La debacle de la democracia social
La izquierda moderada se ha separado de su base histórica, la clase trabajadora, que ahora en casi todas partes prefiere partidos más nacionalistas. Ya no se siente representada por los “progresistas” de clase media y alta.

Hasta hace muy poco, parecía evidente que el futuro pertenecería a la izquierda moderada. Los partidos socialdemócratas o sus equivalentes, todos comprometidos con aprovechar la capacidad productiva del capitalismo mientras garantizaban que los beneficios se compartieran equitativamente entre los menos favorecidos, gobernaban la mayoría de los países prósperos. Pragmáticos por naturaleza, a diferencia de sus rivales de la extrema izquierda o la derecha conservadora, se habían acostumbrado a adaptarse a circunstancias cambiantes. Por lo tanto, era razonable asumir que sobrevivirían durante mucho tiempo más.
Pero entonces todo empezó a salir mal. En un país tras otro, los partidos socialdemócratas perdieron terreno frente a la derecha nacionalista y la izquierda anticapitalista. El derrumbe fue más notable en Alemania, donde el año pasado el Partido Socialdemócrata, que había sido fundado en 1875, fue derrotado por los Demócratas Cristianos y superado por la explícitamente derechista Alternativa para Alemania. En otras partes de Europa ocurrió algo similar. Aunque el Partido Laborista británico todavía disfruta de una mayoría enorme en la Cámara de los Comunes, su índice de aprobación ha caído tanto que, si hoy se celebraran elecciones, compartiría el destino de su pariente alemán.
Entonces, ¿qué ocurrió? En toda Europa y, en considerable medida, en Estados Unidos, donde el Partido Demócrata de tendencia izquierdista atraviesa una crisis de identidad provocada por su incapacidad de frenar a Donald Trump, la izquierda moderada se ha separado de su base histórica, la clase trabajadora, que ahora en casi todas partes prefiere partidos más nacionalistas. Ya no se siente representada por los “progresistas” de clase media y alta que se han apoderado de movimientos que fueron creados para luchar por sus intereses materiales. Los votantes de clase trabajadora también tienden a oponerse firmemente a la agenda “woke” predicada por individuos fuertemente influenciados por feministas militantes, supuestos antirracistas que piensan de manera claramente racistas, la creciente influencia del islam radical y la promoción entusiasta de “minorías sexuales” como los travestis.
Así pues, la “lucha de clases” ha adoptado una nueva forma, ya que los izquierdistas no ocultan su desprecio por el “proletariado” que se niega a desempeñar el papel revolucionario que le fue asignado por los teóricos marxistas. En la mayoría de los países occidentales, los “progresistas” han llegado a tratar a quienes votan por partidos que consideran de derecha como ignorantes que son fácilmente engañados por demagogos porque son demasiado estúpidos para distinguir entre el bien y el mal.
El resentimiento es mutuo: para muchas personas de clase trabajadora, los integrantes de las élites progresistas son traidores que buscan reemplazar a la población nativa con extranjeros traídos de otras partes del mundo que, según creen, estarán felices de hacer trabajos sencillos por una miseria y, por supuesto, proporcionarles los votos que necesitarán para permanecer en el poder.
En tiempos anteriores, los partidos de izquierda se oponían a la inmigración masiva de personas no cualificadas porque deprimía los salarios que, por supuesto, era lo que querían los empresarios, pero este ya no es el caso. Después de llegar a la conclusión de que los trabajadores los habían decepcionado, los izquierdistas se declararon a favor de abrir las fronteras por lo que decían eran razones éticas y acusaron de xenofobia racista a cualquiera que no estuviera de acuerdo.
Como era de esperar, su actitud ha ampliado la brecha que los separa de una gran proporción de sus compatriotas que, en Europa, están preocupados por el rápido crecimiento de enclaves musulmanes que albergan no solo terroristas islámicos sino también un gran número de delincuentes sexuales, lo cual no es sorprendente dada la discrepancia entre las costumbres europeas y las que prevalecen en Oriente Medio y el Norte de África. En Estados Unidos, la situación es algo diferente, pero aun así la campaña de Trump para expulsar a los inmigrantes ilegales, que son principalmente de origen latinoamericano, sigue gozando de un amplio apoyo.
Lo que estamos viendo es un conflicto entre nacionalistas instintivos y globalistas, entre quienes dan prioridad a su propia comunidad particular por un lado y, por el otro, los que han adoptado un enfoque cosmopolita, Después de haberse dejado dominar por estos últimos durante muchos años, los supuestos reaccionarios que creen firmemente en el Estado nación están contraatacando y, tal como van las cosas, parecen tener probabilidades de salir victoriosos aunque solo sea porque superan en número a sus adversarios.

Hasta hace muy poco, parecía evidente que el futuro pertenecería a la izquierda moderada. Los partidos socialdemócratas o sus equivalentes, todos comprometidos con aprovechar la capacidad productiva del capitalismo mientras garantizaban que los beneficios se compartieran equitativamente entre los menos favorecidos, gobernaban la mayoría de los países prósperos. Pragmáticos por naturaleza, a diferencia de sus rivales de la extrema izquierda o la derecha conservadora, se habían acostumbrado a adaptarse a circunstancias cambiantes. Por lo tanto, era razonable asumir que sobrevivirían durante mucho tiempo más.
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