Mariela Bertolino, médica y maestra en cuidados paliativos

Aliviar el dolor, dignificar el final de la vida, sostener a los pacientes y a sus familias en el momento más frágil. Esa fue la tarea silenciosa que Bertolino eligió durante décadas.

La doctora Mariela Bertolino fue una médica clínica, roquense, patagónica y argentina. Una de las figuras más importantes en el desarrollo de los cuidados paliativos en el país y en América Latina. Creadora y coordinadora de la unidad de cuidados paliativos del Hospital Tornú (un centro pionero en atención, formación e investigación en esa especialidad). Dedicó su vida a construir un modo profundamente humano de ejercer la medicina.

Se formó internacionalmente en Canadá y Francia en la década de 1990, especializándose en medicina paliativa y oncología clínica, y llegó a presidir la Asociación Argentina de Medicina y Cuidados Paliativos entre 2006 y 2008. A lo largo de su trayectoria formó a generaciones de profesionales de la salud y su trabajo influyó en equipos médicos de toda Latinoamérica.

Su legado está ligado a una idea esencial de la medicina: acompañar el dolor, dignificar la vida hasta el final y cuidar cuando ya no hay cura.

En las páginas de los diarios y en las redes sociales suele haber despedidas extensas cuando fallece un político o un funcionario. Fotografías, crónicas, recuerdos, declaraciones.

Es comprensible: la política ocupa un lugar central en la vida pública y quienes la ejercen tienen visibilidad. Pero cada tanto ocurre algo que debería invitarnos a pensar. Hay personas que dedicaron su vida a enseñar, a cuidar y acompañar el dolor de otros, y su partida pasa casi en silencio. Mariela Bertolino fue una de ellas.

Los cuidados paliativos tienen una misión profundamente humana: acompañar cuando la medicina ya no puede curar, pero todavía puede cuidar.

Aliviar el dolor, dignificar el final de la vida, sostener a los pacientes y a sus familias en el momento más frágil. Esa fue la tarea silenciosa que Bertolino eligió durante décadas. No fue candidata. No ocupó cargos partidarios. No encabezó actos ni discursos.

Simplemente eligió una forma de ejercer la medicina que exige una enorme humanidad: estar cerca del sufrimiento de los demás.

Sin embargo, su muerte (como la de tantos docentes, médicos, científicos o todas aquellas personas que dejan huella real en la vida de la gente), muchas veces apenas encuentra lugar en los espacios donde solemos narrar la historia cotidiana de nuestra sociedad. No se trata de una crítica personal hacia ningún medio ni hacia nadie en particular.

Es más bien una pregunta que nos interpela a todos: ¿Qué vidas decide recordar la sociedad? ¿Y cuáles deja ir en silencio? Tal vez la respuesta tenga que ver con la visibilidad, con el poder o con la lógica de lo que consideramos noticia.

Pero también dice algo sobre nuestras prioridades. Porque muchas veces quienes más transforman el mundo no lo hacen desde un escenario ni desde una banca, sino desde lugares mucho más discretos: un aula, un hospital, un consultorio o desde la entrega voluntaria. Y allí, lejos de los reflectores, también se construye la historia. Tal vez el problema no sea que los diarios hablen de los poderosos cuando mueren. Tal vez el verdadero problema sea el silencio cuando mueren los maestros de la vida. ¡Gracias por tanto amorMariela!


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