Otra dimensión

Redacción

Por Redacción

La Peña

El paso del tiempo, la nostalgia, los años y la madurez que llegan inevitablemente con eso, podrían ser una explicación, pero no estoy tan seguro de que sea esa la razón.

No lo sé explicar pero lo siento. El hecho de valorizar las cosas que en otro tiempo me parecían más comunes, darle más importancia por ejemplo a las calles de mi pueblo, a la plaza principal, a los caminos de tierra que fueron siempre así, a las montañas imponentes, al cielo azul incontrastable.

Parece un pavada el elogio de las cosas cotidianas, es como agradecer cada día el sol que nos ilumina y nos da calor, pero cuando uno va creciendo, se da cuenta que cada uno de esos fenómenos nos acompañó de por vida en cada instante de nuestras vidas.

Me pasa cuando vuelvo a mi pueblo. Y vuelvo por afectos acumulados, por necesidad de sentir y respirar su clima, sus aromas son muy especiales y cada cosa me lleva a un lugar en el tiempo, en mi infancia. Es inevitable asociar el aroma del pan con la escuela en esa época, porque era parte del inevitable camino cotidiano.

No puedo dejar de asociar el aroma del guiso con la hora de la comida en la escuela, con platos enlozados y una larga cola. Hay para todos decía la portera y sabíamos que era verdad, que esperar para comer era vital para no perderse semejante manjar.

El aroma de las flores, ese que muchas veces pasa inadvertido en las grandes ciudades, se percibe nítido en el pueblo. Cada vez que el lapacho florecía era cuestión de admirar la imponente belleza pero también sentir y disfrutar el aroma de sus flores multiplicadas por miles.

Era inconfundible y lo volví a percibir, el aroma y los colores de los naranjos se instalaban cada año en las calles del pueblo. Mi madre decía que cada cuadra tenía un aroma particular. Y era así.

Tal vez esos mismos aromas se repitieran en cada pueblo. No había regador en mis calles, pero se sentía con mucha nitidez el olor a tierra mojada ante la primera llovizna.

Aprendí a apreciar el poco caudal del río de mi pueblo, apenas un hilo de agua que se perdía en la inmensidad. Pero era todo un espectáculo verlo, sentir el ruido de sus aguas y las piedras que se acomodaban cada vez que llovía. Ni punto de comparación con las aguas de los ríos patagónicos interminables e imponentes. Pero aún así, aprendimos a apreciar cada curva de su paisaje.

Jamás presté atención a un barrio de mi pueblo llamado Villavil, pero dos décadas después volví y me decidí en cierto modo a descubrirlo. Su clima, sus colores, sentir que estaba a un pasito de la montaña, que sus plantas y flores silvestres surgían sin parar, sus calles interminables irregulares y sin forma, con casas de generosos terrenos donde no faltan las higueras, las uvas, los duraznos chatos como les llaman allá a los duraznos japoneses.

Allí pude probar la miel sin más agregados que miel. Es decir naturaleza pura. Allí la gente que ve un vehículo desconocido se detiene y pregunta quién es. Y son hospitalarios, buenos anfitriones. No hay hoteles, bares ni comedores, sólo buenos vecinos amables y atentos. Para ellos ir a la villa es ir al pueblo situado a unos pocos kilómetros.

Esas pequeñas grandes cosas tal vez pasen por la mirada y por el corazón, porque no siempre estamos en condiciones de apreciar el valor de una montaña, un río o una enorme piedra. Ahora sí, a mi edad, aprendí a sentir que las cosas tienen una dimensión mayor a la que siempre les di, que la plaza es una caja enorme donde pasa parte de la vida de cada uno de los que pudieron pisar sus caminitos. Me siento y cierro los ojos e imagino cada vecino en su recorrido habitual. Memoria afectiva o mirada madura. Pero lo cierto es que todo tiene hoy otra dimensión.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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