Infancias, entre pantallas y encuentros

En un mundo cada vez más atravesado por dispositivos digitales, el desafío no es solamente discutir el tiempo de uso de las pantallas, sino también qué experiencias necesitan las infancias para crecer y desarrollarse plenamente.

En la sala de espera de un consultorio médico, una niña de apenas dos años desliza el dedo con naturalidad sobre la pantalla de un celular. A su alrededor, personas adultas miran también sus propios dispositivos. La escena ya no sorprende. Se volvió parte del paisaje cotidiano de la infancia contemporánea.

Celulares, tablets y televisores están cada vez más presentes en la vida de niñas y niños. La tecnología llegó para quedarse y sería ingenuo pensar que la solución consiste simplemente en prohibirla.

Pero esa no es la pregunta de fondo.

La pregunta que como sociedad necesitamos hacernos no es solamente cuánto tiempo pasan las infancias frente a una pantalla, sino qué experiencias quedan desplazadas cuando ese tiempo se vuelve predominante.

Quienes trabajamos en el Nivel Inicial lo vemos a diario. Niñas y niños muy pequeños que manejan con gran facilidad aplicaciones o plataformas de video, pero que encuentran mayores dificultades para sostener el juego compartido, esperar turnos o tolerar la frustración que aparece en el vínculo con otras personas.

La investigación en primera infancia viene advirtiendo sobre estos procesos. La Organización Mundial de la Salud recomienda que niñas y niños menores de dos años no tengan exposición a pantallas, y que entre los dos y cuatro años su uso sea muy limitado y supervisado. En la misma línea, la Academia Americana de Pediatría señala que la exposición temprana y prolongada puede afectar el desarrollo del lenguaje, la atención y la regulación emocional, especialmente cuando reemplaza el juego, la interacción y el vínculo con otras personas.

No se trata de responsabilizar a las familias. Criar hoy es una tarea compleja. Muchas madres, padres y personas cuidadoras enfrentan jornadas laborales extensas, preocupaciones económicas y poco tiempo disponible. En ese contexto, las pantallas aparecen —muchas veces— como una solución inmediata para entretener, calmar o distraer.

Pero la infancia necesita algo más que estímulos permanentes.

Necesita tiempo.

Tiempo para jugar, para moverse, para explorar, para ensuciarse, para imaginar. Tiempo incluso para aburrirse. Tiempo para encontrarse con otras personas, aprender a negociar, discutir, reconciliarse y construir vínculos. Experiencias simples en apariencia, pero profundamente formativas.

En distintos posicionamientos públicos, la Organización Mundial para la Educación Preescolar (OMEP) advierte sobre la importancia de garantizar experiencias de juego, interacción y exploración en la primera infancia. El desarrollo integral de niñas y niños no se construye en soledad ni frente a un dispositivo, sino en relación con otras personas, con el cuerpo, con los objetos y con el entorno.

La escuela, especialmente en el Nivel Inicial, cumple allí un papel irremplazable. El jardín ofrece un espacio donde el juego, la palabra, el movimiento y el encuentro vuelven a ocupar el centro de la experiencia educativa. Allí se aprende a compartir, a esperar, a escuchar y a formar parte de una comunidad.

En un contexto social en el que las pantallas ocupan cada vez más lugar en la vida cotidiana, el acceso a la educación en la primera infancia adquiere un valor aún más profundo. El jardín no es solo un espacio educativo: es un espacio que garantiza experiencias fundamentales que hoy no siempre pueden sostenerse en otros ámbitos.

En un mundo cada vez más atravesado por dispositivos y algoritmos, el desafío no es oponer pantallas y escuela, sino encontrar un equilibrio que permita a niñas y niños crecer en una cultura digital sin perder aquello que hace posible una infancia plena.

Porque cuando la infancia pierde tiempo de juego y de encuentro, algo de lo humano también se debilita.

Porque el verdadero derecho de la infancia no es solamente acceder a la tecnología. También es tener tiempo para jugar, para encontrarse con otras personas, para explorar el mundo con el cuerpo y para construir vínculos que ninguna pantalla puede reemplazar.

* Directora del Jardín 54 de Cervantes


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