Memoria de Carlos Fuentealba

No se trata de imponer, sino de habilitar preguntas: ¿qué derechos estaban en juego en 2007? ¿Qué condiciones laborales y educativas se disputaban?

Por Anaclara González

Bicicleteada a 19 años del asesinato de Carlos Fuentealba en Neuquén

A 19 años del asesinato de Carlos Fuentealba, la memoria no se aquieta: se expande, interpela y se vuelve compromiso cotidiano. No se trata solo de recordar un hecho trágico ocurrido el 4 de abril de 2007 en la provincia de Neuquén, sino de sostener una pregunta profunda que atraviesa el tiempo: ¿qué significa hoy educar, luchar y enseñar en una sociedad que aún arrastra desigualdades, violencias y deudas históricas?

Carlos era mucho más que un nombre en una consigna. Era un docente, un trabajador de la educación, un militante comprometido con la escuela pública, con la dignidad de sus estudiantes y con la convicción de que enseñar es también un acto político. Su asesinato, en el marco de una protesta docente, no fue un hecho aislado ni accidental: fue la expresión más cruda de la violencia estatal contra quienes reclaman derechos básicos, contra quienes creen que otro futuro es posible.

A casi dos décadas, su figura se ha transformado en símbolo. Pero un símbolo vivo, incómodo, que nos obliga a no naturalizar la injusticia. Recordar a Fuentealba es sostener la memoria activa, no como un ritual vacío, sino como una práctica transformadora. Es preguntarnos, como comunidad educativa, qué lugar ocupa hoy la escuela pública, qué voces se escuchan en ella y cuáles aún siguen siendo silenciadas.

En este sentido, el trabajo que se realiza en el CPEM 69 resulta profundamente significativo. Allí, la memoria no se limita a un acto escolar anual, sino que se construye día a día en las aulas, en los pasillos, en los vínculos. Estudiantes y docentes se convierten en protagonistas de un ejercicio colectivo de reflexión, donde el pasado se enlaza con el presente para proyectar un futuro más justo.

Las propuestas pedagógicas que emergen desde esta institución -como espacios de debate, producciones escritas, intervenciones artísticas y proyectos interdisciplinarios- permiten que las nuevas generaciones se apropien de la historia, la cuestionen y la resignifiquen. No se trata de imponer una memoria, sino de habilitar preguntas: ¿qué derechos estaban en juego en 2007? ¿Qué condiciones laborales y educativas se disputaban? ¿Qué formas de participación y organización siguen siendo necesarias hoy?

En un contexto donde muchas veces predomina la inmediatez y el olvido, sostener la memoria de Fuentealba implica resistir. Resistir a la indiferencia, a la fragmentación, al individualismo. Implica también reconocer que la educación no es neutral, que está atravesada por tensiones sociales, políticas y económicas, y que quienes la habitan tienen la responsabilidad —y el poder— de transformarla.

La escuela, entonces, se vuelve territorio de memoria. Y en ese territorio, el legado de Fuentealba se hace presente cada vez que un docente decide enseñar desde el compromiso, cada vez que un estudiante levanta la voz, cada vez que una comunidad se organiza para defender sus derechos. La memoria se vuelve acción cuando se traduce en prácticas concretas, en gestos cotidianos, en decisiones colectivas.

A 19 años, la pregunta por la justicia sigue abierta. Si bien hubo avances en el plano judicial, la dimensión política y social del crimen continúa interpelando a la democracia argentina. ¿Qué garantías existen hoy para quienes reclaman? ¿Qué lugar ocupa el Estado frente a las demandas sociales? ¿Qué aprendizajes dejó aquel 4 de abril?

Recordar a Carlos Fuentealba es también asumir que la memoria no es un acto del pasado, sino una construcción del presente. Es entender que cada generación tiene la tarea de reescribirla, de actualizarla, de sostenerla viva. En el CPEM 69, esa tarea se encarna en prácticas educativas que apuestan a la formación de sujetos críticos, sensibles y comprometidos.

Porque la memoria, cuando es colectiva, se vuelve fuerza. Y cuando se articula con la educación, se transforma en herramienta de cambio. A 19 años, Carlos Fuentealba sigue enseñando. No desde un aula física, sino desde la historia que dejó y desde las luchas que continúan.

Su nombre no es solo recuerdo: es pregunta, es denuncia, es horizonte. Y mientras haya una escuela que lo nombre, una docente que lo enseñe, un estudiante que pregunte quién fue y por qué lo mataron, la memoria seguirá viva. No como consigna, sino como práctica. No como pasado, sino como presente en movimiento.

* Docente CPEM 69


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