Todo hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro

La neurociencia moderna ha demostrado que el cerebro no cambia por lo que hacemos una vez, sino por aquello que repetimos regularmente.

Esta célebre frase de Santiago Ramón y Cajal, considerado el padre de la neurociencia moderna, fue escrita mucho antes de que existieran las modernas técnicas capaces de observar el cerebro en funcionamiento. Sin embargo, más de un siglo después, la ciencia le está dando la razón.

Durante gran parte del siglo XX se creyó que el cerebro adulto era una estructura fija, incapaz de cambiar significativamente después de la infancia. Hoy sabemos que no es así. El cerebro posee una extraordinaria capacidad para modificarse a lo largo de toda la vida. A esta propiedad la llamamos neuroplasticidad.

La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para reorganizar sus conexiones y adaptarse continuamente a las experiencias que vivimos. Cada aprendizaje, cada emoción, cada hábito y cada interacción con el entorno dejan una huella física en nuestro cerebro.

Cuando aprendemos una habilidad nueva, practicamos un idioma, realizamos actividad física o desarrollamos nuevas formas de afrontar los desafíos cotidianos, millones de neuronas modifican sus conexiones. El cerebro no permanece inmóvil: cambia constantemente.

Sin embargo, existe un aspecto menos conocido. No todos los cambios cerebrales son necesariamente beneficiosos. El cerebro aprende aquello que repetimos. Si practicamos hábitos saludables, fortalecemos circuitos relacionados con el bienestar y la resiliencia. Pero si repetimos conductas asociadas al estrés crónico, la ansiedad o las adicciones, esas redes también pueden fortalecerse.

La neuroplasticidad no distingue entre hábitos saludables y perjudiciales. Aprende de la repetición.

Quizás el mensaje más importante sea que nuestros hábitos cotidianos importan. Dormir adecuadamente, mantener relaciones significativas, realizar actividad física, aprender cosas nuevas y cuidar nuestra salud emocional no solo mejoran nuestro bienestar presente; también participan activamente en la construcción del cerebro que tendremos en el futuro.

Las neurociencias han demostrado que el cerebro humano se desarrolla y se transforma en relación con otros. El afecto, la compañía, la amistad, la empatía y el amor constituyen experiencias biológicas capaces de influir sobre los circuitos cerebrales relacionados con el estrés, la seguridad y el bienestar. En cierto modo, también somos moldeados por los vínculos que cultivamos.

Ramón y Cajal intuía esta realidad cuando afirmó que cada persona puede convertirse en escultor de su propio cerebro.

Por eso quiero compartir dos ejercicios sencillos para comenzar hoy mismo:

1. Escuche su canción favorita durante cinco minutos. Cuando una situación cotidiana le genere estrés, ansiedad, preocupación o incertidumbre, deténgase cinco minutos y escuche su canción favorita. Si puede cantarla, mejor aún. Investigadores como Daniel Levitin y Nina Kraus han demostrado que la música activa simultáneamente circuitos relacionados con la emoción, la atención, la memoria y la recompensa.

2. Dedique unos minutos a bailar. Al finalizar la jornada, antes de continuar con las obligaciones diarias, dedique algunos minutos a bailar. No importa la edad ni la habilidad. El baile integra movimiento, coordinación, emoción, atención y aprendizaje. Michael Merzenich, uno de los pioneros en neuroplasticidad, demostró que el cerebro cambia cuando es desafiado por experiencias complejas y enriquecidas. Quizás parezcan acciones pequeñas. Sin embargo, la neurociencia moderna ha demostrado que el cerebro no cambia por lo que hacemos una vez, sino por aquello que repetimos regularmente.

La pregunta es: ¿qué tipo de cerebro estamos construyendo cada día? Siglos antes, Plutarco había expresado una idea que hoy mantiene plena vigencia:

“La mente no es un vaso por llenar, sino un fuego por encender.” La neurociencia moderna parece confirmar que tanto Plutarco como Ramón y Cajal tenían razón. Cada experiencia, cada aprendizaje, cada vínculo y cada hábito alimentan ese fuego y contribuyen a moldear, día tras día, la arquitectura de nuestro cerebro.

* Licenciada en Kinesiología y Fisioterapia. Maestranda en Neurociencias.


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