Según lo veo…: la demoracia en tiempos de cólera
por James Neilson
Hay varias formas de interpretar el resultado de las PASO del mes pasado. ¿Fue sólo una manifestación masiva de bronca popular, del deseo de castigar a los políticos y sus aliados de una elite corporativista parasitaria que, a juicio de Milei y otros, se han acostumbrado a vivir del trabajo ajeno? ¿O fue algo más constructivo, una expresión de la voluntad generalizada de dejar atrás el populismo voluntarista que domina la vida pública desde hace casi un siglo?
Aunque nadie sabe la respuesta a tales preguntas, no cabe duda de que, terminada la fase electoral, Argentina será sometida a muchos cambios drásticos. Lo será no porque la ciudadanía lo quiere sino porque el statu quo no podrá prolongarse por más tiempo. Los datos son contundentes. La inflación – en otras latitudes, sería calificada de hiperinflación –, está destruyendo una economía ya destartalada, la escasez de reservas, la incapacidad de conseguir más créditos que los proporcionados por el FMI o, a cuentagotas, por China y algún emirato árabe, lo casi imposible que es importar insumos imprescindibles y una larga etcétera, pintan un cuadro que difícilmente podría ser más desolador.
Pase lo que pase, el próximo gobierno tendrá que tomar medidas muy fuertes que a buen seguro se verán resistidas por quienes no quieren figurar entre los perdedores. Los únicos que rehúsan reconocerlo son aquellos kirchneristas más fanatizados que preferirían una “solución” venezolana o cubana en que depauperarían a todos salvo, esperarían, a ellos mismos, pero cuesta creer que su propio candidato presidencial, Sergio Massa, tendría interés en asumir responsabilidad por una catástrofe de tamaña magnitud.
Lo más probable sería que, en el caso de que lograra superar a sus contrincantes en las elecciones definitivas, Massa eligiera una estrategia similar a la propuesta por el equipo económico encabezado por Carlos Melconian con el que Patricia Bullrich se ha aliado, una que, temas como la dolarización plena aparte, se parece bastante a la planteada por Milei.
Como Bullrich, Massa se ve perjudicado por el ala más populista del movimiento que representa. Por ahora, no puede romper con el kirchnerismo porque necesita los votos obtenidos en las primarias por Juan Grabois, además de aquellos de otros peronistas que dan prioridad a sus propios intereses. Por su parte, Bullrich se siente constreñida a reconciliarse con Horacio Rodríguez Larreta y a congraciarse con radicales que la toman por una vengadora derechista; por lo tanto, está asumiendo posturas que, a ojos de los seducidos por la vehemencia de Milei, brindan una impresión de debilidad que la está perjudicando.
Los candidatos de las dos coaliciones que, hasta hace muy poco, alentaban la ilusión de que, andando el tiempo, el país tendría un sistema político bipartidista relativamente estable parecido al norteamericano o británico, se encuentran en desventaja frente a Milei que, a diferencia de ellos, no tiene que intentar apaciguar a ningún sector interno que podría rebelarse contra su liderazgo. Como Larreta acaba de aprender, lo que el electorado más quiere no es la moderación sino un grado de firmeza que sea apropiado para los tiempos que corren.
Para Jorge Luis Borges, la democracia era “un abuso de la estadística” porque, como señaló, no había motivos para “suponer que la mayoría de la gente entiende de política”. Acertaba el poeta y cuentista, pero por absurdo que pueda parecer permitir que el destino de una nación quede en manos de una multitud de personas que, a juzgar por los datos disponibles, apenas saben leer y escribir, la verdad es que en casi todos los países la democracia ha funcionado mucho mejor que las alternativas de apariencia más racional que se han ensayado. Si bien a veces abre las puertas a gobiernos terribles, con tal que el sistema sobreviva, también posibilita su reemplazo por otros que sean menos dañinos.
¿Será éste el caso si en octubre o noviembre triunfa Javier Milei que, bien que mal, se ha erigido en el favorito para ganar la carrera presidencial? Algunos convencidos de que saldrá primero ya están preparándose para un período de turbulencia extrema; no creen que el libertario colérico que representa mejor que nadie la ira que tantos sienten por lo que ha sucedido a la sociedad de la que dependen sea capaz de mantenerse en el poder por mucho tiempo a menos que reciba el apoyo decidido de un sector importante de “la casta” que, hasta cierto punto, comparte su fe en los mercados. Será por tal razón que Mauricio Macri sigue tratándolo como un aliado en potencia. ¿Se ha resignado a ver derrotada a Patricia Bullrich? Si bien el expresidente lo niega, insiste en mantener abierta la opción así supuesta.