Blancura y discriminación

Por Roberto Samar y Emiliano Samar

«Negro de mierda». Seguramente es una frase que escuchaste o dijiste. En algún recreo de la escuela, tal vez por no hacer algo que el otro quería o al caminar una tarde por el barrio y despertar en alguien el deseo de insultar. Los negros de mierda fueron «cabecitas negras», villeros, paraguas, bolitas… Construimos nuestra identidad a partir de una otredad. Un supuesto “nosotros”, buenos y decentes, en oposición a un «ellos» visto como peligroso, temido y muchas veces estigmatizado.

Epítetos resultantes de un imaginario ficcional argento «europeo, blanco y poderoso» cuyas buenas costumbres se vieron y se ven amenazadas por otredades diversas. Imaginario que intenta negar, como sostiene un estudio de la UBA, que más del 56 % de las personas que habitamos este territorio tenemos sangre de los pueblos originarios, que las fronteras que nos separan con las hermanas y hermanos de la Patria Grande son arbitrarias y que, por más que fue históricamente negada, la población afrodescendiente en nuestro territorio es una realidad. El síndrome de «Doña Florinda», que describe Rafael Ton, pareciera estar presente en los discursos locales, donde se desprecia nuestras comunidades e identidades y se idealiza todo lo que sucede afuera, en los países del norte.

Según el Mapa Nacional de la Discriminación del INADI, «en línea con el paradigma eurocéntrico de la época», la República Argentina fue fundada como una «tierra desértica» a ocupar, promoviendo la inmigración europea para la importación de valores, costumbres y educación de calidad «propias» de un modelo de sociedad «civilizado».

Estos discursos hegemónicos se reproducen en la cultura a través de las plataformas digitales, los medios de comunicación y mediante la industria del entretenimiento, para luego hacerse presente en prácticas cotidianas. Gatilla automáticamente en discursos callejeros, en vestuarios de clubes, en publicidades, en medios de transporte. Y se repite en las aulas, los pasillos e incluso en salas de profesores y reuniones de familias en los ámbitos educativos.

«¿Yo prejuicios? Inventos tuyos. ¿Cuándo dije yo algo contra esos cochinos negros?» le decía Susanita a Mafalda. Ya en aquellos años Quino reflejaba el discurso discriminatorio en su reconocida historieta donde negros y pobres eran vistos de manera «pintorezca» ante los ojos de una clase media que accedía a una movilidad social que los recortaba de aquellos.

Bailey y Hall plantean que las identidades son siempre situacionales. Señalan que todos participamos en una serie de juegos políticos en torno de identidades fracturadas. Según esta posición `negro´ es una serie de experiencias. La discriminación configura una situación de vulneración que estigmatiza e interfiere violentamente en la construcción de la subjetividad. El orgullo de ser quien se es entra en tensión con la mirada discriminatoria del entorno. Así se cristaliza de manera híbrida aquello que se va construyendo como identidad. No se es «negro» solo por la procedencia, raíces o color, sino por lo que se le atribuye a un lugar frente a la hegemonía.

En el mito fundacional de nuestra Argentina blanca se fractura nuestra historia. Podríamos considerar la construcción de nuestra narrativa como nación a partir de las palabras del sociólogo Stuart Hall que explica en principio que la misma se encarga de contar solo determinadas experiencias, triunfos y desastres a partir de los relatos, literatura y medios de comunicación. Hall describe que «la identidad es formada y transformada continuamente con relación a los modos en que somos representados o llamados en los sistemas culturales que nos rodean».

«Negro de mierda» es la materialización de un lugar, un modo de ser vistos. Cristaliza la violencia y la discriminación en tres palabras. En el informe del INADI publicado en mayo del 2022 se describe que «la dimensión étnico-racial, a la que categorizamos como racismo estructural, aparece como el principal tipo de discriminación que sufren las personas por su color de piel, su nacionalidad, su situación socioeconómica, su lugar de origen y su pertenencia étnico-cultural, entre otras». También allí describe a las llamadas «redes sociales» y los ámbitos educativos como los espacios donde se perciben los mayores niveles de discriminación.

En el verano del 2020 a Fernando Báez Sosa le dijeron «negro de mierda» y mientras lo asesinaban esgrimían «me lo voy a llevar de trofeo». A Alfieri Welega Fresno le pegaron hace apenas unos días en Mar del Plata, luego de provocarlo reiteradamente llamándolo: «Ey negrito, negrito».

Para construir una sociedad más justa y menos violenta, es imprescindible que pensemos políticas públicas que cuestionen la matriz cultural racista que lamentablemente sigue estando presente. Pero también es necesario que problematicemos las prácticas cotidianas discriminatorias que reproducimos y naturalizamos.

Especialista en Comunicación y Culturas UNC. Profesor de la UNRN y Supervisor docente, Actor, Director de Teatro y escritor


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