La Justicia en tiempos de IA
No es un oráculo que sustituye el conocimiento humano, lo potencia. Multiplica la capacidad de quien ya posee los conocimientos y puede convertir a un profesional competente en uno mucho más eficiente.

Así como J.R. Jiménez no pretendió hacer un tratado sobre los burros, sino contar desde la lírica cómo era Platero, ya jubilado, no escribo acá sobre aspectos teóricos de la IA, sino que intento hacer un aporte pragmático desde mi acotada experiencia.
El prestigio de la Justicia sufre embates por diferentes motivos, entre ellos su lentitud, que en parte obedece a la cantidad de causas que abarrotan los tribunales y a las normas de los procedimientos. “Justicia tardía no es justicia” es un aforismo que tiene consecuencias concretas.
Una absolución años después puede arruinar una vida. Una condena tardía puede diluir la función de la pena. Un largo litigio civil puede equivaler a denegación material del derecho. Una cautelar que llega cuando el daño ya ocurrió es, en los hechos, inútil.
El sistema judicial funcionaba antaño con una premisa implícita: la capacidad humana era el límite natural. La IA y la automatización destruyen esa premisa y obligan a dar el siguiente paso: pensar sistemas judiciales que interactúen con otros sistemas inteligentes.
Hay países que ya usan sistemas automáticos para causas menores, algunas de ellas tramitadas de manera virtual. En la Argentina, la informática también se ha incorporado para digitalizar expedientes, notificaciones, firmas electrónicas, etc. Todo ello agiliza el proceso, sin afectar el núcleo del trabajo intelectual del juez.
Pero, así como el tren bala japonés nació cuando se comprendió que no bastaba mejorar el ferrocarril existente, sino que era necesario rediseñar el sistema, también la Justicia necesita un “efecto Shinkansen”: un cambio profundo de concepción, no sólo reformas parciales.
Los litigantes redactarán escritos con ayuda de IA en minutos, y si el tribunal siguiera analizándolos con métodos arcaicos, sin incorporar herramientas equivalentes, puede producirse una paradoja: destinada a acelerar el trabajo terminaría generando una nueva fuente de morosidad.
La IA, capaz de procesar en segundos enormes volúmenes de información y, cuando dispone de acceso a fuentes, localizarlas y relacionarlas, debe incorporarse precisamente a ese núcleo como herramienta auxiliar. No se trata de delegar el razonamiento, la decisión debe seguir siendo humana.
Debe usarse para tareas de asistencia, búsqueda de información, formulación de hipótesis, redacción de proyectos. Por cierto, a veces alucina, se equivoca u omite datos importantes, falencias que irán disminuyendo al evolucionar los modelos y el entrenamiento.Pero creo que, utilizada con criterio, el balance entre beneficios y errores es notoriamente favorable.
Es una herramienta poderosa cuyos errores deben ser controlados críticamente por quien posea conocimientos suficientes sobre la materia que se aborda. Su ayuda permite, a quien la utilice con prudencia, un ahorro considerable de tiempo y esfuerzos.
Por supuesto, como un martillo o un bisturí, puede ser usada como un arma peligrosa, capaz de destruir, en lugar de ayudar a construir o a remediar; la humanidad deberá tomar las precauciones necesarias para evitar su utilización con fines espurios y sus efectos indeseados sobre los sistemas educativos.
La IA no es un oráculo que sustituye el conocimiento humano, lo potencia. Multiplica la capacidad de quien ya posee los conocimientos y puede convertir a un profesional competente en uno mucho más eficiente. El profesional adquiere con esta ayuda más tiempo para pensar, valorar y decidir adecuadamente.
LA IA Y YO. Mi experiencia personal, aunque acotada, confirma esa impresión. Ojalá hubiera llegado antes, cuando ejercí la profesión de abogado, cuando fui fiscal y juez durante casi medio siglo. Ahora solo la uso para cuestiones personales, para analizar documentos, confrontar argumentos, detectar contradicciones y elaborar proyectos de escritos sobre variados temas.
El procedimiento no consiste en formular una pregunta y aceptar una respuesta. Propongo una tesis, la IA la cuestiona o desarrolla; reviso sus argumentos, descarto algunos, corrijo otros y vuelvo a someter el resultado a examen. En poco tiempo pueden producirse escritos que antes hubieran demandado jornadas de trabajo. La decisión sobre qué argumento es correcto y qué texto finalmente suscribiré, sigue siendo mía.
No resulta difícil imaginar el mismo método dentro de un proceso judicial. Sistemas de IA podrían asistir a las partes en la elaboración de sus planteos; otros, independientes de aquéllos, auxiliar a funcionarios y magistrados para verificar citas y precedentes, ordenar prueba, detectar argumentos omitidos o contradicciones y someter los proyectos de resolución a controles críticos antes de la firma.
No sería una IA juzgando a otra IA: serían profesionales utilizando herramientas distintas que no necesariamente dependen del mismo sistema, de las mismas fuentes o de los mismos sesgos, y que se controlan recíprocamente, mientras la responsabilidad de alegar, dictaminar y decidir continúa perteneciendo a personas identificables. Se plantea una arquitectura posible del proceso judicial futuro, con la garantía de que ningún actor monopoliza la construcción de la verdad procesal.
*Abogado. Excamarista penal de Río Negro.

Así como J.R. Jiménez no pretendió hacer un tratado sobre los burros, sino contar desde la lírica cómo era Platero, ya jubilado, no escribo acá sobre aspectos teóricos de la IA, sino que intento hacer un aporte pragmático desde mi acotada experiencia.
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