Otro aniversario

Redacción

Por Redacción

La “Primavera silenciosa” fue un toque de alarma dado por una bióloga en 1962 sobre los efectos de la contaminación de la Tierra, que desde entonces no ha dejado de agravarse. Aunque los pájaros no se extinguieron, como Rachel Carson pronosticaba, tal vez con la intención de dar una fuerte sacudida a la conciencia mundial, muchas otras especies lo han hecho y se habla no de la primera extinción masiva de especies animales y vegetales pero sí de la primera de origen humano. En 1972, el Club de Roma publicó un trabajo que había encargado a un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) encabezado por la investigadora D. H. Meadows, un estudio prospectivo de las tendencias universales en previsión de un eventual colapso de los recursos necesarios para mantener la población humana en marcha –en, aproximadamente, las condiciones actuales de población y su ritmo de aumento, producción de alimentos, producción industrial, contaminación ambiental y consumo de recursos no renovables–. Se investigaron varios modelos matemáticos, limitados por las potencialidades de las computadoras de hace cuarenta años, y se llegó a la conclusión de que, continuando con las tendencias activas en aquella época, se produciría un colapso de los recursos naturales y humanos hacia mediados del siglo XXI. Los modelos del Club de Roma causaron un considerable revuelo y alarma. Después del libro de Carson y varios otros llamados de atención, ahora eran los modelos matemáticos los que predecían el derrumbe, salvo que el mundo se resignara a permanecer en el estado en que se encontraba en ese momento. La continuación de la curva de crecimiento en todos los aspectos mencionados conducía a un colapso y aún se tenían ideas muy generales acerca de los cambios climáticos. “Crecimiento cero” fue la consigna. Ocurrieron entonces dos cosas. Es decir, una de ellas no ocurrió; los países pobres y los pobres de los países ricos pusieron el grito en el cielo: crecimiento cero significaba condenar a esos sectores al mismo nivel de pobreza en el que estaban, ya que los modelos predecían sus resultados bajo las condiciones de “business as usual” –es decir, si no se modificaban sustancialmente las condiciones de crecimiento en marcha ni el modelo de desarrollo vigente– entonces y ahora. Además, el modelo se calificó de neomaltusiano. En el 2008 los mismos investigadores –o, por lo menos, la misma Meadows del MIT– volvieron a examinar sus predicciones, con máquinas más poderosas pero bajo las mismas hipótesis actualizadas convenientemente, y llegaron a resultados parecidos: de continuar como hasta ahora –ya que nadie había modificado su comportamiento ni se habían cambiado las pautas y los objetivos de crecimiento– el planeta llegaría a un colapso hacia mediados de este siglo. Este estudio fue mucho menos publicitado que el primero, como era de esperar. Significaba que, aun ante una advertencia tan autorizada como la del equipo del MIT, no se habían modificado las tendencias ni los objetivos del crecimiento constante del consumo y de la población –aunque ésta presenta leves síntomas de que podrá estabilizarse en 10 u 11 miles de millones de seres humanos en un plazo que no tenemos–. Por el contrario, se ha seguido creciendo exactamente en la dirección en que “Los límites al crecimiento” habían previsto en la más pesimista de sus hipótesis. Pero ocurrió otra cosa, mucho menos publicitada y aún ahora casi desconocida. Ocurrió en Bariloche, para más datos. Fue realizada por un grupo de investigación de la Fundación Bariloche, encabezado por Amílcar Herrera. El “modelo latinoamericano” se planteó la misma pregunta que los del MIT, pero la dieron vuelta: supongamos que los recursos naturales no se usaran como hasta ahora. Supongamos que se usaran racionalmente y no en pos de una sustentabilidad que los cálculos mostraban que era imposible de lograr. Supongamos que los recursos se dedicaran a resolver los problemas básicos de la especie humana. Supongamos que el objetivo de las actividades económicas y tecnológicas no fuera el crecimiento sin límites. ¿Qué pasaría si la humanidad se propusiera, en cambio, resolver sus problemas? Los requerimientos básicos son bastante modestos, después de todo: comida, albergue, salud, educación, justicia, comunicaciones –pero con sentido, no como herramienta de la incomunicación–, control de la población y muy poco más. Los barilochenses usaron medios tecnológicos semejantes a los del MIT, porque otros aún no había, pero construyeron sus modelos con estas nuevas hipótesis. Es evidente que los modelos matemáticos no son profecías sino que trabajan sobre hipótesis: lo que sale depende de lo que entra. En vez de ver cuánto aguantaba el mundo en las condiciones imperantes, se preguntaron si con los recursos y la tecnología disponibles era posible resolver los problemas básicos de toda la humanidad. Y –¡oh sorpresa!– no había ningún peligro de colapso sino que para el 2000 –recordemos que estábamos a mediados de los 70–, con la excepción de algunas regiones del mundo particularmente perjudicadas y que tardarían un par de décadas más, casi toda la humanidad podía alcanzar ese bienestar básico propuesto. Ocurrieron, entonces, varias cosas. La primera, que la institución que había logrado demostrar resultados tan subversivos, si bien no fue directamente cerrada por la dictadura imperante en ese momento, fue privada de todos sus recursos y tuvo que decidir en una asamblea si se disolvía o no. Además, se le había prohibido publicar sus resultados, que recién se dieron a conocer desde Canadá con un nombre muy sugestivo: “Catástrofe o nueva sociedad”. También aquel trabajo fue revisitado en el 2004, con resultados semejantes. No cayó exactamente en el olvido total pero, por cierto, sus conclusiones no fueron precisamente publicitadas ni echadas a volar por la imaginación de los pueblos. Están, sin embargo, disponibles en internet. Vale la pena leerlas. (*) Físico y químico

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