Operación delicada
Los movimientos que lideran Cavallo y Béliz no pueden darse el lujo de pactar con sus enemigos natos.
El surgimiento de lo que sería el Frepaso en la Capital Federal – distrito que el movimiento fundado por izquierdistas, disidentes peronistas y progresistas independientes nunca realmente logró trascender a pesar de los votos que recibió su candidato presidencial José Octavio Bordón en 1995 -, modificó para siempre la política nacional al posibilitar la formación de la coalición actualmente gobernante. De no haber sido por la irrupción del Frepaso, a la UCR no se le hubiera ocurrido remozarse asociándose estrechamente con otro movimiento, lo cual hubiera supuesto que hoy en día la Casa Rosada estaría ocupada ya por Eduardo Duhalde, ya por Carlos Menem. Sin embargo, no parece demasiado probable que en la ciudad más rica y más sofisticada de América latina esté por plasmarse una alternativa decente, de centro derecha, a la Alianza. A no ser que ésta termine dividiéndose, tal alternativa tendría forzosamente que combinar el poder electoral del peronismo con un liderazgo que entienda muy bien cómo funciona el mundo actual y que esté firmemente comprometido con la lucha contra la corrupción por razones éticas o, en su defecto, por comprender que en un planeta «globalizado» la deshonestidad sistemática sólo sirve para hacer insuperable el atraso.
Por ahora cuando menos, los esfuerzos por llevar a cabo esta operación política nada fácil, la cual consiguieron hacer de forma casi caricaturesca y con toda seguridad pasajera los menemistas, han tenido resultados muy poco felices. Aunque Domingo Cavallo cuenta con el apoyo de ciertos sectores peronistas, no puede darse el lujo de acercarse a sus dirigentes desprestigiados. Gustavo Béliz casi se las ingenió para volver al redil peronista, pero la reacción fue tan negativa que optó por poner pies en polvorosa. En cuanto a los líderes peronistas propiamente dichos, su situación difícilmente podría ser más patética: si no fuera por el hecho de que en el resto del país el PJ sigue siendo el movimiento más poderoso, su sucursal porteña ya hubiera dejado de existir.
Desgraciadamente para Cavallo y Béliz, ex ministros del gobierno del presidente Carlos Menem que lo abandonaron por sentirse incapaces de continuar conviviendo con la corrupción no meramente escandalosa sino también peligrosísima que lo caracterizaba, la mayoría de sus socios en potencia no tiene nada más que ofrecer que el derecho a hacer uso de su escudo partidario. En vista de la «lealtad» del electorado peronista, el cual consiste mayormente en los relativamente pobres y poco instruídos, dicho privilegio tiene cierto valor, pero las desventajas son tan grandes que los intentos de llegar a un acuerdo formal han resultado contraproducentes. Además de correr el riesgo de asustar a su clientela natural vinculándose ya con «impresentables» locales, ya con los dirigentes nacionales del menemismo, tanto Cavallo como Béliz sabrán a esta altura que si se aproximan a un dirigente peronista porteño que parezca estar en condiciones de garantizarles una cantidad respetable de votos, ofenderían a otros que bien podrían ser «dueños» de muchos más.
Por motivos evidentes, los políticos con vocación de poder que no se conforman con ser figuras testimoniales dignas de elogio, quizás, pero de papel simbólico, tienen que adaptarse a los votantes que en efecto existen, pero a menos que sean oportunistas inescrupulosos es necesario que respeten ciertos límites a su propia flexibilidad. Para que la Acción por la República de Cavallo o la Nueva Dirigencia belizista prosperen en el futuro, sus respectivos jefes – sin los cuales los dos movimientos se hundirían muy pronto – no podrán darse el lujo de traicionarse a sí mismos pactando con quienes son sus enemigos natos por encarnar todo cuando desprecian. Sin embargo, en el transcurso de la precampaña porteña, ambos dirigentes han emprendido tratativas con facciones políticas encabezadas por personas de reputación tan dudosa que el contacto con ellos puede haberles costado la posibilidad de obligar al aliancista Aníbal Ibarra a enfrentar al más votado de los dos en una segunda vuelta de desenlace imprevisible.