del paciente desbrozar de las ideas que a partir del último cuarto del siglo XIX forjaron el progreso de Argentina y la decadencia que desvirtuó mucho de aquellos logros a lo largo del XX. Espíritu inquieto, generoso en la misión de sumar desde sus saberes a la tarea de preguntarse sobre el país, Botana –en convencimiento ajeno a todo voluntarismo– cree que es posible, “aunque no sé si probable”, que Argentina retome el camino del progreso. Pero para eso –“como mínimo”, sostiene– se requiere de un sistema institucional y fiscal aceptado por el conjunto como punto de partida para un nuevo país.

De estos temas conversó Botana con “Río Negro”.

–Usted es uno de los pocos intelectuales argentinos…

–Profesional de las ciencias políticas, eso, eso…

–Bueno. Desde ahí, uno de los pocos que al pensar el país reflexionan sobre la idea de progreso “siempre posible pero no necesariamente probable”. En el 2002, en “La república vacilante”, dijo que hay momentos de la historia en los que se nubla el cielo. ¿Qué cielo se está cerniendo sobre Argentina?

–Dije eso en el marco de la crisis que sacudía al país desde el 2001. Y lo dije en relación con la evolución de la idea de progreso, a escala mundial, en el siglo XX, siglo que había demostrado que el progreso no era una posibilidad tan abundante como se estimaba sino escasa. Ahora, yendo a la pregunta, no creo que se repita el cielo nublado del 2001, desde ya. Pero no es menos cierto que, de persistir el kirchnerismo en la construcción y reproducción de su poder en los términos en que lo hace y aunque sepa que se está limando poder como resultante de ese estilo, se acelerará –como está sucediendo– el ingreso del país a situaciones muy conflictivas.

–Pero si el kirchnerismo percibe que está limándose poder, ¿por qué insiste en prácticas y métodos?

–Porque seguramente referencia ese limado en términos de comparación con otros procesos críticos para su poder y que sin embargo superó: la crisis del campo, la derrota electoral en las parlamentarias del 2009… incluso la muerte de Néstor Kirchner. No computa que hoy la historia comienza a ser otra. Una creciente porción de la sociedad se moviliza haciendo saber que no está conforme.

–¿Hay un momento que usted perciba como punto iniciático del nuevo limado del poder kirchnerista?

–En Argentina, y viene de lejos, persiste la decadencia del Estado como gestión. Esto se mide en su conducta, la corrupción que lo corroe, su irresponsabilidad. Esto hace a la pronunciada declinación del concepto de “servicio público” que es inherente al Estado.

En este marco, creo que el accidente ferroviario de la estación Once caló muy fuerte en millones de personas. Palparon rápidamente la incompetencia o quizá nulo interés del gobierno, en tanto gestor de la acción estatal, en darle al Estado un protagonismo eficiente para el seguimiento de la calidad de los servicios públicos que prestaba, para el caso, una empresa privada. Once es muy paradigmático en esta materia. Estamos ante un caso de lo que yo llamo Estado-botín; es decir, ganar una elección legítimamente y acceder al manejo del aparato del Estado pero desentenderse de su eficiencia. Hacer del Estado un botín destinado a mantenerse en el poder sin importar ninguna otra misión. Frente a esta conducta está el Estado-servicio: llegar al poder y hacer del Estado un instrumento eficiente. Once es una expresión muy clara de la cultura del Estado-botín. Así el Estado, manejado en condición de botín, alienta la corrupción –por caso– que signa hoy al gobierno nacional.

–¿Qué se le está cruzando al gobierno nacional en la calle?

–Contrapoder. Hartazgo de la prepotencia con que trata el poder, de los proyectos de reeleccionistas, del desdén con que el poder atiende problemas como la inflación, la inseguridad… es un contrapoder que, por ahora, integra verticalmente a distintos sectores de la sociedad.

–¿Puede converger este contrapoder en una fuerza única de cara a las elecciones del 2013 y el 2015?

–No soy amigo de las conjeturas.

–Pero las elecciones están a la vuelta de la esquina…

–Mire, aceptado que estamos en un momento complejo, dominado por emociones muy fuertes, lo deseable sería que llegáramos a las urnas en el marco de un piso racional, mínimo en todo caso, de convivencia sustentada en el compromiso de ajuste sí o sí a la Constitución nacional. Pero el propio gobierno no parece interesado en un acuerdo de esta naturaleza. Mientras –por ejemplo– no oxigene el espacio político vía renunciar a los proyectos hegemónicos renunciando a la reelección de la presidenta, bueno, no hay motivos para ser optimista sobre la evolución de la política que va rumbo a elecciones.

–La dirigencia política argentina –toda– elude toda referencia a ciertos temas críticos. Los ignora. No habla del desequilibrio demográfico del país, no habla de la universidad, etcétera; sólo parlotea. ¿Qué es la dirigencia política argentina?

–¡Ah! Mire, se la puede explicar, caracterizar, desde muchos ángulos. Lo que usted señala creo que se vincula con las dificultades que siempre tuvimos para estabilizar la democracia vía partidos que representen intereses concretos e incluso –por supuesto– opuestos desde el mapa de ideas. La fuerza de muchas democracias modernas radica, por ejemplo, en que los intereses económicos se articulan a través de un partido capaz de obtener votos… partidos conservadores, claro. Un partido así estructurado tiene ideas y fija posiciones sobre el conjunto de temas nacionales, trabajan sus equipos técnicos, exploran ideas, están encima de esos problemas. Lo mismo pasa en el otro andarivel, como una fuerza socialdemócrata, que se apoya en otros intereses.

–¿Se profesionaliza la política?

–¡Trabaja en ideas, estudia!

–No se distrae, decía Arturo Frondizi…

–Claro. Desde hace mucho en la historia estamos pagando muy cara la ausencia de fuerzas políticas que representen intereses muy definidos y que, por lo tanto, confronten ideas, posturas, desde la legitimidad de trabajar en democracia.

–Desde el punto de vista doctrinario, programático en todo caso, ¿no encuentran diferencias entre los partidos políticos argentinos?

–Sí, claro que las hay. Pero, y siempre referenciándome en la historia y cómo nos ha marcado, son partidos que contienen todo. Ya desde la época del Partido Autonomista Nacional se configura un sistema de partidos con esa característica. Es decir, no hay diferenciaciones mayores en temas centrales. Por ejemplo, en Chile, con liberales y conservadores, y en Uruguay, con blancos y colorados, hay diferencias sobre la base de cuestiones Estado-religión o, por caso, sobre el gran debate del siglo XXI: la cuestión educativa. Y así otros temas. Pero acá los partidos nacen conteniendo todos esos matices en su propio seno. Le pasa al radicalismo, que se dividirá incluso a partir de las colisiones que generaba ese todo y luego le sucederá al peronismo, que es una versión extendida y agravada de ese tener todo.

–Martín Caparrós sostiene que el peronismo es como la línea 60: es una sola pero va a todos lados…

–Buena metáfora. Sólo una referencia: ¿cómo se entiende que Menem lograra defender el Consenso de Washington con no poco respaldo sindical? Esta matriz fundada en contener todo debilita en mucho la actividad intelectual, creadora, que debe tener un partido. Pero ahora, de cara al 2013, pensemos en los días complejos que vienen.

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

Natalio Botana, politólogo

(Continúa en la página 24)

(Viene de la página 23)


Natalio Botana hurga en la historia argentina desde las matrices más permanentes de los problemas que signan al país desde muy lejos en su vida. Así, su reflexión sobre pasado y presente se forja a partir del paciente desbrozar de las ideas que a partir del último cuarto del siglo XIX forjaron el progreso de Argentina y la decadencia que desvirtuó mucho de aquellos logros a lo largo del XX. Espíritu inquieto, generoso en la misión de sumar desde sus saberes a la tarea de preguntarse sobre el país, Botana –en convencimiento ajeno a todo voluntarismo– cree que es posible, “aunque no sé si probable”, que Argentina retome el camino del progreso. Pero para eso –“como mínimo”, sostiene– se requiere de un sistema institucional y fiscal aceptado por el conjunto como punto de partida para un nuevo país.

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