Ese hombre

Un día lo elegimos presidente. Y fue un gran presidente. Nos devolvió casi seis años después una democracia que fue punto de partida para la recuperación de las instituciones para el porvenir.

Por Redacción

Por Gunardo Pedersen*

Había una vez… un hombre que se preparó toda la vida para trabajar por su país al que quería desde sus entrañas hasta la punta de sus cabellos.

Nació en un pueblo casi rural de la provincia de Buenos Aires, fue a la Escuela Primaria, Secundaria y a la Universidad pública, para recibirse de abogado.

Se afilió a un partido político que había pasado por grandes pruebas y grandes convicciones, al punto de no transar con las trampas del poder: real, imaginario, ideológico y apropiador.

Fue concejal, convencional, diputado, periodista, y siguió detrás de su sueño de instalar una democracia robusta y respetada por todos sus conciudadanos.

No le importaba el dinero. Trabajaba por y para sus ideales, y más de una vez se quedó “seco”. Cultivó amigos que creyeron en él, porque lo vieron coherente, idealista y llamado a servir a esta Argentina.

Asistió asombrado, y se indignó, cuando la corporación militar se apropió del gobierno de la Nación, una y otra vez. Allí se forjó y templó en sus convicciones. Se preparó y preparó su mensaje y su acción.

Recorrió primero su provincia en muchas jornadas extensas y fatigosas, pero siempre iluminado por sus ideales, que eran los ideales que él quería para su gente.

Cuando llegó la noche de la dictadura más feroz que conociéramos, se jugó por los desparecidos presentando habeas corpus, aun sabiendo que le podía costar su vida.

Nunca se sumó a los que siguieron la moda de la conveniencia personal. Siempre se dedicó al común de nuestros pobladores.

Un día lo elegimos presidente. Y fue un gran presidente. Nos devolvió casi seis años después una democracia que fue punto de partida para la recuperación de las instituciones para el porvenir.

No se retiró. No más de unos pocos metros. Para volver una y otra vez a luchar por sus ideas. Por su Argentina.

Ante la amenaza de la ruptura de la constitución, convocó al gobierno que andaba buscando la reelección presidencial.

El tango se baila de a dos. Y por su parte no le escapó al bulto.

El presidente que lo sucedió quería incorporar la reelección presidencial, y ese hombre se sentó a dialogar.

Negoció y concedió. Fue lo que se llamó “El pacto de Olivos”, un grupo de coincidencias básicas, que antecedieron a la Reforma Constitucional de 1994.

Sus adversarios se burlaron de él. Y muchos de sus correligionarios lo criticaron, hasta casi demolerlo, por haberse prestado a esta maniobra. “Traición” -le dijeron- algunos a los gritos, y otros desde el anonimato.

En la Reforma de la Constitución, concedió la reelección y el acortamiento del período presidencial, pero negoció y logró conquistas para el perfeccionamiento de nuestra democracia. Muchas.

Por ejemplo, la capacidad de que los ciudadanos de la Capital Federal eligieran sus propias autoridades en lugar de la designación por parte del presidente, como se vino haciendo durante más de cien años.

Hasta entonces, la reprobación de los funcionarios políticos se hacía por la vía del juicio político. Muchas veces se iniciaron. Muy pocas veces se concretaron. Los juicios políticos se perdían en los meandros de las leyes, las dilaciones y las influencias impresentables. Acá nadie iba preso. Y los jueces tenían poder de dilación de sentencias, de tal forma que podían demorar el juicio hasta la prescripción.

Ese hombre enfrentó con responsabilidad dos situaciones: Una cuando como presidente les dijo a los argentinos. “La Casa está en orden, y no hay sangre en la argentina”. Palabras que sus adversarios usaron para limarlo. Hoy sabemos que sus palabras eran el reaseguro de la democracia. Y la otra vez, cuando justipreció Olivos con la creación de las reformas convenidas y logró, como resultado valioso, la incorporación a la Constitución Nacional, el Colegio de la Magistratura y el Jury de Enjuiciamiento.

Días atrás, en esta tierra, nuestra Corte Suprema de Justicia, impuso la letra y el espíritu del Consejo de la Magistratura, ante los deseos de impunidad de otra presidente.

Ese hombre lograba un triunfo de la concepción de República, casi 40 años después de haber iniciado su camino más notorio en aquél pueblo casi rural de la provincia de Buenos Aires y a una década de dejarnos. Una vez más, había mirado más lejos que nosotros.

Ese hombre nos enseñó que los valores son los permanentes, y no los que convienen a los hombres y mujeres que manotean cualquier recurso para su conveniencia.

Estoy seguro de que ese hombre inspiró a los integrantes de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, a sentenciar conforme lo que conviene a nuestra patria.

Y en su recuerdo debemos reconocer que gobernó para todos los argentinos.

Ese hombre se llamó Raúl Ricardo Alfonsín. Nos sirva su ejemplo.

*Dirigente radical. Escritor. Villa la Angostura


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