La crueldad del fútbol
En los estadios, tanto en el campo como en las gradas, las funciones emocionales del cerebro brotan a flor de piel, eyectando pasiones primitivas que alimentan una industria insaciable.

El fútbol profesional es una de las artes más crueles de nuestro tiempo. Un escenario donde no existen los términos medios y donde la distancia entre la gloria y el repudio se mide en milímetros, en un mal apoyo o en el caprichoso pique de una pelota.
El resultado exige héroes perfectos y victorias inmediatas. En los estadios, tanto en el campo como en las gradas, las funciones emocionales del cerebro brotan a flor de piel, eyectando pasiones primitivas que alimentan una industria insaciable.
Las definiciones «mata a mata» llevan ese estado al paroxismo: el triunfo glorifica y la derrota te tironea la alfombra roja bajo los pies en un santiamén.
Allí radica la mueca amarga del juego. Tan desconsiderados son sus giros que Santiago Beltrán, el joven arquero de River, pasó en minutos de tocar el cielo con las manos a pedir perdón con la voz quebrada.
Había sostenido a su equipo, atajó tres penales en una tanda dramática de Copa Sudamericana frente a Independiente de Santa Fe de Colombia-dos de ellos match point como para liquidar la historia-.
Pero el destino le reservó el último acto, al errar su propia ejecución desde los doce pasos, signó la eliminación millonaria. Ni el aplauso del Monumental borró su bronca, ni el peso del fallido remate.
Esa misma volatilidad devoró a la Selección Argentina en la final del reciente mundial norteamericano. Del romance global tras perforar el cielo en Qatar y los triunfos agónicos en suelo estadounidense, donde todo el planeta aspiraba a ser albiceleste, se pasó en un suspiro al juzgamiento.
Bastó la caída en una final por la mínima diferencia, para que Lionel Messi- que hasta el último partido con España venía siendo el mejor del torneo, superando los méritos del propio Rodri- fuera despojado del cetro por los mismos jueces que hasta minutos antes, celebraban su coronación. De un plumazo, la Scaloneta y su capitán debieron bajarse del pedestal eterno, para someterse de nuevo a la guillotina del resultado.
La frialdad del sistema no solo habita en la redonda, sino en los escritorios. Julián Álvarez, intachable y querido por todos, subrepticiamente pasó a ser abucheado por la misma afición aletica que lo idolatraba.
Es cierto que los contratos se firman para cumplirse, pero también que existieron pactos de palabra -de esos que jamás se reconocerán- que también debieran ser satisfechos. Ver salir a un futbolista solo del campo por una directiva dirigencial, resulta una decisión tan primitiva como poco inteligente.
A esta vorágine se suma el descabezamiento de un proyecto tambaleante: la misma noche de la caída en los penales, el ciclo de Eduardo Coudet llegó definitivamente a su fin.
Y cuando el alma parece estar a salvo, es el propio cuerpo el que traiciona. Tomás Aranda en Boca, en la plenitud de su carrera, sufrió el golpe de una fractura de peroné que congeló su ascenso en un instante, reeditando el calvario que en su momento atravesó el Changuito Zeballos.
En el fútbol de hoy no hay lugar para La Sorbona. No hay espacio para la contemplación ni para los juicios de valor, siendo hasta contracultural, una columna como la presente.
La dificultad extrema que implica mantenerse sin incurrir en el error, es la rueda que hace girar este negocio donde el show no se detiene nunca, sin importar quién caiga en el camino.
Quizás sea por esta existencia expuesta y tan corta, que el futbolista gana lo que gana en tan poco tiempo de vida.
Porque en noventa minutos le toca habitar una síntesis de la vida misma: una experiencia profundamente inhumana que nos fascina como tontos, precisamente por ser en el fondo, tan despiadadamente humana.
*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

El fútbol profesional es una de las artes más crueles de nuestro tiempo. Un escenario donde no existen los términos medios y donde la distancia entre la gloria y el repudio se mide en milímetros, en un mal apoyo o en el caprichoso pique de una pelota.
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